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TRIBUNA

Tres propuestas diletantes

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 27 de noviembre de 2019, 20:11h

Hoy les recomendaré tres libros de muy amena lectura, ideales para quien tenga curiosidad por arañar la costra del inabarcable odre del arte de vanguardia, y que pueden servir para orientar sus pasos hacia una especialización que se antoja imprescindible dada la amplitud de la materia concernida.

Don Thompson, autor de El tiburón de 12 millones de dólares, se jacta de su condición de lego en materia artística cuando comenzó a documentarse con el fin elaborar el libro, si bien su profesión de economista le sirvió de acicate para indagar en los curiosos mecanismos de mercado que en su momento hicieron posible la venta de la obra a que hace referencia el título por semejante cantidad de dinero, un tanto desfasada hoy en día a la vista de las sumas manejadas en recientes subastas. En cualquier caso, tras la lectura uno concluye con Thompson que lo verdaderamente extraño habría sido que el artista responsable de la obra, el controvertido Damien Hirst, no llegara a eclosionar, pues confluyeron en su persona cinco factores considerados imprescindibles para convertirse en una celebridad, a saber: su adscripción a un movimiento, el que a mediados de los años noventa dio en llamarse Young British Artists (YBAs); haber expuesto en una galería puntera como la Tate Modern, meca de todo creador plástico que se tenga por tal; contar con obra vendida en Christie’s o Sotheby’s, la verdadera división de honor de las casas de subastas, pues otras podrán mover también ingentes cantidades de dinero pero carecen de su aura; lograr hacerse con los servicios de Larry Gagosian, uno de los más prestigiosos marchantes del mundo y, por último, ser apadrinado por un mecenas como Charles Saatchi, propietario de una colección de arte de incalculable valor con varias piezas suyas, y a quien se le atribuye la creación no solo del fenómeno Hirst sino el del colectivo YBAs en su conjunto.

En su momento adquirí ¿Qué estás mirando?, de Will Gompertz, atraído por la declaración de principios suscrita por su autor, ex director de la Tate Gallery, quien se decidió a escribir el libro harto de escuchar a algún listo proferir inevitablemente el aserto “eso lo hace mi sobrino” cuando la conversación derivase hacia los derroteros del arte moderno. La obra nos conduce a través de un recorrido histórico, no por somero menos prolijo, que abarca los grandes movimientos de vanguardia del siglo XX, y al final logra su objetivo de explicar por qué nuestro sobrino, por muy espabilado que fuere, carece del talento necesario para plasmar en el lienzo alguna de las figuras geométricas de Malévich, cuyos cuadros no son sino el resultado de un largo proceso consistente en darle un vuelco a la relación establecida entre el emisor y el receptor de la experiencia artística. Así, en la obra pictórica clásica, el autor ofrece un producto terminado, cuya aprehensión requiere del observador solo una sensibilidad artística ni siquiera demasiado desarrollada, de manera que el flujo de ideas discurre en una sola dirección. Con la llegada de los impresionistas se produce el primer salto cualitativo, cuando Cézanne, a quien se le supone conocedor de las reglas de la perspectiva, decide prescindir de ellas en una de sus naturalezas muertas, y tal genial e inesperado guiño al espectador terminaría desembocando poco después en las superposiciones de planos de los cubistas, cuyas obras, aun inteligibles, le exigen sin embargo a quien las admira cierto esfuerzo interpretativo, estableciéndose así un intercambio bidireccional entre los dos extremos de la relación, cuyo centro de gravedad se va desplazando conforme gana terreno la abstracción. Así llegamos al Suprematismo, movimiento que invierte por completo la concepción clásica de la pintura, pues el artista se limita a poner ante el espectador una serie de formas puras, y es este quien ha de dotar de contenido a lo observado, bien imbuyéndose del arquetipo estético, bien desdeñando la obra por considerarla una tomadura de pelo.

Por último, les recomiendo encarecidamente El Asalto a la Cultura: Corrientes utópicas desde el Letrismo a Class War, de Stewart Home, un lúcido especialista británico en todo lo relacionado con el underground, quien en este estimulante trabajo aborda la deriva de las vanguardias con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, cuando el escenario surgido tras la conflagración sumió en una profunda crisis las relaciones entre la política y el arte tal y como venían planteándose desde la primera mitad del siglo XX, y cuyo desconcierto se hace más patente una vez periclitadas los movimientos que pudiéramos denominar “clásicos”, (Futurismo, Surrealismo y Dadá). Tomando como punto de partida el colectivo COBRA — escisión belga del Surrealismo francés, sometido por entonces a las férreas directrices de Breton, y que aglutinó a varios poetas, arquitectos y pintores que abogaban por hacer tabula rasa de la superestructura cultural—, el autor traza un breve pero certero esbozo de todo tipo de heterodoxias surgidas a ambos lados del Atlántico, desde simples exabruptos de corte anarquista a elaborados y abstrusos, en ocasiones inextricables, discursos artístico-ideológicos, sin excluir la auténtica boutade. Encontraremos en sus páginas referencias al Movimiento Letrista, que propugnaba la relevancia de la fonética frente a la semántica, a los Patafísicos, quienes institucionalizaron a través del correspondiente “colegio” las enseñanzas sentadas por el maestro Alfred Jarry medio siglo antes, al Situacionismo, cuyos radicales postulados derivaron en auténticas purgas instigadas por Guy Debord, a Class War, al Neoísmo, a Fluxus, al Mail Art… Cierra el volumen una completa bibliografía que puede servir de guía al neófito en estas sentinas de la cultura, de lo cual el libro de Home constituye una simple aunque excelente introducción, pues el objeto de su análisis es tan amplio como imprecisos los límites del arte. Aunque no otra es la cuestión que trata de esclarecer cualquier exégeta desde que el primer hombre estampó su mano tiznada en la pared de una oscura caverna del Neolítico.

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