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TRIBUNA

De líderes mediocres y ruines estrategias

sábado 30 de noviembre de 2019, 19:40h

Recordaba una frase de Raymond Aron (Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución) y pensaba en un cierto paralelismo: en cómo una situación escala de manera similar, como si los escalones para el envilecimiento fueran más bien homogéneos. Quizás, después de todo, no haga falta mucha variedad, ha demostrado esta infame escalera ser muy conveniente.

Sostenía Aron, entonces, que “la mayor debilidad de las democracias consiste en llevar el espíritu del compromiso demasiado, lejos, es decir, en pensar que todo se resuelve mediante el mismo”. Y, claro, uno evidentemente piensa en Pedro Sánchez. Un “político” que parece más el producto de la cultura de la insensatez que de una carrera política tradicional que incluya un programa trabajado. Y pensaba que es muy posible que crea que el “compromiso” es la clave para resolver el tema catalán; después de todo, ahora habla de “crisis política” y de “diálogo”. Igualmente, seamos sinceros, es muy difícil imaginar qué cree o piensa Sánchez – tanto dice y se desdice -, ni siquiera si lo que pronuncia pasa antes por el mecanismo de la razón. Y encima, pensaba también, se le pide a Pablo Casado, ni más ni menos, que unja presidente a Sánchez… En fin.

A lo que estábamos. Lo seguro es que ni independentistas ni podemitas creen en ello; antes bien, creen en la irrevocabilidad de sus objetivos: los compromisos son apenas una fachada y una plataforma para sus nuevas exigencias, una etapa intermedia para la consecución de sus propósitos. Y aquí es donde ese otro elemento aparecía para componer el paralelismo: todo esto me recordaba un poco al plan de fases adoptado en 1974 por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que llamaba al establecimiento de un estado palestino en cualquier territorio evacuado por Israel, para ser utilizado como base de operaciones para destruir al Estado judío.

Es que lo que parece el encuentro de dos posturas a mitad de camino casi siempre es sólo una estrategia para, eventualmente, alcanzar el objetivo inflexible, obseso. Y ahora, todo parece ir en esa dirección.

Además, pensaba, esa meta es siempre una utopía, o al menos, se la presenta como tal: un futuro sin mácula obstaculizado por el “otro” (España o Israel o la excusa de turno). Y las utopías, meditaba Isaiah Berlin (The crooked timber of humanity), si bien tienen su valor – puesto que nada expande tan maravillosamente los horizontes de las potencialidades humanas -, como guías de conducta pueden resultar fatales. Las sociedades que sucumben a ellas terminan por reproducir un mismo instante cada vez que se abocan a la obcecada consecución de la irrealidad negando la realidad y destruyendo, para tal fin, aquello que se interpone entre el sueño (el engaño) y su inevitable frustración presente. Ello desemboca inevitablemente en el embrutecimiento de quienes sirven al “ideal”, en su reducción a simples medios (cosificados) para un fin. Pero esto, en definitiva, es una elección (más o menos consciente), de quienes emprenden las acciones. El problema es ese “otro”, al que, primero se degrada de su condición de igual, y luego se señala, se discrimina y hasta se elimina. Porque, siguiendo con Berlin, si uno cree que esa utopía, es decir, que esa solución única, extraordinaria, es posible, entonces seguramente ningún costo será demasiado para lograrla. Todo estará “justificado”. Todo. De ahí que la vida de los palestinos para sus líderes valga probablemente ni siquiera tanto como el explosivo del chaleco con el que eran enviados a asesinar muriendo, o como los cohetes y las armas, y mucho menos que las operaciones propagandísticas erigidas a hombros de los “mártires” y de la cultura de glorificación que la sostiene. Y, más aún, de ahí que la vida de los israelíes, de los judíos, no tenga ningún valor.

Los independentistas en Cataluña andan aún etapas mucho más tempranas, en este sentido. Pero ya es posible ver al español convertido en un “ignorante”, “zángano”, “facha”, en un ser que le “roba” a los catalanes. Y es posible ver analogías en las tácticas, como por ejemplo, en el empleo (abuso) de la arena internacional para sustraer el “conflicto” de lo meramente local, pretendiendo obtener o escenificar un consenso externo construido en base a la propaganda que valide demandas, métodos y “narrativas”: en definitiva, que en base a declaraciones y resoluciones se le imponga a España el deseo de la minoría separatista. Lo vienen haciendo hace mucho los líderes palestinos como para no haber tomado nota de los beneficios de tal maniobra: demonizar y deslegitimar al “otro” para justificar la intransigencia de los propios fines (en el caso palestino, la negativa a negociar la paz y las fronteras; y la final eliminación de Israel), el uso de la violencia, a la vez que se presentan como “víctimas” sin responsabilidad alguna. El resultado pretendido es, justamente, que la comunidad internacional imponga una solución que case perfectamente con sus demandas, o que al menos repita su “narrativa” como una cosa dada, cierta.

Algo así ha intentado el fugado de la justicia Carles Puigdemont y su abogado– también letrado del antisemita movimiento BDS contra Israel -, intentando pintar ante la Unión Europea a la Justicia española como propia de una dictadura anacrónica, arbitraria y, por tanto, incapaz de ofrecer unas mínimas garantías. El “procés”, pues, tendría que ser dirimido en Luxemburgo, que debería garantizar la “lucha”, el “anhelo” de un pueblo “oprimido” por el franquismo hace ya mucho inexistente…

En su libro The Kremlin ball (1957), Curzio Malaparte decía:

“Sí, era un gran hombre – dijo el Embajador Patek -, pero Europa ya no tolerará ser gobernada por grandes hombres”.

Está visto que Patek tenía razón. La perspectiva en España dice que no hay tales grandes hombres – ni a nivel nacional ni autonómico. Ahí está Sánchez – testimonio brutal de esta aseveración -, cuya palabra dura lo que la memoria de los peces, pero cuyos actos producen un daño real y muy duradero. Más allí, Torra – otra despiadada certificación del aserto -, coorganizador de la histeria ruidosa que tapa la trama del “tres por ciento”. Y en el caso de los palestinos, pobres, esa falta de grandes figuras políticas es aún más acusada: por un lado, padecen a la corrupta y autoritaria Autoridad Palestina, y por el otro, a la igualmente corrupta, y además terrorista, Hamás.

Ojalá la hora de los egregios líderes, de quienes están a la altura de las circunstancias, no haya pasado definitivamente – y que esto no sea más que un intervalo (breve), un desacierto de los hados de la política: una negligencia a la hora de programar los recambios. Un descuido que se ha cebado especialmente con los palestinos, a los que ni siquiera les ha ofrendado uno de tales hombres al frente de sus asuntos.

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