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TRIBUNA

Cataluña y España: la Sagrada Familia en construcción

miércoles 30 de octubre de 2019, 20:45h

¿Alguien sigue pensando que la independencia de Cataluña, en forma de República, es una quimera? Pues sí. Tienen ustedes y ustedas razón. ¿O no? Veamos. Aviso que voy a escribir este artículo desde un punto de vista de la reflexión filosófica-política con mi siempre toque literario. Lo digo por quien se aburra que abandone.

Los pechos de la Historia en torno a la cuestión catalana son grandes, ancianos pensativos, paisajes de un tiempo que va y viene, que laten como una raza que es palabra o músculo en flor, que se deshila, pero torna a adquirir la inmensidad de las nuevas generaciones. Una generación siempre es un presente que recoge los hipocampos del pasado.

Cataluña es una garra que duele, que a veces se calma. O que regresa a gritos cuando los bellos pezones en los que maman los estudiantes diestros y siniestros vienen de aquellos bebés que nacieron por doquier con esta lógica que toda tragedia impone.

Hablemos claro. Seamos sinceros. No nos escondamos en lo que deseamos que esté ahí, como una huerta ansiada, excesivamente ideologizada y constantemente en construcción, tal y como hiciese Gaudí y sus discípulos con la Sagrada Familia.

Digamos que no queremos escuchar lo que nos atormenta, lo que intentamos silenciar a partir de una opinión, una reflexión o una lectura que tal vez tomamos como verdaderas únicamente porque alguien, algunos, todos o muchos todos, hemos creído con empecinamiento en la verdad embriagada por el do mayor de un pasado que no fue tal, que quizá hemos supuesto.

Porque -quién sabe, digo yo- ¿España siempre ha sido como nos la han contado? Gran contradicción. Defecación de la bella Margarita, la flor. ¿Quién escribe la Historia?, me pregunto. ¿Quiénes han elevado a certidumbre y virtud, integérrima realidad lo que posiblemente oculte tras ellas la legítima pesadilla?

Ténganlo claro. Véanlo con claridad, les propongo. Pues resulta que toda Historia, todo lo escrito en un pretérito remoto y apreciado a partir desde la más complicada lontananza, suele navegar, cual barco ebrio, por este mar que es la duda. La duda color verdín. Historia siempre es y será duda. Una innánima interrogación encerrada en el imaginario colectivo que consigue incluso encelar a los Behemots y a los Maeltroms, por poner sólo un ejemplo.

Insisto: ¿Quién es capaz de certificar que lo que sucedió como aclamación de una fe irrompible y verbalmente flanqueada por todas partes no sucediera de la otra manera? Pensemos que toda esencia humana -lo humano como política o astucia o polifonía de una polinización subversiva y polémica- que no interesa demasiado a las grandes fuerzas que manejan un régimen o una administración única acostumbra a no darse cuenta de que en demasiadas ocasiones dicha esencia ha sido escrita burdamente desde el subjetivismo y los intereses creados. Es entonces cuando dichas fuerzas se ponen en marcha y comienzan a construir el mito, la leyenda, el cantar de gesta, los reinos que jamás estuvieron donde se supone que están, sino en otro lugar que todavía debemos hallar.

Así es como nace todo espejismo histórico, un sofisma entre el Bien, el Poder y la Razón.

Digo que pudiera ser -no estoy seguro- que la relación entre la evolución de los distintos pueblos se haya narrado lejos del auténtico conflicto. Digo, vuelvo a decir, que España ha sabido abordar con inmensa maestría el problema de las diferencias, de lo otro, de esa ajenidad que poco a poco se fue fraguando en costumbre, en lengua, en cultura, en idiosincrasia, otra iconografía que siempre molesta, porque en el fondo jode mucho al nacionalismo español que no se respete toda transcendencia de un imperio, de todos los imperios.

Siempre he pensado que la vida humana mangonea o adultera el auténtico sentido de la realidad radical. El mundo de la realidad y el mundo del pensamiento son dos cosmos que no se corresponden. Creo en el fracaso de la razón física que agota la razón como categoría y consistencia. Creo en el fracaso que se crea cuando la radical palabra es transformada en otra palabra -digamos fábula-, la cual imprime la voraz empresa de todo acontecimiento histórico.

La Historia es un sistema que sólo cree en sí mismo. Hablamos de la voluntad como acción para movilizar cualquier claridad de conciencia. Porque -supongamos- que sea posible: de hecho de ello estoy seguro- que toda fabricación de una realidad que manosea el onirismo no acierta siempre a cada momento y con plenitud en lo que fue y lo que seguirá siendo.

Existe el hábito de institucionalizar a los pueblos sometidos, a exhumar todas las épocas dentro de la única fosa que permite la época como legitimación. El tiempo suele ser discontinuidad dentro del tiempo mismo.

Cicerón llamaba a esta realidad de ser libre como algo que toda metafísica política, por codicia y por una herencia bastarda, desvincula de lo que posiblemente deba seguir siendo genuino, empírico, corpóreo y verídico como la plenitud del verbo sólido, verbo que es éter de una tierra que ha ido haciéndose a sí misma.

Es de este modo como, siguiendo con Cicerón, hay que estar muy atentos a la contemplación de una luz que cultive certeramente toda cronología, todas las cronologías. El cómputo cromático de la Historia se cronometra a sí mismo, siempre rígido e irrenunciable, anuario y péndulo que alguna vez queda fijo y, siendo no así, alguna vez quedará.

La cristalización de la verdad radical platea ante la inveteración de ciertas formas civiles como posibilidad de existencia de cualquier pueblo. Cuando esto ocurre, se acostumbra a borrar todos los mapas dibujados por los cresos cronistas. Sucede, pues, que la biografía de una tierra, su semblanza o su efeméride merecida, como en un juego de traidora hípica, se rechaza únicamente inventándose algo, una pureza, una voluntad, un excremento si así lo preferimos, a partir de la histeria o la hipocondría con la intención de confundir lo realmente sucedido, veloz en progreso, ordenado para afianzar toda subsistencia.

“Uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabado”, escribió Gilbert Keith Chesterton.” Pánico, veo demasiado pánico en este conflicto entre España y Cataluña. Jane Austen comentó: “Me maravillo a menudo de que la Historia resulte tan pesada, porque gran parte de ella debe ser pura invención”. La sangre de los paganos siempre vuelve como una cirugía redonda y sin anestesia.

Y, finalmente, Claude Adrien Helvétius sentenció: “La Historia es la novela de los hechos, y la novela es la Historia de los sentimientos”.

Mi pregunta es entonces: ¿Cuándo al fin vendrá toda madre perdida, cualquier madre perdida?

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