Barcelona arde y España se va por el sumidero en tanto hay quien arguye que “no va con nadie” cuando se trata de elegir entre terroristas y demócratas, entre la barbarie y el imperio de la ley. Pero sobre la maldita equidistancia ya hablaré en otro momento, con más calma y menor vehemencia. De momento, bastante tengo intentando dar con Robinson para que acuda a no sé qué congreso de oncología en Pamplona. Cada loco con su tema y el prusés con todos nosotros.
Pienso acerca de todo esto desde lo alto de la Sierra del Perdón. De cuando en cuando, conduzco hasta el mirador; una suerte de atalaya desde la que repaso mi vida sin complacencia ni autoindulgencia. A veces recuerdo pasajes felices de mi infancia. Otras pienso en planes futuros que pasan por vender mi alma a la capital.
El discreto placer solitario de la reflexión es suficiente para calmar la peor de las ansiedades. Así es mi altillo; no el que titula Jesús Nieto en sus memorias -poéticas, políticas y polémicas-, recién salidas y compradas por un servidor. Yo le pido una dedicatoria por si en eso del dietarismo tenemos al nuevo Umbral. Por lo pronto, me cuenta que de tarde en tarde le dan cariño en premios literarios bañados en cuotas y talibanes de sacristía; que no es poco en la España de la moralina y del pensamiento único.
Me he quedado un rato viendo coches ir y venir, hasta que una pareja ha aparcado a mi lado y se ha querido. Entonces ha sonado Mandy -Barry Manilow-. Y he llorado. He llorado porque yo fui ese campeón de la conquista que subió a más de una rubia y que tocó lo que pudo en el asiento trasero de un verano gamberro. No recuerdo cuándo y mucho menos cómo, pero siento que ese momento pasó y que ahora soy un eremita lírico al que a ratos le pesa ese trabajo amargo de ser yo.
De Miguel D’Ors, de buen cine y del Cid de Pérez Reverte hablo con Guillén Mola. Él invita a cenar y yo propongo un brindis por las amistades del norte -contenidas en el afecto, pero perennes-. Por suerte, hay cosas que no cambian. Alberto Nahum sigue creyendo en la batalla de las ideas y por eso calla la sinhueso a quienes defienden la infamia del Skolae; y Ferrer Molina, siempre maestro, me enseña que se puede subsistir con dignidad y coraje en un oficio en el que sobran equidistantes y Simone de Beauvoir wannabes.
No son fechas para la nostalgia, ni para cigarrillos en el altillo. Será que ella no está. Y quizá yo tampoco. Será que va a hacer un año desde que nos dejó mi abuelo. Será que golpe a golpe uno termina por comprender -tarde- que sí; que la vida iba en serio.