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TRIBUNA

La otra Cataluña: la que no sale por las televisiones

viernes 08 de noviembre de 2019, 20:13h

Vengo de Catalunya, exactamente de un pueblecito de Tarragona -Cornudella de Montsant-.

Señores y señoras de altos conocimientos que escriben en los periódicos o que van a las tertulias de las televisiones cobrando por decir lo que no piensan, me atrevo a decirles que este eterno conflicto entre Catalunya y España no lo están abordando de una forma imparcial, sino parcializando esta teledirección que les impone el grupo del medio de comunicación al que están contratados.

Si quieren opinar sobre algo, vayan al sitio, pues es en los lugares en donde está el punto de la noticia. Lo que ustedes escriben o comentan en las mass media no es lo que verdaderamente piensan sino lo que les dicen que tienen que pensar. Hacen uso de sus lenguas ventoleras para desenfocar este realidad radical -la auténtica realidad desde mi humilde punto de vista- en beneficio de lo que el Estado español nos muestra día a día con su gran maquinaria del control de las conciencias de toda la variada y bondadosa ciudadanía de esta España plurinacional. Me refiero -y no me importa mucho que ustedes se molesten- a esa obsesión que nunca parece ser apunta hacia su final del mal denominado procès.

Estoy leyendo un libro que les invito a que lo compren -en el caso de que su salario se lo permita-. Titula: Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días. Corrupción, incompetencia política y división social, del hispanista anglófilo Paul Preston -Liverpool, 1946-.

El libro -yo a veces tengo mis cosas y cuando algo me gusta suelo compartirlo- comienza de esta manera: “El filósofo José Ortega y Gasset escribió en 1921: ‘Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón al fin y al cabo extranjero de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales?’”.

He ahí el meollo del cogollo del bollo de la cotorra. Intento decirles que toda Historia -siempre lo repito- no es que se repita, sino que, a partir de un rudimento que ocupa todo ese espacio de este espionaje de foliación y flotillas navegando en piolines lactómetros y tristes, con gran ambición se aprovecha, se aprovecha. La Historia se aprovecha.

Toda Historia es el aprovechamiento de ciertas falsedades. ¿Acaso no lo están entendiendo? Sí. Saben perfectamente de lo que hablo. No disimulen. De alguna manera la alimentación de este enorme lagarto verde que ahora, sí, en estas buceadoras elecciones del 10N, sí, sigo diciendo, la van introduciendo, cual juego deportivo de todo un Estado -el nacionalismo español, digamos-, en todas las televisiones de esta España nuestra que Paul Preston nombra como “mapa romántico del caciquismo dibujado por Joaquín Moya en 1897”.

Barrunto -barreno, mejor- que todos y todas -la mayoría: siempre hay una terca mayoría que entra en este juego del reality show de la contienda política- no estamos bien informados, leídos, labrados en cultura y precisa opinión, pues lactamos la mala leche que nos producen estas ladillas de los capos de los grandes medios de comunicación.

La mejor España es el pueblo español. Vuelvo a Ortega: “Vivir es, de cierto, tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. De aquí que sea al hombre materialmente imposible, por una forzosidad psicológica, renunciar a poseer una noción completa del mundo, una idea integral del Universo”.

Señores y señoras politólogos/as de una España que falseáis cual nacimiento de aquel auténtico profeta tal vez nacido otra vez en Nazaret. Siempre partimos desde Nazaret, pero algunos -según he oído- desean que el camino también llegue hasta Cornudella de Montsant, de donde hoy mismo vengo.

Os digo, sí -me importa un popó: mierda de perro-, que esto que escribo pueda crearme enemigos. Y es que existen los acojonaos, esos que en mis artículos me ponen 155 noes o alguno más. Lo siento, pero ésta es mi vida, mi pensar, y este frío que se mete en todos los fríos que soy yo. Y así cito lo relatado aquí porque estos días he subido a las colinas de Siurana desde donde se arrojó la reina Abdelaiza cuando la Cristiandad castellana en aquellos tiempos de Ramon Berenguer IV conquistó la fortaleza del Regne de Siurana. Digo, pues, que yo -perdonadme la vanidad- escribo para el pueblo, para este humilde pueblo que no sólo es uno, sino muchos, en números cardinales y ordinales -¡a elegir¡-.

España, los Reinos de España, hoy ya son una modernidad internacionalizada que ustedes no ven ni saben de ella.

Antonio Machado, durante la guerra civil -tantas guerras civiles que hemos olvidado- le escribió a un amigo ruso, el novelista David Vigodski de esta manera: “En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos -nuestros barinas- invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”.

Finalizo ya -siento que no hayan leído este artículo hasta el final- con mi memoria constelada por los astros que he visto en los cielos de esta Catalunya que no sale por las televisiones.

No os creáis lo que quieren que creáis. Pensad. Leed. Reflexionad. Y luego acudir a la tumba del multimillonario Juan March -que la tenemos aquí en esta isla de Mallorca- por si da el caso profanarla a gusto de cada cual.

Urge la profanación de lo que no es nuestra voz, nuestra realidad radical orteguiana, la voluntad de asistir a la bella verdad que siempre nos esconden.

Sigan viendo, pues, les digo, lo que quieren que veamos en estas televisiones de un patriotismo español que viene de tantas y tantas Semanas Trágicas como la de 1909 en Barcelona.

Y luego se pueden plácidamente pellizcar un testículo si así lo desearen. Cada loco con su tema, cantaba Serrat, contra gustos no hay disputa, etc. Paraules d’amor, sencilles i tendres. Etc.

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