México: el Estado desarmado
lunes 11 de agosto de 2008, 21:25h
Los gobiernos de la Revolución lograron, no sin resistencias, construir un Estado fuerte, capaz de centralizar el poder para contener los cacicazgos regionales, mantener el orden público y promover el desarrollo económico, así como una mejoría sustancial de los niveles de vida. La permanencia del PRI en el gobierno se debió a su amplísima base popular, al beneplácito de Iglesia y empresarios, al igual que a la debilidad de las oposiciones que no contaban con mejores programas ni con verdaderos políticos. La oposición subsistió gracias a las generosas reformas electorales de los gobiernos priístas. La pacífica alternancia de partido en la presidencia de la República del año 2000 echó por tierra los mitos acerca de “la dictadura perfecta”.
De ese Estado fuerte, en ocasiones autoritario, hemos transitado no a un Estado más democrático, sino a un Estado anoréxico incapaz de responder a los desafíos que le plantean el crimen organizado y diferentes actores sociales. De los primeros no cabía esperar otro comportamiento y el número de muertes ascendió de 1. 900, en mayo, a 2. 500 a principios de agosto. Además, los secuestros y asesinatos han puesto de manifiesto la incapacidad de las autoridades. Estas responden con “reorganizaciones y cambios de estrategia” y con propuestas que rayan en el ridículo: se creó “un radar” para detectar protestas sociales y conflictos que amenazan la gobernabilidad.
A los actores sociales se les otorga un trato diferenciado: a los empresarios se les exhorta a no subir los precios y a los banqueros a bajar las tasas de interés y el monto de las comisiones. Ni unos ni otros hacen el menor caso. A los sindicatos con líderes “rebeldes” o en conflicto con los patrones se les persigue u obstaculiza con triquiñuelas jurídicas que no han conseguido someterlos, pero, como en el caso de los mineros, se está gestando un conflicto mayor. A los líderes de los sindicatos más poderosos (petroleros, maestros) se les corteja, sin mucho éxito.
El debilitamiento del otrora fuerte Estado mexicano no fue obra de un día. Comenzó en 1994 con el presidente Ernesto Zedillo, neoliberal de corazón, y continuó con la frivolidad de Vicente Fox en el 2000. En nombre de una amorfa “sociedad civil” se dedicaron a debilitar a los partidos políticos, sin excepción, y a “ciudadanizar” las instituciones para “despolitizarlas”. Huelga comentar que el paradigma de país para ambos eran los Estados Unidos. Los resultados están a la vista: por un lado la violencia va en aumento, a pesar de la presencia del ejército en muchas ciudades. El paro se incrementa y las dificultades económicas son mayores, lo cual engrosará las filas de la delincuencia. Por otro, los empresarios aprovechan el vacío de poder para incrementar sus ventajas, pero se enfurecen por la incapacidad del Estado para controlar a la delincuencia.
El Presidente se encuentra en la soledad y se ha visto obligado a acercarse a sus antiguos enemigos, Vicente Fox y Manuel Espino, para unir a su dividido partido. Con ellos regresará la extrema derecha, vinculada a la Iglesia. Quizá esto le permita detener la caída del PAN en las próximas elecciones.
Rafael Segovia lo previó hace tiempo: “se actúa en el poder como si se estuviera en la oposición y la oposición actúa como si gobernar fuera un delito: todo antes de tomar una medida coercitiva, capaz de bajar la popularidad”.
Las derechas (parte del PRI incluida) destruyeron al Estado de la Revolución pero no han podido construir otro capaz de hacer cumplir la ley, menos aún de promover el crecimiento económico y la distribución del ingreso.