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Novela

Édouard Louis: Quién mató a mi padre

domingo 27 de octubre de 2019, 21:29h
Édouard Louis: Quién mató a mi padre

Traducción de Pablo Martín Sánchez. Salamandra. Barcelona, 2019. 96 páginas. 12 €

Por Cora Cuenca

Esconderse es una pérdida de tiempo, como también lo es huir. Te persigue, te busca, e, irremediablemente, te encuentra. Para algunos, adopta la figura de un animal de presa que con sus fauces desgarra vidas, hogares y familias. Para otros, los que menos, la de un caniche que no levanta un palmo del suelo y se tumba panza arriba a la espera de cosquillas. Los primeros, como es de esperar, la temen, y en última instancia, la odian. Los segundos procuran tenerla cerca, con el vientre lleno, somnolienta en un rincón al calor del hogar. La Política, qué perra puede llegar a ser.

Bien lo sabe el joven Édouard Louis, autor de Quién mató a mi padre, un descarnado texto autobiográfico compuesto de retazos de su infancia y su adolescencia y que gravita eminentemente en torno a la conflictiva relación que mantuvo con su padre, ahora gravemente enfermo. Con un estilo directo, acusa sin escrúpulos a la clase política, aquellos hombres y mujeres cuyas decisiones verticales incidieron con fuerza demoledora en su familia, y lanzaron a su padre a una vida ya escrita, marcada a fuego por su clase social. Una vida sin escapatoria.

Quién mató a mi padre es al mismo tiempo ataque y reconciliación. Ataque al determinismo injusto, digno de los personajes de Zola, y a un sistema que capitaliza al ser humano y exhibe, tras el maquillaje, el mismo rostro que en el siglo XIX. Reconciliación con un padre moribundo al que el hijo exime de culpa, o al menos comienza a perdonar, cuando es consciente de que todas las actitudes violentas -la homofobia, el alcoholismo, la necesidad de ocultar los sentimientos y permanecer firme en el “papel de hombre”- tienen una justificación externa y pueden ser rastreadas hasta su origen.

No hay un orden aparente en los momentos que Louis trae al presente en el libro, sentenciando así que la memoria no es una entidad cronológica o secuencial, sino fragmentaria y convulsa. Este caos en la narración rescata un desconcierto infantil y resulta en una sucesión de episodios desapacibles en los que nos adentramos a través de los ojos de un niño. La prosa clara y el ritmo que aportan las breves digresiones del autor, en las que aflora un personaje más maduro y consciente, son los últimos elementos de una obra que, a la vez que dibuja un retrato brutal de la Francia rural de principios de siglo, recuerda que, participemos activamente o no en la vida política, todos formamos parte del juego y somos susceptibles de perecer en su fuego cruzado.

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