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ESCRITO AL RASO

Disfunciones e influencias españolas en la UE

David Felipe Arranz
lunes 09 de diciembre de 2019, 20:10h
Actualizado el: 12/10/2019 09:52h

El ministro Josep Borrell es nuestro hombre en Bruselas. Lo suyo viene de lejos, del Felipismo, que es tanto como otorgarle a Borrell una geografía y una historia, la de una generación que ha dejado una estela de recuerdos, buenos para unos –para el presidente en funciones, que lo mantiene como símbolo del socialismo auténtico– y malos para otros, sobre todo para aquel PSOE, que perdió en 2000 las elecciones generales en favor de Aznar porque Borrell le cedió a Almunia la cabeza de cartel: acusaron y procesaron por fraude fiscal a dos ex colaboradores suyos, Aguiar y Huguet, cuando fue secretario de Hacienda. Almunia, ay, quién se acuerda de ti. Ahora Borrell, el rey de todos los socialismos que andan sueltos por el mundo allende las fronteras, es Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad: antes lo fueron Federica Mogherini, Catherine Ashton, Javier Solana y Jürgen Trumpf.

Con Borrell España llegó a la Comisión, al Consejo y al Parlamento de la Unión Europea, siempre tan cerca y tan lejos, porque los españoles somos más de irnos a Vietnam o a Indonesia, y a Bélgica solo se van los huidos de la Justicia, como Puigdemont y los otros exconsellers, que están a la euroorden del día. El caso es que ya tenemos a veintidós compatriotas instalados en puestos de los gabinetes de la UE, pero con poca influencia y un perfil júnior. Resulta que, a diferencia de la anterior Comisión Europea, en la que había jefaturas y subjefaturas desempeñadas por españoles, ahora solo hay una subjefatura: el establishment hispánico se nos resiente en la Comisión; ay, Carmela. Y yo con estos pelos. Porque Borrell te hace unas declaraciones entre el exabrupto y la sinceridad devastadora, como las que hizo hace un años al programa “HARDTalk” de la BBC, que se saltan todos los protocolos y son muy celebradas por la prensa extranjera y da para mucho eurocotilleo de eurocorrillo en los euroedificios.

Hay hasta una Unidad de Apoyo para la presencia de españoles en las instituciones de la UE (UDA), que depende de la Representación Permanente de España ante la Unión Europea. En España, donde el personal no se entera de nada de la administración comunitaria, de sus expedientes legislativos y de otros. Tenemos la casa sin barrer, no sabemos por dónde nos va a salir el Gobierno, pero la cosa es que Pedro Sánchez desea los top-jobs del Eurogrupo. Que por pedir, que no quede. A Sánchez le asoman los olvidos institucionales por las melancolías de la gobernabilidad: les pasa a todos los deportistas retirados. Que del cartonaje comercial de la campaña y el pacto y la colación toda, le da la luz oblicua de las oportunidades perdidas en la UE, que cada vez más suelta sus corceles políticos por las alcobas de los gobiernos europeos.

Está claro que la ausencia de españoles en los gabinetes europeos no augura buenos resultados: por ejemplo, el que no tengamos a ningún propio en los gabinetes de los comisarios de Economía ni de Justicia jugará en nuestra contra –cumplimientos de pactos y órdenes de detención y entrega, por ejemplo–, pero es que la batalla por la Moncloa ha hecho que solo Borrell, siempre con la mirada transpirenaica, anduviese pendiente del reparto bruselense, que es como ir al mercado de abastos por la mañana temprano y pujar por la pieza, por el top-job, es decir.

Total, que a nosotros, desde aquí, pues se nos permite opinar de las cosas que caen en suelo patrio, pero la parte presupuestaria y política que sale hacia Exteriores como que nos da un poco igual o nos duele menos que el lío de los CDR o los chanchullos de Despeñaperros para abajo. Los asuntos del mundo exterior siempre nos han indignado en la forma y no en el fondo: demagógicamente, o sea. Y a la Mogherini tampoco le hemos hecho mucho caso, y eso que ha sido de las que no tenía pelos en la lengua: durante sus cinco años de mandato ha dejado un poco ordenada la cosa con Cuba, evitó en 2015 que Irán desarrollara armas nucleares y normalizó las relaciones entre Serbia y Kosovo. Federica es mucha Federica, y ha dejado un retrato solenoide de corriente continua difícil de superar.

En los púlpitos de la Administración se predica pro-europeísmo institucional de urgencia. Pedro Sánchez no se ha erotizado por Bruselas, porque para eso tiene a Borrell y punto y final. Pero si perdemos influencia en los salones de Europa, en vez de la caída del Imperio español vamos a colgar el letrero de “se traspasa este local” en relaciones internacionales. Que sigue siendo, desde la Transición y el golazo de la OTAN, nuestra asignatura pendiente. Pero para que les canten y les bailen el agua a la oligarquía burocrática europea, de momento le vale al Ejecutivo con Borrell y sus júniores. Cosa de la efebocracia “selfigráfica” que nos decreta, decide, ordena y preceptúa. Cosa del Gobierno en disfunciones, en definitiva.

Twitter: @dfarranz

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