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TRIBUNA

Los políticos que nos merecemos

sábado 07 de diciembre de 2019, 20:01h

Que pena da el ser humano. Le vemos, a lo largo de su trayectoria, pasando penalidades inverosímiles, para alcanzar, defender y gozar de sus avances, a veces pequeños, a veces grandiosos. Y que triste es verle conseguir algo que luego no sabe, no le dejan o no quiere usar. La conquista de la democracia es un ejemplo de todo ello.

Cuando hablo de democracia, siempre pongo como ejemplo a imitar el milagro de Suiza que ha superado, casi, la rudimentaria democracia de representación y goza, ya, de la democracia directa, que, curiosamente, se parece, tanto, al gobierno de las comunidades de vecinos, magnífico ejemplo de democracia. Como en estas, se vota, en Suiza, la aplicación de medidas que un ciudadano, con el debido respaldo, propone. Y cada propuesta, acompañada con el consiguiente análisis de costes, cuya reducción, es allí, también, como en las comunidades de vecinos, una obsesión, pues tienen muy claro, que todo es a cargo de todos. Han superado, ya, las consignas tontorronas mediante las que se quiere hacer creer, al pueblo, que el dinero público no es de nadie.

Esto les permite prescindir, casi, de su aparato de gobierno. Los que mandan no tienen relieve social alguno. El Presidente no es uno, sino varios que se turnan, en el poder, para no llegar a sentir su adicción. Son meros gestores de las decisiones del pueblo sin apenas intermediarios.

Un milagro que, la arrogancia de los demás países, en los que priman los intereses creados, nos impide imitar. Si lo hiciéramos, llegaríamos, también, nosotros, a la misma conclusión de que gran parte del andamiaje político de los países es, totalmente, prescindible.

Las democracias occidentales no funcionan, desgraciadamente, así. La clase política, que se erige en imprescindible intermedio entre los ciudadanos y la clase funcionarial, que es la que, verdaderamente, gestiona las cosas, crece y crece sin cesar, enredando y haciendo difíciles y complicadas las cosas que no lo son. Es como una costra innecesaria, que separa al pueblo de la clase funcionarial, adoptando las formas más atrabiliarias.

No se tiene conciencia, no se quiere tener, de que la democracia representativa es un estado transitorio hacia la democracia directa, como la que gozan en Suiza. Esos representantes, agrupados en partidos políticos, han tomado vida propia y como se dice que pasará con la inteligencia artificial, acuñada, también, para nuestra ayuda, se han adueñado del poderío del pueblo y, con malas artes, suplantan y seducen su voluntad. No hay político que se sienta un empleado del ciudadano y mucho menos un vocacional que emplee su vida para favorecerle.

De aquí que, por mas que se nos repita y se nos recrimine que tenemos los políticos que nos merecemos, no consideremos a la clase política como parte de nuestros intereses ni como a unos empleados, elegidos y contratados, por nosotros, para solucionarnos los problemas y facilitarnos la vida. Las encuestas nos dicen, continuamente, como, el pueblo, considera a los políticos como una de las principales fuentes de problemas.

Los partidos políticos no son aparatos que se fijen, entre sus cometidos, la búsqueda de los mejores y mejor preparados, estén donde estén, para ofrecerlos al
pueblo como gestores de sus problemas y programadores de su futuro, sino entidades, engrosadas por “trepas”, advenedizos y osados “deshechos de tienta”, y que tienen como único objeto conseguir el poder y repartírselo. Y nos ofrecen gente, de tan poca entidad, que siempre nos parece que les pagamos demasiado para lo que nos dan a cambio, entrando en el círculo vicioso de rebajar, todavía mas, por ello, la calidad de los que se acercan a la política.

Una vez mas, como siempre a lo largo de la historia, el poder nos ha sido usurpado. El hecho de que, cada cuatro años, acudamos a la ceremonia de las elecciones, no quiere decir que creamos estar al mando de nuestra propia sociedad, ni tengamos fe en la fórmula. Símplemente aceptamos este juego buscando el mal menor.

Así que, agudos comentaristas y sesudos intelectuales, dejad, de una vez, de recriminarnos, a los pobres bartolillos engañados, esquilmados y envilecidos, con la cantinela de que, encima de que los soportamos, tenemos los políticos que nos merecemos. ¡Venga ya!

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