Georgia, entre Rusia y Occidente
lunes 11 de agosto de 2008, 21:42h
Georgia y Armenia, los dos países cristianos del Cáucaso, han sido históricamente objeto de las ambiciones de los dos grandes imperios musulmanes de la zona, el persa y el otomano. Georgia especialmente, ha buscado por eso –al menos desde el siglo XVI, en tiempos de Iván el Terrible- la protección del gran imperio cristiano que era la Rusia zarista. También Catalina la Grande atendió las peticiones de protección del rey de Georgia, aunque acabó abandonándolo a su suerte. Su hijo, Pablo I, resolvió el problema en 1801 anexionando sin más Georgia al imperio e incorporando a la dinastía georgiana de los Bagration a la nobleza rusa. Desde entonces, todos los gobiernos rusos han considerado a este país del Cáucaso como zona de influencia y control ruso por exigencias estratégicas primero pero, desde principios del sigo XX, por la poderosa razón de que Georgia, situada en la zona petrolífera del Caspio, es paso obligado para los oleoductos y gasoductos que transportan los hidrocarburos a Occidente.
Después de la revolución bolchevique, en 1920, Moscú reconoció por un tratado la independencia de Georgia, que ya entonces gozaba de amplias simpatías en Occidente. Pero sólo un año después los soviéticos se quitan la careta e intervienen militarmente en el país del Cáucaso, aunque en teoría reconocían su soberanía. Como parte de una fugaz Federación Transcaucásica primero y como país separado después, Georgia fue miembro fundador de la Unión Soviética en 1922. La Rusia postsoviética se ha visto forzada a reconocer la independencia de Georgia pero ha maniobrado astutamente para crearla dificultades permanentes por medio de las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjazia. En ambas regiones hay tropas rusas “pacificadoras” que, en realidad, son tropas de ocupación. Y Moscú ha dado pasaportes rusos a una buena parte de la población. Así tiene razones e instrumentos para intervenir cuando le plazca. Ahora lo acaba de hacer.
Los feroces ataques de que está siendo objeto Georgia, ya no sólo Osetia del Sur, por parte de las poderosas fuerzas militares rusas –y que en este momento todavía no han terminado, pese al alto fuego unilateral del pequeño país caucásico, que ha retirado sus tropas de la región separatista- son un caso de libro y eran previsibles. Una vez más la cobardía de los países europeos, la exhibición de debilidad y la obsesión por el apaciguamiento de que dieron muestras en la última cumbre de la OTAN en Bucarest, al negarse a integrar a Georgia en la Alianza, han envalentonado al agresor. Los europeos no quieren enterarse de que Rusia tiene una patente voluntad imperialista y de que aspira a reconstruir el secular imperio de los zares, como ya lo hicieron los soviéticos en los años veinte del siglo pasado. Rusia no ha tenido más remedio que aceptar que los países bálticos se integren en la OTAN, porque en aquel momento los occidentales no se plegaron a las bravatas de Moscú. Si en Bucarest, el pasado mes de abril, la OTAN hubiera invitado a Georgia y a Ucrania, Rusia habría protestado pero se habría aguantado y estos ataques no se habrían producido. Pero ha comprobado la debilidad de Occidente y sacado las consecuencias lógicas. La debilidad y el apaciguamiento es siempre una invitación al agresor potencial para dar nuevas vueltas de tuerca en las exigencias y, si llega el caso, a la agresión armada. En los años treinta Etiopía, Checoslovaquia, Austria y Polonia fueron las víctimas de la debilidad occidental y cayeron en las fauces de Hitler. Hoy Georgia ha sido víctima de esa misma debilidad, en beneficio de las aspiraciones hegemónicas de Rusia, que quiere recuperar el control sobre todo su viejo imperio. El gran arma de Rusia no van a ser ahora los misiles (aunque a la vista está que no duda en utilizar las armas), sino los oleoductos y los gasoductos. Y en ese designio Georgia es una pieza clave. Pero los gobernantes occidentales (y aquí la canciller Merkel, que fue quien puso el veto en Bucarest, es la mayor responsable) están a años luz de Churchill y se parecen más a Chamberlain. Sólo les falta el paraguas.
Osetia del Sur no es más que un buen pretexto para Moscú. De lo que se trata es de que en Georgia se produzca un cambio de régimen que abandone las tesis occidentales del actual presidente Saakashvili y vuelva a la órbita de Moscú, como dócil satélite. Putin ha elegido bien el momento ante una Europa acollonada por los suministros de energía y sin saber cómo frenar las aspiraciones nucleares de Irán y unos Estados Unidos en plena campaña electoral y, por lo tanto, con un presidente, además de desacreditado, en la etapa del “pato cojo” e incapaz, por tanto, de tomar decisiones.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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