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TRIBUNA

El prestidigitador verbal

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 30 de octubre de 2019, 20:36h

Me introduje en el universo del escritor francés Georges Perec (1936-1982) gracias a su novela La disparition (El secuestro, en español, y la transcripción del título en su lengua originaria no es en absoluto gratuita, como luego verán). Se trataba de una novela policíaca aparentemente al uso, si bien ciertas estrafalarias peripecias acaecidas a sus protagonistas y algunos rasgos de estilo del autor, aún no identificables para mí, me estaban poniendo un tanto mosca, y casi desisto a causa de aquellas excentricidades, mas continué por culpa de mi tonto prurito de acabar cualquier libro cuya lectura haya acometido, lo cual nunca agradeceré lo suficiente en este caso. Como digo, conforme iba leyendo detectaba un indefinible halo de extrañeza que no sabía a qué atribuir, una sensación de qué-coño-pasa-aquí que parecía subyacer en la generalidad del texto, hasta que al final la trama se desvelaba y, en un ejercicio de transustanciación de continente y contenido, sobre el que luego volveré, se descubría —¡atención: spoiler!— que la novela entera carece de la vocal “a”.

Tal experimento estilístico me subyugó sobremanera y a partir de entonces no pude menos que interesarme por la persona del autor e ir en pos del resto de su obra publicada en español, la cual no era muy abundante a mediados de los noventa. Mas con ser meritorio el experimento de Perec, también merece elogios la labor del equipo de traductores, quienes lograron una dignísima adaptación del original francés, en cuyo idioma se omitía la letra “e”, la más común en dicha lengua, al igual que ocurre en castellano con la “a”. Con todo, ciertos giros un tanto forzados, como el empeño en mantener la poco afortunada utilización de “jurisconsulto” por “abogado”, le hacía perder naturalidad al texto con el peligro de que algún lector avezado lograra desentrañar el jeroglífico, cuya solución desvela el autor en el desenlace de la novela mediante la utilización de lo que ha dado en denominarse “metatextualidad connotativa”, que en cristiano define a una técnica consistente en imbricar un artificio formal, como el utilizado por Perec, en el desenlace de la trama. Con ello hace trascender de categoría al propio lenguaje, que asume una función más allá de la de mero catalizador del mensaje narrativo. Por eso El secuestro, aunque no es el primer lipograma en la historia de la literatura, sí se revela como el más audaz. Mas no hay obra de Perec cuyo planteamiento no proponga un juego al lector; él asimilaba su labor a la de un labriego a cargo de muchos sembrados de diferentes tipos, pues en uno plantaría remolachas, en otro maíz, en otro mijo… y cada uno de ellos se correspondería con uno de sus libros.

Así, Me acuerdo (1978) compendia 480 recuerdos tal cual le sobrevienen al autor, incluidos los lapsus mentales que no se molesta en corregir, pues abundan los errores de transcripción de nombres propios o los bailes de fechas. Algo tan aparentemente banal no había sido compilado hasta entonces —si exceptuamos I remember, de Joe Brainard, cuya prístina irrelevancia supera—, porque las reflexiones, aforismos o máximas de los escritores que vinieren practicando este género se integraban en un corpus literario de intencionalidad más ambiciosa. Perec, por el contrario, nos ofrece fugaces destellos de instrascendencia (“Me acuerdo de un semanal que se llamaba Le Nouveau Candide”, “Me acuerdo de que De Gaulle tenía un hermano, Pierre, que dirigía la Feria de París”) que no constituyen un mero ejercicio de solipsismo, sino que contribuyen a forjar un retrato de su generación, no como la gilipollez esa superventas de Yo fui a EGB.

En su obra magna La vida, instrucciones de uso, elabora un gigantesco palimpsesto de un edificio parisino a lo largo de un período que abarca de 1885 a 1975, desarrollado en 99 capítulos a través de los cuales se nos detalla, como si se tratara de una casa de muñecas sin fachada, la minuciosa disposición de los muebles en cada uno de los diez pisos de otras tantas plantas del inmueble, así como la semblanza de sus respectivos moradores en un número cercano a los mil quinientos personajes; la estructura de la obra se articula en un sistema de permutaciones llamado bicuadrado latino ortogonal con el cual establece el orden de los capítulos, pero lo que sin duda apabulla al lector es la miríada de referencias que pueblan su millar largo de páginas.

Pronto se integra en el movimiento Oulipo (“Ouvroir de littérature potentielle”) fundado en 1960 por su amigo Raymond Queneau, y conformado por un grupo de artistas con la intención de proporcionar al escritor un catálogo de recursos cuando a las musas les daba por no comparecer a través de una serie de juegos literarios como los pangramas, o frases que contienen todas las letras del alfabeto con la mínima extensión posible, constricciones, o reglas voluntariamente limitativas de la expresión, o, sin ir más lejos, los lipogramas, del que El secuestro constituye paradigma. Con estos experimentos podrían crearse —o no— sugestivas combinaciones para espolear el genio creativo, en un juego que a mí me recuerda, en cierto modo, a esa maravillosa profesión consistente en elaborar idiomas artificiales, con sus reglas gramaticales específicas, sus irregularidades, sus variantes y, en fin, todas las excrecencias que le brotan a las lenguas a lo largo de los siglos, y que ahora cuentan con un mercado en auge merced a la moda de las ficciones cinematográficas y televisivas desarrolladas en entornos propios de civilizaciones imaginarias. Volviendo a Oulipo, qué mejor círculo de amigos habría de encontrar Perec, genio y crucigramista de profesión, para integrarse y desplegar sus facultades de prestidigitador lingüístico. A lo largo de la década de los setenta pergeñó nuevas ocurrencias siempre un paso más allá, pues si La disparition se hallaba huérfana de aes, la novela Les revenentes contenía esa única vocal. Se le atribuye también el palíndromo —ya saben, eso de “dábale arroz a la zorra el abad”— más extenso en francés, con 1247 palabras.

En definitiva, nos encontramos ante uno de los más conspicuos renovadores de la narrativa francesa del siglo XX, y cuya temprana muerte a los cuarenta y siete años, víctima del cáncer, nos privó con toda probabilidad de inimaginables hallazgos literarios.

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