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TRIBUNA

Amistad superlativa

Juan José Vijuesca
miércoles 27 de noviembre de 2019, 20:13h

Quien bien te quiere, bien te respeta. Esta premisa que yo dedico a mis lectores puede ser tenida en cuenta cuando los amigos de verdad tratan de modo frívolo aconteceres de suprema intimidad ajena. Hay que aceptar al semejante tal como éste se nos muestra, otra cosa bien distinta es convenir con su manera de hacer frente a lo que cada cual se reserva para sí mismo. La complejidad que atesoramos como personas instruidas en sentido común, no nos convierte en seres inviolables respecto de los demás y mucho menos para estar capacitados en dar consejos guiados por la promiscuidad de ideales o maneras de ver la vida. Si somos alrededor de 7.600 millones de habitantes me inclino a pensar que hay otras tantas formas de ser para cada uno de los mortales que a día de hoy ocupamos espacio en este planeta. Así pues, la amistad en grado superlativo como un bien escaso guarda estrecha relación con la diversidad de pensamientos, variedad de criterios o desigual manera de abordar los asuntos más personales e íntimos.

Para los temas profesionales la cosa cambia más que nada por la riqueza de matices que el estudio, la práctica y la experiencia nos ejercitan en aras de una sociedad más justa, sobre todo cuando median terceras personas que nos demandan ayuda o asesoramiento. Aquí si debe imperar e importar la buena sintonía entre compañeros de profesión que con similar altura de miras exige la causa común deontológica.

En esta reflexión de filosofía moral me trae hoy la variedad de consejos que los adultos bien formados en pensamientos gustamos en dedicar a los demás. La cosa no pasaría a mayores si no fuera por ese regusto de creernos sabios consejeros o quizás suponer que poseemos una visión periférica de la vida ajena más atinada que los propios actores en cuestión. No es un tema baladí lo de inculcar a otros como deben afrontar su vida privada más allá de los límites de su propia estancia. Cuando los problemas de pareja sobrepasan los linderos de la intimidad se corre el riesgo de que otros popularicen los detalles y a modo de exclusivas del colorín se acabe mercadeando con la privacidad del afectado o afectada.

En asunto de consejos a terceros debemos ser siempre cautos cuando la persona a quien bien queremos tratamos de ayudar, porque una cosa es hacer juicios de valor y otra fustigar al amigo o amiga en su manera de cómo tiene que resolver sus cuestiones de pareja. Nada ni nadie vendrá a sustituir nuestro propio yo frente a esos litigios tan personales como intransferibles, porque no olvidemos que el tándem es el conjunto de dos personas que colaboran en algo e incluso acostumbran a dormir en el mismo colchón. Por lo tanto, secretos y demás entretelas de la vida de otros debiera ser entendida como una cuestión de estado civil sujeto al aforamiento de los actores protagonistas de la función. Otra cosa bien diferente es acudir en ayuda del amigo que lo necesita y cuando éste lo requiera, ese es el preciso instante en que el control debiera cambiar de dueño.

Toda razón no significa posesión de la verdad absoluta, sino más bien el saber aceptar otras verdades, por eso no conviene tratar de conducir al que pretende elegir por sí su propio camino. Una simple cuestión de buena amistad es aquella en donde el reproche conviene en respetuosa opinión y el sentido de lo afectivo se vuelve en inteligente armonía. Así las cosas, el respeto nace de la inteligencia y las personas instruidas que lo son también deben parecerlo.

Ahora bien, la verdadera amistad guarda estrecha relación con la no omisión del deber de socorro; y he aquí la cuestión que debato, pues si de aquellos que para nosotros gozan de la amistad superlativa manifiestan síntomas de auxilio, esa y no otra debe ser la excusa perfecta para demostrar que nuestros actos voluntarios son la pieza fundamental para ayudar al amigo o amiga en cuestión. Para mí los actos voluntarios son aquellos que se realizan con conocimiento de lo que se está haciendo sin coacción externa alguna que fuerce al individuo a su realización. En resumidas cuentas, el amigo, el auténtico amigo, cabalga por la vida abriéndose paso y allanando el camino para que sus afines superlativos se sientan libres y orgullosos.

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