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DESDE ULTRAMAR

8 de noviembre: V centenario del encuentro Cortés-Moctezuma

Marcos Marín Amezcua
jueves 07 de noviembre de 2019, 20:14h
Actualizado el: 11/07/2019 20:29h

Y llegamos a este significativo V centenario. El 8 de noviembre de 1519 se produjo finalmente, el ansiado encuentro entre Hernán Cortés y el emperador Moctezuma. Reticencias mutuas, desconfianzas manifiestas, temores y desmentidos recíprocos, quedaron atrás, para iniciar una nueva etapa que concluiría en esa epopeya que fue la conquista de México, poco menos de dos años después.

La escena debió de ser excepcional, prodigiosa después de todo, puesto que no obstante que el propio extremeño la protagonizó y describió en sus Cartas de Relación al emperador Carlos V, y Bernal Díaz la relató pormenorizándola, el hito de encontrarse frente a frente el emperador Moctezuma II Xocoyotzin y Hernán Cortés, supuso también ser el de dos mundos ignorados mutuamente, dos ramas de la historia humana que se hicieron una sola. Eso representa este V centenario.

Porque figúrese usted: es de los pocos episodios registrados en la extensa historia de la Humanidad, en que dos universos se encuentran y no inicia ipso facto la hecatombe.

Sí, eso vino después, pero centrémonos en esa ocasión tan excepcional, tan extraordinaria que puede incluso, estremecernos. Y lo haría porque terminó siendo un acontecimiento de naturaleza si no cordial, al menos precavido y que transcurrió sin alteraciones ni contratiempos, decodificando códigos y usanzas distintas entre los participantes, cruzando pensamientos e interpretaciones.

Cortés llegó hasta Tenochtitlan, la capital mexica situada en medio del lago de Texcoco, porque Moctezuma finalmente se lo permitió y facilitó por activa y por pasiva, no pulverizándolo como pudo haberlo hecho, y prefirió recibirlo y dejar de elucubrar acerca de si era un dios o un simple mortal digno de ser exterminado por considerarlo un invasor de sus tierras; porque está claro que la superioridad numérica frente a la castellana lo tornaba en candidato al exterminio. Y si Cortés llegó hasta allí fue también por su audacia aliándose con pueblos avasallados o enemigos de los mexicas, incluidos los tlaxcaltecas, que entraban a la ciudad enemiga ¡qué grandísima suerte! cual caballo de Troya y oteando al enemigo, al cobijo del metelinense, que hubiera deseado no destruir todo aquello. Máxime con la solemnidad y el boato con los que fue recibido. y admirando la urbe que Díaz del Castillo denominó

Así pues, el avistamiento no terminó en masacre. Se produjo aquel en un punto de entrada a la metrópoli indígena sorteando alguna emboscada de últimas, admirada desde las alturas del Valle de Anáhuac donde se asentó “la gran Ciudad de México”, tal y como la denominó Bernal Díaz del Castillo, y que hoy ocupa su sitio la capital mexicana. La otrora que fuera descrita magistral y profusamente en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, pues yo le creo, ya que no me compro la tesis del francés Duverger que le niega su autoría y su mérito.

Visualizo a un Moctezuma, o Montezuma o Motecuhzoma –me agrada más la primera forma– que descendió del trono portado en andas ante un piso que le era barrido a su paso, derrochando su poder, prodigando divina autoridad, mostrando sus joyas y riquezas propias de su alta investidura y de su fama, que trascienden incólumes propaladas hasta nuestros días. Imagino enfrente de sí a unos solados hispanos entre harapientos y desaliñados, tras de meses sorteando selvas, planicies y pueblos adversos, peligros sin fin. Lejanamente ataviados de manera tan esmerada y pulcra, refulgente podría decirse, tal y como se les ha pintado de manera idílica en escenas diversas que recrean aquel momento irrepetible. Y era normal su desarreglo. Cortés pisó tierra continental en abril de 1519. Tardo casi 7 meses en encontrarse con el tlatoani Moctezuma, justo ahora hace quinientos años, si nos atenemos al actual calendario gregoriano, producto de los recálculos del tiempo efectuados gracias a los conocimientos mexicas llevados a Europa, que conformaron tal. Difícilmente sus hombres iban acicalados y peinaditos.

Descarte usted una escena como la pintada en el afamado cuadro de Francisco Pradilla alusivo a la conquista y rendición de Granada. ¡No señor! nada qué ver, desde luego. No lucían los peninsulares tanta fastuosidad y lustre al arribar a Tenochtitlan. Pero fue igual de épico, eso sí. El desaliño sí que es previsible.

Conforme supo Cortés de Moctezuma y aquel le extendía presentes para obligarlo a retirarse por donde llegó, sabía que era ineludible conocerlo para medirlo. Era una suerte de miedo, fascinación, reto y desafío. Aquí entra el talante de conquistador. Moctezuma, ya está muy sabido, dudó al inicio de si Cortés era o no un dios o un semidios, pero pronto supo que no lo era: le envió tortillas de maíz sancochadas con sangre humana –un deleite de los dioses– y desde luego que Cortés no las ingirió. De su rechazo comenzó a desvelarse su condición natural.

Cortés al frente se aproximó, pero no tocó a Moctezuma, mas sí lo miró a los ojos, que ya era bastante hacerlo al tlatoani, cosa prohibida. Los peninsulares no perdían ojo ni detalle de cuanto se ponía frente a ellos. Admiraron el orden y la condición de la ciudad aquella, poderosa, bulliciosa, y pronto averiguaron si los mexicas no eran caníbales. Descubrieron que no, salvo los sacerdotes y eso bajo determinadas circunstancias.

Aquel recibimiento es un verdadero hito. Lo es porque dos mundos se encontraron, dos que se ignoraban, dos que terminaron siendo uno y a su vez con sus marcadas diferencias. Allí empezó la conquista de México ya en forma. Nadie puede arrebatarle a Cortés su hazaña ni la gloria de ese suceso, y el de ser el primer europeo que veía al emperador mexica. Él, que se postró ante tal y le trató de inculcar el cristianismo y de imponer el vasallaje a Carlos V, un sometimiento que no consiguió fácilmente, eso sí.

Cinco siglos después existe un bonito mosaico en el sitio que por tradición marca el punto preciso de aquella recepción, colocado a la vera de la avenida Pino Suárez en el centro histórico de Ciudad de México, sobre la parte trasera de la iglesia del Salvador, correspondiente al Hospital de Jesús que lo fundara y donde yacen los restos de Hernán Cortés, únicos sobrevivientes, pues se suele afirmar que Moctezuma fue cremado y sus cenizas malditas y pestilentes por traidor, esparcidas.

Después de transcurridas cinco centurias se ha propuesto reencontrase los descendientes de ambos personajes, Moctezuma y Cortés. Curiosa ocasión que merece tal esfuerzo. Quizá sea un acto simbólico equiparable al de España y México, sin falsos pudores ni intentonas fútiles de cuentearse y no contarse la Historia común, que merece verse con sosiego y sin complejos mutuos o compartidos. Sería un gran honor conseguirlo para el bien fructificador y esclarecedor de la memoria histórica que nos vincula. Un V centenario lo vale y lo amerita.

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