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TRIBUNA

La vela en el entierro

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 11 de diciembre de 2019, 20:04h

En uno de estos artículos semanales me referí a alguna de las (escasas) ventajas de ir haciéndose puretón, como la relativa a darse uno cuenta de la absoluta inutilidad de discutir. Pues bien, una consecuencia colateral de la anterior conclusión radica en haber asumido por mi parte con el paso de los años una actitud de sano distanciamiento frente a la polémica. Me he dado cuenta así de que, salvo en lo que afecta al ámbito doméstico, de la exclusiva incumbencia de cada cual, carece de sentido emitir el parecer propio acerca de cualquier asunto, pues son tantos los puntos de vista desde los que puede abordarse un acontecimiento dado, tantas las situaciones individuales de quienes se ven afectados por él y, sobre todo, tan grande el desconocimiento de sus innumerables matices y facetas, que muchos harían mejor manteniendo la bocaza cerrada, ya se trate de opinadores profesionalizados o de simples usuarios de redes sociales, ese foro basuriento donde todo dios muestra, sin que nadie se lo haya requerido, sus preocupaciones, anhelos y soluciones a los grandes problemas del orbe.

De este modo, un imbécil cuyas circunstancias personales ignoremos —meteorismo crónico, malos tratos en la inclusa, un lobanillo vergonzante…— puede emitir un juicio de valor disparatado, bajo el cual, sin embargo, subyace una causa remota, una razón de ser que en la mayor parte de los casos escapa al conocimiento del interlocutor y le provoca incomprensión, si bien tampoco debemos descartar la prístina majadería proferida para irritar a la concurrencia, algo que en cualquier caso también conlleva una intencionalidad, como la del ignorante que suelta un coprolito verbal con el fin de aparentar erudición. En casos así, no merece la pena debatir con semejantes sujetos, y caeríamos en su trampa si nos escandalizáramos o indignáramos ante la boutade o la estulticia, a menos, insisto, que ello afecte al ámbito más íntimo de nuestro desenvolvimiento personal, en cuyo caso la respuesta debería ir más allá de la dialéctica. A mayor abundamiento, ¿qué interés tiene la opinión de un famosete sobre el cambio climático, la reforma de la normativa del aborto o la situación del Kurdistán? ¿Y qué decir de esas entrevistas a pie de calle en los telediarios, donde le preguntan sobre la última sentencia del Supremo a un pobre anciano que viene de echar la bonoloto y difícilmente podría pronunciarse sobre algo más enjundioso que de la ola de calor, otro clásico de la interviú más raquera? ¿O qué me dicen de las cartas al director, un género en sí mismas, tanto más fascinantes cuanto conservador el rotativo?

Como digo, el proceso sufrido no obedece a haberme vuelto más reaccionario con los años, ya saben, eso de que quien de joven no es de izquierdas no tiene corazón, y quien de mayor no es de derechas no tiene cabeza. Qué va, se trata de un vaciamiento ideológico parejo a la acumulación de datos y experiencias inherente al paso de los años, que me ha llevado a no pronunciarme sobre los grandes asuntos, bien de la actualidad bien de la humanidad misma; y no porque no quiera recibir una respuesta desabrida, que también, sino porque la mayor parte de las veces no tengo una opinión cimentada al respecto, pues pico de mucho pero cavo en poco, de modo que solo me siento autorizado para disertar sobre algo en cuyo conocimiento nadie me pueda aventajar, y todavía no he dado con ello. Por eso, a la hora de pergeñar cualquiera de estos artículos me siento un tanto atribulado por asumir una responsabilidad que otros columnistas despachan con admirable soltura. Aun así, me impuse un ejercicio de relativización que me llevó a concluir que el oficio de articulista nada tiene de engorroso frente a otras labores cuyo ejercicio sí requiere especialización, tales como ponerles algodones en las napias a los muertos, traducir los libros de instrucciones de los misiles Tomahawk, reciclar residuos hospitalarios, componer los himnos de los equipos de curling, manufacturar manteca de cerdo, oficiar el funeral del tío al que se le cayó una roca encima mientras se beneficiaba a una gallina, supervisar todo el proceso productivo de las escobillas del váter, hacer las ilustraciones de la revistas del colegio de abogados de Albacete, o de Cluj-Napoca, o de Ciudad Quezón, poner el careto en las campañas publicitarias de la Conferencia Episcopal, pasar el mocho en las cabinas de la sex-shop

—Alguien tiene que hacerlo— pensé, y empecé a escribir, entusiasmado, esta columna.

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