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Louise Bourgeois: la energía de la desesperación

viernes 29 de noviembre de 2019, 20:32h

Los libros de Jean Frémon son climas atmosféricos, estampas de supervivencia, verdad y vida, notaría y teneduría del miedo: fue maravilloso el dedicado a Hockney (David Hockney: “Love Life”) y es crucial el presente a Louise Bourgeois (Vamos, Louison), ambos en Elba Editorial. Anticipa en la contraportada Siri Hustvedt sobre el segundo: “La mujer araña, la intelectual, la rebelde, la astuta hechicera y la niña buena cantan juntas en este texto ágil y exuberante…. Un libro verdaderamente maravilloso”. Todo es eléctrico en la vida y taller de la escultora neoyorkina, desde ella misma partiendo una manzana en trocitos cada vez más minúsculos como si fueran insectos, su nevera por lo regular siempre vacía, hasta sus banquetes de latas de sardina con plátanos, todo machacado como puré, aplastados con el tenedor sobre una rebanada de pan corriente.

El libro hierve en encuentros y huye –por el carácter de la creadora- de toda pompa, artificio o pontificado. Es un ser silencioso, ligero, al que no le gusta perder el tiempo con palabras ni retórica. Su primer encuentro con Marcel Duchamp y Brancusi, por ejemplo, años veinte, en la visita a uno de los primeros salones de aeronáutica, donde un Duchamp maravillado con hélices de acero colgadas del techo solo repetía con insistencia: “Esto es insuperable. Tenemos el deber de superarlo”. Añade Bourgeois: “Qué pretenciosos los dos. Duchamp optó por una rueda de bicicleta, Brancusi hizo un pájaro. ¿Acaso un pájaro supera a una hélice? Un pájaro es un pájaro, una hélice es una hélice, y una escultura es una escultura. ¡Siempre haciéndose los interesantes!”. Ninguna fascinación siente por el marrullero de los Balcanes, que vino caminando desde su Transilvania natal, el eremita del callejón Ronsin, ni tampoco por el profesor de ajedrez sin labios, “el santo pureta que sin decir palabra descalificará por adelantado a dos generaciones de laboriosos escultores y pintores”. Su oración es el silencio, elevarse sin peso.

No duerme, dibuja por las noches hasta la fatiga completa, pronto dejó de visitar sus propias exposiciones, pronto dejó de viajar, pronto dejó de salir de casa, pronto dejó de salir de la cama. El asistente, Jerry, se ocupa de la inteligencia práctica, Frémon pronto entiende la ecuación básica: “Jerry se ha convertido en instalador de exposiciones, y tú, tú eres la fabricante de fábulas. Dicen que se trata de esculturas porque son de mármol, hierro o madera, pero en realidad son fábulas, pequeñas historias del pasado que te quedaron atravesadas, píldoras mal tragadas que escupes, farfullas y rumias”. En Nueva York, hace diez años, nadie quería lo suyo, cuando ahora todo son felices retrospectivas. Jamás, la vieja dama indigna, repartió sonrisas ni fue a comer pastitas con ministros. Acorazada en un mundo propio, jamás precisó del ajeno, concentrarse y no darse.

La araña es siempre la Madre en su iconografía ardiente: “Ella siempre aparece en mis dibujos bajo la forma de una araña. A la gente no le gusta las arañas, por lo general le asustan, las mujeres se suben a un taburete y gritan, los hombres las aplastan con el pie con la autocomplacencia de quien realiza una buena acción”. Bourgeois cría arañas con total impunidad para escándalo de la asistenta doméstica, ve en ellas seres limpios, ajenos a cualquier movimiento inútil, la paciencia animal, seres que esperan sin prisa ni histeria ni obsesión. Tejen y esperan. ¿La espita? Una enciclopedia traída de París, rue du Bac, casi cuarta mano, editada por Boubée et Cie, sobre las arañas del mundo entero. Siempre biografía en mitad del tesoro: “Madre también era una especie de tejedora. Era la encargada de reparar los tapices que Padre traía de sus giras por los castillos de los alrededores. Cuando los tapices habían sido restaurados, los vendía en Nueva York, en Boston, en Filadelfia. Y mientras tanto, Madre inclinada sobre su labor, dándole a la aguja. Puntada a puntada. Cuánto te gustaba su paciencia, su esmero”. La habilidad tejedora que Ovidio en Las Metamorfosis sitúa, por ejemplo, en los celos de Minerva por Aracné. Catálogo de arañas, catálogo de madres.

Compra cuadernos en papelerías nuevas de la Séptima Avenida neoyorkina, busca sus propios libros de la araña, sus hermanas hilanderas en la burbuja de siempre, le gusta también mucho dibujar flechas, pensar en lo mucho que disfrutaba Freud en el manicomio de Charcot donde todos creían ser perseguidos al modo de los primeros cristianos. Su padre quiso un varón (de ahí lo de Louison, como siempre la llamó) y el asesinato del mismo es otra línea para su obra. Libros de zoología, brotes de helechos que en Oriente se comen estofados o salteados, busca verdades y no ficciones. Adora los cursos o fotografías de Blossfeldt bajo el marbete Modelar a partir de plantas vivas: “El único objetivo de sus fotografías era didáctico. Por eso son hermosas. Busca la belleza y lograrás lo insípido, lo de moda, el cliché decorativo: procura encontrar otra cosa –el conocimiento enciclopédico, el censo sistemático, el análisis de las estructuras, una buena y sana obsesión propia, una comezón mental, un picor que se calma cuando rascas- y, eventualmente, puedes obtener belleza. La belleza solo se da por añadidura, eventual, imprevista, se entrega a los aficionados, a los creyentes impenitentes”. Verdad antes que fábula, construcción, historia, obra de arte y todos los derivados.

No son esculturas sino trampas, el mundo de Louise Bourgeois es el de la resistencia, el de la supervivencia interior, con poca contingencia de lo que pasa fuera, siempre en el oficio de lavar todos los días al mismo muerto, ajena a la elucubración, feliz con poco, chamarilera y chatarrera de sí misma, alucinada frente a un recorte de prensa o una ganga de mercado de pulgas y Rastro. La escultura como forma de tejer y tejer: dolor, inquietud y frustración, a un lado; madera, mármol y bronce, en el otro. Una receta mínima: “El caos se puede controlar si respiras rodeada de tus cosas. Recuperar, reutilizar, incorporar, reciclar. Con los pecios de la vida, se pone vida en el arte y el arte pone vida en la vida”. ¿Y en el medio? Canciones para levantar el apetito: “Vamos a Brooklyn a pescar sardinas/ Vamos a Manhattan a comer plátanos”. Glorioso. Arañas grandes, cada vez mayores, para solo sentirse protegida entre sus patas.

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