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Historia oral e interminable de Bob Marley

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 29 de octubre de 2019, 20:08h

Hay libros que cuesta acabarlos cuarenta años. Libros periodísticos, donde cuenta el dato, donde encontrar la verdad supone una verdadera hazaña, donde hay que llamar a todo el mundo y el personal no siempre se ponen al teléfono o propicia un encuentro. Roger Steffens lleva cuarenta años detrás del músico hasta llegar hoy a las seiscientas páginas de: Tanto que contar: Historia oral de Bob Marley (Malpaso). Setenta y cinco entrevistados (todos íntimos del homenajeado) desde los barrios pobres de Kingston, Jamaica, hasta su celebración y apoteosis como icono mundial. Sus canciones, su intento de asesinato, su vida con las drogas, su generosidad con todo el mundo, su pasión por los rastas mayores en celebraciones espirituales donde la reconciliación entre las diversas sectas era su querencia primordial. Siempre por delante su sentido de la comunidad: cambiar el mundo sería posible si el individuo cambiaba.

Fue el gurú de la ganja (aunada con otras drogas), mundo interior rico, entre estimulantes y bajadas, héroe de la multitud y su secreto, artesano del vinilo como pan horneado, la diáspora negra desde el África más torturada a la esperanza que recorre el mundo para volver a atrás, sí, y hacer otro desde la partida. The New York Times calificó el libro como “coro épico iluminado” y The New Yorker no se quedó atrás con aquello de: “Lo que surge de este libro no es un Marley diferente sino un poco más humano”. Tan humano que fue solo afecto, jamás quiso hacer caso a cuantos le robaron, daba lo que tenía y necesitaba bien poco para subirse al escenario, toda su historia es una bella simplificación hasta caer por la broca del volcán abierta en rojo, risa congelada en habitaciones cada vez más pequeñas, tiempos álgidos donde la guitarra es metralleta junto a otros donde el miedo separa a los dedos fríos de las mejores cuerdas.

Su celebración fue siempre transformación, la liberación de África fue tan interior como externa, el ideario rastafari implicaba concentrar la energía, prepararse para ella, dominar la muda, entrar en diálogo con los instrumentos, tener algo que decir mientras uno se reinterpretaba, daba cuenta de miras y pasado. Música reggae sostenida sobre tambores nyabinghi donde el canto se sostiene y crece sobre unos cimientos –las percusiones- para evitar así todo azar. Explica Jon Pareles en la página 161: “Bob Marley se convirtió en la voz del dolor y de la resistencia del tercer mundo, del que lo pasa mal en la jungla del asfalto, del que no ha de quedar omitido para siempre. Los marginados de todas partes percibieron a Marley como su paladín; y, si él era capaz de oír su voz, ellos también, y sin hacer concesiones”. La música era naturaleza: la mejor iluminación.

Estaba llamado a ser un Santo, por su propia raza, si esa África negra y mineral hubiese dado batalla a las Superpotencias del dólar. Explica Gilly Gilbert un poco más adelante: “En Bob la palabra racismo no existía. Bob quería simplemente tratar con la gente. Con muchas personas se forma un pueblo. Él creía en una unidad donde estuviera todo el mundo”. He aquí el mayor éxito del libro, cómo construye Marley un auditorio de multitudes, ajeno a cualquier gueto o exclusión, blancos y negros, altos y bajos, gordos y flacos, jóvenes y mayores, mujeres y hombres. Playas, fuego encendido, pescados fritos o a la brasa, horizonte donde el mar hace preguntas y las canciones dan su respuesta, té de melón amargo o menta, mucha fruta fresca recién cortada, verduras mojadas, leche de coco, zanahorias naranjas, rábanos limpios, buenos alimentos. Cuidadito, porque se rompen nuevos y viejos tóxicos como el de la intoxicación sucesiva y a gollete.

Se explica en la página 183: “El plato preferido de Bob era el mugo perlado que se sacaba del fondo del mar, unas algas comestibles. Las limpiaba primero, las lavaba bien. Algunas veces las hervía para secarlas luego. Añadía un poco de agua, una cazuela o perol de agua, lo tenía hirviendo un rato, añadía linaza, semillas de lima y cosas como la goma arábiga o la colapiscis para asentar el musgo. Dejaba borbotear todos los ingredientes, la mezcla iba espesándose. Lo colaba, lo endulzaba con miel o un poco de leche. Y se lo tomaba bebido”. Zumos sanos, genio de la licuadora, capaz por aquellos años de correr quince kilómetros. Su cuerpo se alimentaba de buenos alimentos y yoga. Carreras, natación, entrenarse a fondo. La vida en la playa como una forma de comer el mejor pescado (la garra rufa, el espadín), siempre asado, junto a mucho fish tea. Siempre una escritura tras el cuerpo cansado: domar el espíritu para luego, a la manera de Picasso, atrapar el deseo por la cola.

Cuando se le edita fuera todo el mundo se lo pregunta: “¿Por qué un disco jamaicano suena tan diferente de uno editado en Estados Unidos?”. Marley persigue un rock desde otra tradición, mueve con el meñique las agujas de la brújula y da con la fórmula: las raíces del rock desde África, desde Etiopía, en una escritura sensitiva, música que se ve y no solo se oye, música de lo real con escaso espacio para la ficción. La redención del pueblo negro debía estar sujeta a la identidad cultural como seña mayor del rastafari. El sonido debía ser una visión –con o sin marihuana- y eso, tal sinestesia, le pinta como otro alucinado Arthur Rimbaud o Charles Baudelaire: veía vocales y oía los colores radiantes de las palabras. Entren en la biografía oral de Bob Marley, ajena a lugares comunes, cercana al hombre y al músico público, en la voz cálida y confesión de sus mejores amigos. No callan, no se interrumpen, cierra uno el libro y siguen hablando, felices y maravillosos, en el retrato al carboncillo del ídolo muerto.

Diego Medrano

Escritor

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