www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Alberto Garzón y las clases medias españolas

viernes 06 de diciembre de 2019, 20:11h

Voy despacio, la lentitud es camino sabio, el estrés dinamita el orden celular y, según todos los estudios, el cáncer empieza por ahí. Buena alimentación, deporte, paz. Leo, en mis calmas y ataraxias, una detrás de otra, todas las letras juntas de Alberto Garzón en su último libro: ¿Quién vota a la derecha? (Península). El subtítulo da pistas sobre la marcha por el sendero: De qué forma el PP, Ciudadanos y Vox seducen a las clases medias. La tesis general no puede ser más interesante: los conservadores crecen no por el voto de los que menos tienen (parias de la tierra) sino por el de quienes temen perder sus privilegios y buena parte de lo conseguido hasta la fecha (clases medias). Un ejemplo práctico: hay pánico auténtico en la calle a que muchas personas pierden su segunda vivienda gracias al populismo, por la que tanto han trabajado, remanso de veranos y fiestas de guardar. Cambia la identificación social de los españoles –apunta Garzón- y ésta cada vez tiene menos relación directa con las vivencias del trabajo y la profesión, con la clase social en definitiva, precariedad y trabajo flexible incorporan nuevos casilleros definitorios y temibles.

Escribe Garzón: “Es claro que las clases medias –en especial, en sus estratos más altos- presentan una propensión mayor a votar los partidos de derechas, mientras que las clases trabajadoras tienen a votar a los partidos de izquierdas. La izquierda transformadora (ubicada a la izquierda del PSOE) encuentra su fortaleza relativa entre determinados segmentos de las clases medias. De ahí se deduce que, mientras que la clase obrera es más moderada en lo ideológico, algunos grupos sociales, entre los que destacan los profesionales socioculturales, inclinan la radicalidad ideológica de los partidos a la izquierda del PSOE. De hecho, es notable que Podemos haya ocupado casi el mismo espacio clasista que IU había representado desde 1986”. Todo muy bonito pero veo casi iguales a clases medias y trabajadoras, igual de jodidas, sin liquidez, con mucho miedo a perder lo que hay, según su primer razonamiento, empalidecidas y temblonas, donde nadie experimenta con el ahorro, si lo tiene.

Niega Garzón al obrero de derechas y muchos hoy no tienen reparo en explicarlo por los bares: “A mi Franco me dio una vivienda, que ya tenía pagada a los cuatro años de trabajar, aunque fuese en una barriada de las de los años cuarenta. A los dos años de curro, me compré un coche. Iba todos los años de vacaciones con mi familia junto al mar. A ver cuántos de los jóvenes de hoy pueden hacer eso mismo”. Seamos realistas: nadie hoy puede comprar un piso, cada vez hoy se tienen menos propiedades, meter en el calcetín dinero parece ser la obsesión alucinada de muchos, por lo que pueda venir, que es el gran demonio. No hay consumo en la calle, los centros urbanos son franquicias y más franquicias de comida por un par de euros, plástico que meterse en la boca (Rodilla, Pans&Company, etc) y que ponerse por encima (Primark, etc) con mucho alborozo. La clase media –que es obrera- tiene miedo a perder estatus a vivir peor.

Trump es derechona (Estados Unidos), Bolsonaro es derechona (Brasil), Orbán es derechona (Hungría), Salvini, Le Pen, etc. El obrero (tanto de derechas como de izquierdas) quiere empresarios y sabe que sólo éstos pueden crear puestos de trabajo. El miedo al pobre (aporafobia) convive con la xenofobia (miedo a que extranjeros y visitantes nos quiten el curro). Estaba cantado: la lógica del capitalismo devastador exigiría, antes o después, mutaciones sociales como la presente. Locura, fanatismo, bolsas sociales a nivel local e internacional repletas de frustración, rabia, desesperación, vida al margen de los cuentos y cuentas de los políticos. Escribe Garzón: “Subrayo que el capitalismo crea desigualdades de forma inherente, y que, con él, indefectiblemente se acaban produciendo movimientos de resistencia entre los perdedores. De ahí que todas las conquistas sociales sean contingentes, es decir, precarias e inestables, pues son el resultado de una lucha política que no cesa nunca”. Sí, de acuerdo, pero esos perdedores americanos, por ejemplo, solo quieren a Trump.

No hay cohesión social y, por ello, a lo mejor tampoco se quiere identidad nacional, aniversario hoy de nuestra Constitución. La globalización era esto: mercado mundial integrado, clases sociales enteras fuera de juego, productividad masiva y ningún derecho laboral, lógica y guerra competitiva sin tregua. ¿Y el estado de bienestar? El calcetín. ¿Y la desigualdad despiadada? Lo que haya en el calcetín. Esto ya no son las clases dominantes y trabajadoras, unas dueñas de la pasta y otras de su trabajo, con el modelo invariable desde el XIX a la Segunda Guerra Mundial. No existen conquistas sociales porque el neoliberalismo las rechaza y, al mismo tiempo, he ahí la paradoja, el obrero quiere empresarios que dirijan los países, tipo Trump. La producción flexible (siempre hay otro que lo hace más barato, sea la cuestión que sea) conlleva más desigualdad, más crisis velada o tácita, más dependencia tecnológica de lo que iba ser el horizonte “I+D” (investigación + desarrollo), más cadenas y esclavitud para todos. Sitúa Garzón una conclusión en el final del comunismo y principio del socialismo español, como borrón y cuenta nueva, a su manera, respecto a ambos: “No es correcto identificar la revolución burguesa –del modo de producción- con la revolución democrática –del sistema político-”. Muy bien. Vale. Estupendo. Pero hoy ya no quedan burgueses, nuestros obreros jamás lo serán y la desafección con los sistemas políticos es completa, de ahí el aumento de mayores ofertas de partidos, más platos en el menú, para seguir con hambre.

¿Revolución sin burguesía? ¿Lucha obrera sin Revolución francesa? ¿Revolución democrática como placebo cuando se buscaba una auténtica revolución burguesa con guillotina express? La única realidad es lo que el propio Garzón concluye: clases medias viejas y a un paso de la muerte, escasez de empleos de la nueva clase media asalariada, cada día un partido nuevo como botafumeiro y humo entretenido, pocos, muy pocos, casi nadie con el calcetín lleno frente a lo imprevisto. No hay bienestar moderno, el Estado social va para atrás, las prestaciones sociales desaparecen, sindicatos e izquierda se quedan sin trincheras ni modos de lograr el esfuerzo inversor, el nuevo deshielo es la desindustrialización, y cita a clásicos de la materia: “Como han apuntado Aglietta (1938) y Brand (1968): sin una intervención proactiva de los poderes públicos, emprendida según una estrategia individual a largo plazo y provista de medios financieros potentes, las regiones ricas se vuelven cada vez más ricas y las regiones pobres, cada vez más pobres”. Sí, queridos Aglietta y Brand, ordeñar la teta de Papá Estado para que riegue será imposible.

Abrir fronteras, dejar que entren nuevos capitales, para llegar a las conclusiones de Garzón menos solemnes: “No es broma aquello de que Alemania prestaba a España el dinero con el que España compraba los coches a Alemania. Naturalmente, tal sistema era insostenible”. Rescates financieros, socializar pérdidas, cuentos y cuentas nuevos, solo una realidad: hermosas facturas para las clases trabajadoras fruto de todos los timos anteriores. Las bases sociales, ajenas a caricatura, se radicalizan por hartazgo. El combate será mucho mayor que cambiar de bando. “¡A por ellos!”, seguirá oyéndose bajo las farolas rotas, y el tiempo mitinero será escaso, pobre, negro.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.