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Poesía

Edda Armas (ed.): Nubes. Poesía hispanoamericana

domingo 24 de noviembre de 2019, 18:23h
Edda Armas (ed.): Nubes. Poesía hispanoamericana

Investigación, selección y prólogo de Edda Armas. Pre-textos. Valencia, 2019. 496 págs. 30 €.

Por Virgilio Cara Valero

Nubes. Poesía hispanoamericana, la antología poética editada por Pre-Textos en su colección La Cruz del Sur es el resultado de una pasión que, durante diez años, se convirtió en la obsesión de su compiladora, la socióloga, poeta y editora (Dcir Ediciones) venezolana Edda Armas, por reunir en un volumen aquellos textos que, en la poesía española y en la americana, como tema central o de manera transversal, se hubieran ocupado de la imagen sugerente de las nubes.

Se trata de un voluminoso conjunto en el que se articulan 291 poemas en lengua española, 55 de ellos inéditos, de 291 poetas y dieciséis países que ofrecen una visión caleidoscópica de las diferentes imágenes poéticas que asumen las nubes como referente literario o como motivo de materia lírica y que, como principal logro estructural, presenta una agrupación no alfabética ni cronológica o generacional, que hubiera sido lo más sencillo, sino temática, dando la impresión, en ese ir y venir de voces y estilos diferentes, de que nos encontramos ante un libro de poesía organizado e inédito: “Una estructura de siete capítulos, con presencia de cielos y escritura, espejos y arte, amor, hogar y padres, dioses, aire y vientos, fauna animal, ciudad y medios de transporte, mares y montañas, y las oscuras intemperies”.

El proyecto parte, como reconoce Edda Armas, de la lectura de dos poemas que incluirá al final de la Antología bajo el título de “Dos nubes de origen”: “Nubes” de Jacques Prevért y “El Extranjero” de Charles Baudelaire (dos poemas que impulsaron “el deseo de indagar las formas de representación de la nube en la poesía universal”) y se abre con las citas, no menos reveladoras, de Jorge Luis Borges, Wislawa Symborska, Eugenio Montejo, Luis Cernuda y Alfredo Armas Alfonzo y un curioso “Pórtico”, con un texto de 1749, en el que Fray Juan Antonio Navarrete recogía las dieciocho propiedades de la naturaleza de las nubes.

El corpus central, con los poemas seleccionados, se organiza, por tanto, como afirma la editora, como “un jardín flotante” en el que de los poemas sólo aparece el título del texto y el nombre del autor y cuya vinculación a cada capítulo viene dada por las sugerencias simbólicas, metafóricas y temáticas que presentan. Se suceden, así, de manera orgánica, los nombres de poetas de varias generaciones, desde el siglo XIX hasta nuestros días, con propuestas tan variadas en el tono como en la forma (largos poemas discursivos junto a breves composiciones cercanas al aforismo, estructuras clásicas cerradas seguidas de textos construidos en verso libre, poemas dialogados...) sin seguir, como hemos apuntado antes, ningún criterio cronológico, alternándose las firmas más conocidas con las de los poetas más recientes y consiguiendo dotar al conjunto de una singular multiplicidad polifónica.

La presencia unánime de las nubes aporta, sin embargo, en cada uno de los siete capítulos, la unidad necesaria para que el lector vaya percatándose de la cohesión significativa del conjunto por asimilación de correspondencias o encuentro de opuestos. Conviven, así, en la primera parte, entre otros, poemas de José Hierro: “...criaturas / girando al compás del tiempo...” con los de Gabriela Mistral, “Ella quiso ser nube y se lo dijo al viento...”; un texto de Gerardo Diego: “Yo pensaba en mis nubes / olas tibias del cielo...” junto a los de Vicente Huidobro: : “... mi espalda está pesada de nubes...” al de Javier Bozalongo: “las nubes viajan a merced del viento / igual que los recuerdos caprichosos...” o al de José Watanabe. En la segunda parte, “Criaturas del espejo”, las nubes reflejan los mundos personales de autores como Rafael Cadenas, J.R. Jiménez, Delmira Agustini, con un hermoso soneto alejandrino, Tomás Segovia, Blanca Varela: “... nubes de una estación que termina / restos de soles fugitivos...”, Pedro Lastra o Guillermo Carnero. Voluntariosas y amantes aparecen las nubes en el texto de José Emilio Pacheco: “Las nubes duran porque se deshacen. / Su materia es la ausencia y dan la vida”, en el de Juan Gelman, en el de Vicente Gallego, Javier Lostalé, Gonzalo Rojas, Rosalía de Castro, Luis García Montero, Luis Cernuda o José Antonio Muñoz Rojas; y, como en un extraño bestiario, las nubes se van transformando, en la sección “Catecismo animal”, en pájaro, dragón, elefante, caballo, cuervo, rana o bisonte, piel de oveja blanca, perro, insecto o araña, gallina, leopardo, cangrejo, lobo, ballena, oruga u oso, desperdigadas en los poemas de José Ángel Valente: “Pájaro de oscura transparencia”, Inmaculada Lergo, Oliverio Girondo, el curioso “Amaranto”, inédito de José Ángel Fernández, o en el de Darío Jaramillo: “Nube en forma de gato...”.

Siguen, después, señalando la imprevisibilidad y naturaleza nómada de las nubes poemas de Claribel Alegría, Andrés Sánchez Robayna, José Asunción Silva o Antonio Colinas; como anclajes y refugio de viajeros en textos de Lezama Lima, Francisco José Cruz, Luis Muñoz o Gioconda Belli; o, finalmente, las nubes como sujetos, en los poemas de Fina García Maruz, de Juan Carlos Marset, de Manuel Gahete, en un anónimo de la poesía quechua, de Ida Vitale..., que inevitablemente concluyen en las tormentas previas a una lluvia, símbolo de la vida regeneradora y de la libertad en el que la editora quiere convertir también su propia antología.

Libro
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