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TRIBUNA

Conflictos y banderías

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 20 de noviembre de 2019, 20:08h

Una de las escasas ventajas de ir haciéndose viejo radica en que, además de achaques, se van acumulando certezas, como la de darse cuenta uno de la absoluta inutilidad de discutir, al margen de su componente de mero ejercicio dialéctico para mantener activo el ingenio si lo hubiere. Por ello, no incurren en presunción, antes al contrario, aquellos a quienes se les reprocha no escucharse más que a sí mismos al hablar, pues ello denota al menos por su parte una preocupación formal por el discurso aun a sabiendas de que sus argumentos no convencerán a un interlocutor con una opinión bien cimentada en la mayor parte de los casos.

Yo llegué a la conclusión anterior hace varios años, tras una serie de desencuentros con cierta persona experta en convertir cualquier discusión en un enrevesado galimatías, sabedora de la mayor dificultad de rebatir un absurdo que un razonamiento coherente y bien fundado, de los que por otra parte solía carecer. Con solo unos minutos de disputa, lograba que le cediera, en contra de mi voluntad, el timón de la conversación, y la hacía discurrir por unos vericuetos secundarios muy alejados de mi propósito inicial, mientras yo me sentía como un necio planteando unas objeciones ajenas a la tesis sostenida originariamente, ya sin fuelle al haberse convertido lo accesorio en objeto de la discusión tras unos pocos quiebros argumentales. Al final, no me fastidiaba tanto el hecho de no haber sabido imponer la fuerza de mis razones como el de que me engatusara con semejantes artimañas, cuyo burdo mecanismo me constaba pero no había sabido contrarrestar.

Pues bien, en el plano de los conflictos humanos a gran escala, he desarrollado cierta capacidad para detectar este tipo de ardides discursivos. Así, las frecuentes invocaciones al diálogo me parecen tan hueras como falsarios quienes las esgrimen, sobre todo porque, por mucho que traten de cohonestarse las posiciones, al final surgirá un obstáculo irreductible que impedirá el acuerdo, precisamente porque en la esencia misma del conflicto subyacen intereses absolutamente contradictorios. Piénsese en el caso palestino; podrán los contendientes templar gaitas lo indecible, pero ninguno consentirá en renunciar a sus presuntos derechos sobre Jerusalén, excluyentes entre sí por muchos circunloquios jurídicos con que trate de regularse esta incompatibilidad esencial, los cuales solo servirán para enmarañar la situación y postergar el hipotético acuerdo unas cuantas décadas más; o en el eterno problema del Sahara Occidental, irresoluble en tanto no se elabore ese censo que permita celebrar un referéndum de autodeterminación, pero que nunca podrá completarse mientras las autoridades marroquíes no estén por la labor; o en la anómala existencia de Transnistria, una región de población mayoritariamente rusa desgajada de facto de Moldavia sin reconocimiento internacional, pero que seguirá contando con estructuras de estado en tanto Rusia continúe proporcionando en la trastienda recursos a la república nonata; o, en fin, cómo ha de lograrse la reunificación de las Coreas sin fagocitar una a la otra, pues la absoluta oposición entre sus respectivos regímenes se manifiesta en la colindancia fronteriza de la más férrea planificación económica de corte socialista con un sistema basado en el capitalismo a ultranza apenas regulado por el sector público.

De todos ellos, sin embargo, el que a mi juicio presenta menos visos de solucionarse a medio plazo es el conflicto chipriota, enquistado desde 1974, cuando el ejército turco ocupó el tercio norte de la isla tras la proclamación de la enosis, o unión con la Grecia continental, propugnada por el entonces presidente, a la sazón el Arzobispo Makarios, lo cual desató las suspicacias de su poderoso vecino del norte, no dispuesto a dejar desamparados a los habitantes de su etnia, con todos los equívocos que conlleva el término. Este statu quo, por cierto, origina una anomalía de derecho internacional que nos afecta directamente por cuanto la isla forma parte, como nosotros, de la Unión Europea, pero los tratados constitutivos no hacen mención alguna a la división del país ni a la absoluta ausencia de competencias de Bruselas sobre una de las dos comunidades, en cuyo territorio ni siquiera se utiliza el euro, aun cuando las monedas más potentes tiendan a imponerse sobre las convenciones fronterizas, como ocurre, por ejemplo, en Cisjordania con el sequel israelí o en Kosovo, donde circula la divisa europea.

La fractura de Chipre se hace especialmente llamativa en Nicosia, su capital, donde un muro incardinado a lo largo del mismo centro urbano sirve de línea divisoria, si bien la situación se ha normalizado en los últimos años hasta el punto de que puede transitarse de un lado a otro tantas veces como uno desee a través del puesto de control principal, y no habrá inconveniente en tomarse uno el vermú en el lado turco, más económico, regresar al hotel en el opulento sector griego si de repente le sobreviniera un apretón, y cruzar de nuevo la frontera para quedar en el mismo bar una vez hechos los deberes. Pero, amigos, no se lleven a engaño; se trata de una laxitud en los rigores aduaneros solo aparente, pues hasta que no se solucione el problema de los símbolos no podrá comenzar a vislumbrarse un atisbo de compromiso diplomático para normalizar la situación.

Así, imagine Ud. que es un forofo extremo del equipo de fútbol de su ciudad, o de su clan o de su gremio, tanto da. Imagínese asimismo canalizando su odio más irracional hacia el rival de toda la vida, ese cuyos colores le producen tanta aversión que se niega a pisar el lugar donde moran sus contrarios así le sufraguen sus vicios más retorcidos. Imagine, por último, que todas las mañanas, al descorrer las cortinas antes de ir a trabajar, se encuentra delante de sí la enseña enemiga, la del Barcelona, o la del Madrid, o la del Tomsk en el caso de vivir en Omsk, labrada en la mismísima ladera de la montaña situada enfrente de usted. Y si cree no obstante que la noche le dará un respiro y disfrutará de unas horas de tregua sin la nefanda visión ya puede ir olvidándose, pues, no bien se ponga el sol, justo al lado del engendro comenzará a fulgurar con rítmico compás de lucernario el contorno de la bandera odiosa advirtiéndole de que ellos se han establecido solo un poco más allá. Porque Nicosia se encuentra ubicada al pie de una pequeña sierra lo bastante prominente como para haber permitido a los gobernantes de la República Turca del Norte de Chipre pintarrajear en sus estribaciones el gigantesco pabellón del Estado no reconocido, una suerte de negativo fotográfico —media luna roja sobre fondo blanco— del de su gran benefactora, la todopoderosa Turquía, cuyo gobierno sostiene el sucedáneo de patria gracias a la cual les recuerdan de continuo a los grecochipriotas que sí, que mucho PIB per cápita más alto, que mucha Unión Europea y bla, bla, bla, pero que el monte les ha tocado a ellos, mala suerte, y por sus cojones que se van a joder con la bandera.

Mal pinta la cosa, pues.

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