Lejos de prolongar las dudas que despertó en su puesta en escena frente al italiano Potito Starace, que incluso le arrebató un set, la raqueta balear tiró de autoridad para saldar cuentas con el tenista australiano, otrora referencia del circuito y ahora empeñado en enderezar su rumbo. El del español sigue firme, con el ruso Igor Andreev, su próximo rival.
Nunca Nadal había ganado a Hewitt en pista dura. Incluso el español salía malparado de las cuentas del cara a cara. Tres triunfos de siete. Pero la raqueta de Adelaida dista mucho del tenista solvente que puso en cuestión entonces las habilidades del español en superficies rápidas. Menos que ver, aún, con el joven que deslumbró al circuito y conquistó el Abierto de Estados Unidos y el torneo de Wimbledon. El que llegó a la cima en noviembre del 2001, con apenas veinte años.
Siete después parece fuera de época. Lastrado por las dolencias físicas apenas se mueve por las alturas del circuito. Y las aportaciones a su historial llegan con cuentagotas. La última, en Las Vegas, el pasado año. Desde el puesto 38 contempla la estela de Nadal como un reto. Con parte del reflejo que le iluminó entonces. De la movilidad y la determinación de antaño apenas queda el talento. Si quiera el carácter. Aquél que enrabietó a más de un adversario.
Ese entusiasmo asomó en el punto de partida del segundo set. Cuando se lanzó a tumba abierta después de ser sonrojado en el primero por un rival que ambiciona alargar su estancia en la gloria. Nadal se había embolsado seis juegos consecutivos en una demostración de autoridad y de la solvencia que careció en su estreno olímpico, frente Potito Starace.
El balear tiró de repertorio. Detrás de cada saque consistente ofreció una respuesta tras otra a las intenciones de Hewitt, que tiró de todos los recursos a su alcance. Aún distantes de la forma adecuada. Subió a la red sin decisión e intentó esconder su revés. En unas ocasiones la derecha y otras el servicio le dieron aire al australiano. Pero sin continuidad. Nadal lo hizo fácil.
La rotura que logró al comienzo de la segunda manga animó al oceánico. Fue una relajación del español, dio la sensación, que encauzó el partido otra vez en cuanto se puso a la altura del tono inicial que mostró. Nadal creció y Hewitt se desmoronó. Quedó a expensas de una salida digna de la pista mientras el balear contempló a su rival de la próxima ocasión.
Apasionante victoria de España en baloncesto
Un final de infarto la selección española de baloncesto ha vencido a la anfitriona china tras una intensa remontada que ha durado 10 minutos y que ha necesitado de un prórroga para sellar su liderazgo.
Pau Gasol no es una estrella, es una galaxia que sacó a España del agujero negro más profundo al que se ha enfrentado en unos pocos años, abierto por China en tres cuartos y suturado por el jugador de los Lakers -veintinueve puntos- en una atronadora exhibición del baloncestista que es.

Wukesong pareció un potro de tortura para una España poco reconocible durante un largo trecho. Igual que el día del estreno frente a Grecia, sus porcentajes de tiro rayaron a un nivel impropio, sobre todo durante la primera parte. Para colmo, los chinos, apoyados por el noventa por ciento del pabellón, se envalentonaron al percibir las dificultades de los campeones del mundo.
Yao Ming calentó el ambiente en unas cuantas acciones dentro de la pintura en las que los 226 centímetros que pasea por la NBA para taladrar el aro. Los entregados seguidores y los propios jugadores adiestrados por el lituano Jonas Kazlauskas. Sobre todo Liu Wei (doce puntos en el primer tiempo) y Zhu Fangyu (doce en veinticuatro). El primero con tres de tres desde el arco de 6,25 metros. El segundo con tres de seis.
Ambos porcentajes expresan la gran diferencia de acierto en el lanzamiento y el motivo principal del sufrimiento de España, cuya rotación supuso la entrada en pista de once jugadores (todos menos Berni Rodríguez) antes de que terminase el primer cuarto (18-20), cuando las adversidades ya eran evidentes pero no habían adquirido el preocupante aspecto que tomaron en el segundo tramo.
Jonas Kazlauskas también hizo de los tiempos muertos un arma altamente efectiva para minar el baloncesto de los subcampeones de Europa. Al más mínimo síntoma de estabilización ofensiva por parte del equipo de Aíto García Reneses, nada que fuera más allá de dos canastas seguidas prácticamente, el lituano paraba el partido con un tiempo muerto y reunía a los jugadores en la banda.

Parón tras parón, cambio tras cambio y error tras error sobre el aro contrario España avanzaba cada vez más hacia aguas procelosas. Todo se conjuraba contra la selección nacional que, por otra lado, soportaba una intensa carga física dentro de las zonas, una tremenda presión de músculo que no se detenía. Anotar suponía un esfuerzo titánico.
China asestó un profundo zarpazo al choque en la primera parte. Los segundos diez minutos subieron un parcial de 28-17 al marcador. España iba de cabeza. Nunca mejor dicho. La pista pequinesa tiene tendencia a provocar resbalones. Se han producido varias caídas por ese motivo desde el inicio de la competición.
Dos jugadores españoles, José Manuel Calderón, arrollado en una falta de ataque cayó de espaldas y se golpeó la nuca de manera aterradora. Carlos Jiménez, al intentar taponar una bandeja en contraataque perdió pie y también estrello la crisma contra el parqué. Ambas acciones no hicieron más que añadir leña a la hoguera.
Ni siquiera encontró suerte. Los aros escupieron muchas bandejas y tiros abiertos y los caprichos de la bola también enviaron situaciones de rebote francas a manos de los jugadores orientales. Nada sonreía a la selección española. Todo era hostil, sin rastro de amabilidad. El parcial del intervalo ya había sido muy feo (46-37). No tanto por la diferencia como por los nubarrones que anunciaba.
El tercer periodo tampoco invitó al optimismo a pesar de que Pau Gasol se partió la boca dentro de la zona. El jugador de los Lakers exhibió el carácter que siempre ha tenido. Jamás se esconde y es el primero en levantar la mano cuando se necesitan valientes. Y eso que su físico esta temporada anda renqueante. El curso con los Lakers hasta la final de la NBA ha sido muy largo y agotador.
Nada puede con la casta de este jugador. De no haber sido por él, España jamás habría soportado un cuarto tan infame como el tercero (15-10 y 61-47). La tarjeta del ala-pívot de los Lakers reflejaba veinte puntos a cinco minutos para el final. Aunque no expresaba la dimensión del trabajo hecho por Pau. También se comió a Yao Ming, a quien señalaron la cuarta falta en plena carga de España, que con un parcial de 0-10 lanzó el primer dardo a la yugular china (64-61).
La serie creció hasta 4-16 (68-67 m.37). El choque irradiaba una intensidad eléctrica. Y la selección española una tremenda fe en lo que hace. De otra forma nunca hubiera escalado así en el marcador, igualado con un triple de Juan Carlos Navarro a falta de poco más de dos minutos (70-70). Los padecimientos, sin embargo, no habían terminado. Whang Zhizhi encontró canasta después de un ataque español en el que la bola se paseó varias veces por los cantos del aro sin querer perforar la red (72-70 a 1:08 minutos para el final).
Entró poco después tras una secuencia similar en la canasta defendida por los campeones del mundo. Marc Gasol dibujó un escorzo para salvar la enorme humanidad de Yao Ming (72-72 a 19.7 segundos). Aíto García Reneses solicitó tiempo muerto y el pabellón contuvo la respiración.
Una falta señalada a Ricky Rubio dio la bola en la banda a China con doce segundos por delante. Él mismo recuperó la posesión en una jugada de inteligencia al tirarla sobre el cuerpo de un adversario. Jorge Garbajosa quemó la traca final sin poder evitar la prórroga. Y con cinco minutos por delante regresó Pau Gasol al juego.
Todo lo que hizo fue para bien de España. Dio la primera canasta del tiempo extra al conjunto español (72-74), cargó con la quinta a Pau mientras Rudy Fernández, también sensacional, seguía volando para puntear rebotes, recuperar balones y terminar un trabajo que pocos equipos habrían podido completar. Gasol es un grande, Rudy también y España, además de tener clase, sabe sufrir.
El español Rafael Nadal, segundo favorito, arrolló al australiano Lleyton Hewitt (6-1 y 6-2) y alcanzó los octavos de final del torneo olímpico de Pekín 2008, donde se enfrentará al ganador del choque entre el francés Michael Llodra y el ruso Igor Andreev.
Para su primer triunfo sobre el oceánico en pista rápida el español necesitó hora y media. Tiempo en el que desveló el alto nivel que contiene su tenis y del que careció en el estreno olímpico, que protagonizó con el italiano Potito Starace.
Nada que ver con esto. Nadal ganó seis juegos consecutivos, que le dieron el set y el primer juego del segundo set, en el que Hewitt, distanciado del tenista que ocupó la cima del ránking hace seis años, logró su única rotura del partido. Una situación ficticia. Insuficiente para inquietar la clasificación del español, que bordó su mejor juego.