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ORIENT EXPRESS

Una Navidad descristianizada

domingo 08 de diciembre de 2019, 21:25h

En estos días, asistimos a un secuestro de la Navidad.

Esta celebración -cuyo arraigo en España, en Europa y en todo Occidente se debe precisamente a su raíz cristiana- resulta así hurtada a los cristianos y convertida en un pretexto para las cosas más desconcertantes. Proliferan las felicitaciones con pueblos nevados, velas que no alumbran nada y frases inspiradoras que parecen sacadas de libros de Lobsang Rampa. Las ciudades españolas se iluminan con luces rutilantes que evocan cualquier cosa menos los motivos cristianos tradicionales de este tiempo de Adviento. Aquí no hay ni estrellas, ni pesebres, ni pastores ni nada que diferencie este tiempo sagrado de una feria con tiovivos y coches de choque. En Madrid hemos tenido este año algo más de suerte y se han recuperado algunos belenes en espacios públicos, de donde los había desterrado el gobierno municipal de Manuela Carmena. Así, los visitantes de la Plaza Mayor pueden admirar el Nacimiento frente a la Casa de la Panadería. No pueden decir lo mismo, ¡ay!, en Barcelona, donde la alcaldesa Ada Colau ha costeado un montaje infame que confunde la bellísima tradición belenística con una performance del 15-M.

Sin embargo, en general, parece de mal gusto recordar que la Navidad es una fiesta cristiana y que, en cuanto tal, no es un pretexto para las compras ni los regalos. El Nacimiento del Señor es una llamada a la esperanza para toda la humanidad -para ella nace el Redentor- pero los intentos de descristianizarla y llenarla de elfos, por ejemplo, revela algo más profundo y preocupante: la Navidad ha sido arrebatada al cristianismo. Proliferan los mensajes que hacen referencia a «la ilusión de la Navidad» y «tus sueños». Tomemos un ejemplo de una asociación de empresarios que ha lanzado la campaña «Cumplesueños» con mensajes como «Tienes el poder de soñar», «haz tus sueños realidad» o «vive tus sueños». Todo esto de los «sueños» está muy bien -bueno, en realidad no, pero dejémoslo por ahora- siempre que no deje de lado lo que la Navidad es: la celebración del nacimiento de Jesús, Salvador del mundo. Esto es lo que se celebra. No la ilusión, ni las propias expectativas, ni esos buenos deseos que quedarán frustrados a la altura de febrero. Antes bien, es el tiempo y la fiesta de la esperanza que no se agota en lo que el ser humano quiere porque brota de un amor que sólo Dios puede dispensar.

Por eso, debemos afirmar el sentido profundo y radicalmente religioso de este tiempo. Esta fiesta es cristiana porque España, Europa y Occidente sólo pueden comprenderse a la vista de esta tradición de más de dos mil años que hunde sus raíces en la Biblia y llega hasta nuestros días. Renunciar a este sentido es renunciar a la identidad misma de nuestra civilización. Esto no tiene que ver con la fe que cada uno profese -eso sólo lo conoce Dios- sino con la defensa de esta herencia cultural que parte de una apertura a lo sagrado. De ahí brota este venero de villancicos, recetas navideñas y hasta saludos. Ahí está el radiante ¡feliz Navidad! frente al ambiguo ¡felices fiestas! En estos días, pues, hemos de defender la identidad cristiana de la Navidad frente a los intentos de diluirla en un clima de frenesí de consumo e intoxicaciones de frases «new age».

El introito gregoriano de la misa de Navidad proclama «Puer natus est nobis», «Nos ha nacido un niño». Nada menos que esto se celebra en estos días. Esto no es ilusión, sino esperanza de la buena, de la que no caduca ni se pasa con el tiempo. Esperanza en Aquel que nunca duerme ni se descuida, en el que nunca falla ni abandona al ser humano, sino que lo busca y lo espera. Esa es la esperanza de la Navidad. Esa es la esperanza que forjó a Occidente.

No dejen que se la arrebaten.

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