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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Barba y política en el Mundo Árabe

lunes 18 de noviembre de 2019, 20:17h

La barba ha supuesto, desde tiempos inmemoriales, mucho más que una simple consecuencia de la actividad hormonal masculina. Esta pilosidad facial que nos saluda cada mañana ante el espejo ha supuesto, y supone, una verdadera señal de identidad social para la humanidad. Desde el hípster contemporáneo de las calles del barrio madrileño de Malasaña hasta el guerrillero cubano de Sierra Maestra, pasando por los monjes ortodoxos del Monte Athos, la barba, en sus diferentes versiones, ha servido al hombre como un elemento diferenciador de sus semejantes.

En esta cuestión el Mundo Árabe no ha sido una excepción. Desde los primeros tiempos del nacimiento del islam, la barba ha funcionado como catalizador de un poderoso movimiento social, político y religioso. Nos cuentan los viejos hadices, tradiciones atribuidas a Mahoma y a sus compañeros, que el Profeta usaba una barba larga y tupida, a la vez que se recortaba el bigote. También nos cuentan estas tradiciones que los primeros musulmanes se adhirieron masivamente al uso de la poblada barba como modo de diferenciarse de los zoroástricos persas y de los infieles, en general. Es decir como un símbolo identitario y diferenciador. Curiosamente coincide con una de las premisas estéticas de los judíos ortodoxos, es decir la de gastar una larga barba de acuerdo con el precepto contenido en la Torah (Levítico, 19, 27) que prohíbe “dañar los bordes de vuestra barba”.

El hecho de que la religión islámica haya sido el elemento ideológico central de numerosos reinos y califatos, y estados en una etapa posterior, ha hecho que la cuestión de la pilosidad facial masculina sea trasplantada del ámbito social y religioso al ámbito político. El establecimiento de la colonización europea sobre los territorios árabes que anteriormente pertenecían al Imperio otomano supuso un choque cultural que no fue fácilmente aceptado por muchos musulmanes. Gentes sencillas y tradicionales vieron asentarse en sus territorios a funcionarios, militares, comerciantes y colonos de rostro pálido y costumbres sociales muy diferentes, como la de reunirse en tabernas públicas a beber alcohol o la de buscar un lecho compartido a cambio de unas monedas.

Como consecuencia de este choque nacieron organizaciones sociales de inspiración islámica como la de los Hermanos Musulmanes, creada en 1928 bajo el lema “hacer el bien y prevenir el mal”. El ideario era simple y fácilmente comprensible por el ciudadano medio, es decir, ante la creciente presencia extranjera y la degradación de las costumbres era necesario reforzar el papel público del islam en las sociedades musulmanas. Sabido es que a lo largo de casi un siglo de existencia estas hermandades han tenido un enorme desarrollo en las sociedades árabes. Parte de su éxito ha consistido en implantar unas señales de identidad reconocibles públicamente. Tal vez, la más evidente de estas señales haya sido el recurso a la espesa barba como símbolo identitario. De este modo, en la calle, el autobús o la universidad, resultaba evidente a través de la proliferación de barbas, el grado de implantación pública de estas hermandades. A partir de los años cincuenta del siglo pasado, el ejército comenzó a tomar las riendas del poder en la mayoría de países árabes, a través de golpes de estados o comandando las recientes independencias. Estos militares, imbuidos de ideologías basadas en el panarabismo y, en algunos casos, en el socialismo, tratarán de marcar distancias desde un primer momento con las hermandades musulmanas. La consecuencia inmediata, en el tema que nos ocupa, es la desaparición radical de la barba del espacio político. Los Nasser, al-Assad o Saddam Hussein, por poner algunos ejemplos, sustituirán la barba piadosa por el recio bigote castrense. Así, durante años, la política árabe no vería ninguna mejilla ni mentón sin un cuidadoso afeitado.

Pero llegaron los años ochenta y aquellos regímenes militares comenzarían a zozobrar. Los árabes veían en el persa Irán, como una revolución instauraba una República Islámica, liderada por Jomeini, en la que se llenaban de barbas las principales esferas del poder. El Islam entra en escena como ideología de oposición a las dictaduras árabes y las barbas se consolidan como elemento identificador de la oposición. Esto se verá e modo evidente en Argelia, por citar un ejemplo. El ejército, asediado por la crisis económica de final de los ochenta, accederá a convocar unas elecciones para aliviar la presión social, confiando en una victoria fácil sobre una pléyade de nuevos partidos sin tradición ni implantación social. Para su sorpresa y espanto, un nuevo partido, el Frente Islámico de Salvación, arrasará en estos comicios. Sus miembros, conocidos como “los barbudos”, difundieron un mensaje ideológico simple, pero de gran impacto planteando los principios del islam como antídoto frente a la corrupción de un gobierno militar.

La historia ya es conocida. Una cruenta guerra civil acabó con la posibilidad de gobierno de estos barbudos, pero no acabó con una ideología que la prensa y la doctrina acabó por bautizar como “islam político”. Este islamismo se extenderá por todo el Mundo Árabe y mantendrá una difícil convivencia con el poder, especialmente cuando aparece y se instala el fenómeno del terrorismo de inspiración islamista. Los aparatos de seguridad de los estados árabes se entregan en cuerpo y alma a la vigilancia y represión de enormes sectores de su población. En este sentido, recuerdo como un amigo marroquí me comentaba que nunca vio tantas barbas recién afeitadas como en los días siguientes a los atentados de Casablanca de 2005. Efectivamente, el siglo XXI con sus primaveras mostró a los regímenes árabes como la represión masiva sistemática era un recurso inviable a medio plazo. Los parlamentos se abrieron para los partidos islamistas, bajo la nueva etiqueta de “moderados”. Siguiendo esta tónica las barbas hicieron su aparición en la política incluso entre los Jefes de Estado.

Muhammad VI de Marruecos, Abdallah II de Jordania, Muhammad Mursi en Egipto o Bin Salman en Arabia Saudí, trataron de encontrar una solución de compromiso entre sus precedentes dictatoriales y la barbaza islamista con una nueva barba recortada. Una barba cómoda, viril, dialogante y que trasciende culturas. ¿Estaremos ante el símbolo de nuevos tiempos en los países árabes o se trata de una mera cuestión de pelos? Esperaremos….

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