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QUIEBRA LA POLÍTICA NACIONALISTA DE ZAPATERO

lunes 11 de agosto de 2008, 20:05h
El sábado se cumplió el plazo de dos años previsto por el Estatuto de Cataluña para cerrar un acuerdo con el poder central sobre el sistema de financiación de la comunidad. La falta de acuerdo ha agudizado aún más si cabe la tensión entre el Gobierno y la Generalitat, poniendo un doloroso foco sobre la dificultad de poner en práctica la nueva normativa, después de su tortuosa tramitación. La puesta en marcha de las competencias del Estatuto, que se basa en gran medida en el desarrollo de las mismas a través del diálogo bilateral entre Cataluña y Madrid, se encuentra continuamente con el escollo de las inflexibles reivindicaciones del tripartito catalán, atizadas por un nacionalismo insaciable.

Frente a ello, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiene que defender los intereses generales del resto de comunidades y de España en su conjunto, si no quiere pagarlo en votos. Sin embargo, el contexto ha variado de forma drástica. La crisis se ha comido el colchón del superávit y, con él, la capacidad de maniobra del Ejecutivo. Así pues, la burla de Zapatero se ha tornado en una realidad menos solemne pero más agria. España, en efecto no se ha roto: lo que ha quebrado ha sido la caja.

La negociación, pues, se convierte en un diálogo de sordos en el que, una de las partes, Montilla, se niega en redondo a atender a razones, espoleado por un nacionalismo del que se ha convertido en cautivo. Como socialista que se supone sigue siendo, el Presidente de la Generalidad no debiera olvidar que forma parte de una nación de ciudadanos, que no de territorios. Amenazar con no apoyar los presupuestos del Estado, si no se alcanza un acuerdo sobre la financiación –teniendo en cuenta que los 25 diputados del PSC son imprescindibles para el PSOE- revela una predisposición mayor al chantaje que a la negociación.

Y esa actitud precisamente alumbra el centro del problema: el fracaso de la política nacionalista de Zapatero que, en lugar de integrar al nacionalismo, lo ha avivado y, además, ha resquebrajado la cohesión interna de los dos grandes partidos de gobierno. Zapatero no es responsable de la crisis económica –o, al menos, no lo es completamente. No obstante, el desbarajuste de la política nacionalista y autonómica tiene demasiados consejeros avivados pero un sólo responsable: el actual Presidente del Gobierno. Zapatero no quiso comprender en sazón que la única política autonómica posible, frente a un nacionalismo inmoderado e insaciable, es, para cualquiera de los dos partidos alternantes, la consensuada con el partido rival.

Todo lo demás son astucias de “electoreros” que ganan alguna elección a costa de destruir un sistema político. La sociedad española, que es el norte de este periódico, vote como quiera, no debe confiar en de los “arriolas” de este mundo: pero debía abrigar alguna esperanza en políticos escaldados por las consecuencias deplorables –deplorables para los mal aconsejados- del regateo electoral.
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