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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

¿Qué es un árabe?

sábado 14 de diciembre de 2019, 19:21h

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de dar clase a un grupo de estudiantes norteamericanos que completaban en España su formación universitaria. Fue una grata experiencia. Me encontré con un grupo de jóvenes bien formados, de mente inquieta y con ese punto cosmopolita de la clase media-alta estadounidense. Cuando empecé a tratar con ellos sobre el Mundo Árabe intenté establecer un marco geográfico delimitando aquel espacio con algunas preguntas-trampa. Les pregunté si consideraban a Irán y a Afganistán como países árabes y todos, sin excepción, me contestaron que sí. Su sorpresa fue mayúscula cuando les dije que no solo estos países no son árabes sino que, especialmente en el caso iraní, mantienen con los árabes una histórica rivalidad, a veces teñida de hostilidad.

Esto nos llevaba forzosamente a plantearnos la pregunta del millón. ¿Quiénes son realmente los árabes? Es obvio que para delimitar y diferenciar un grupo humano podemos utilizar diferentes criterios como el étnico, el cultural, el lingüístico, el religioso, siendo todos ellos válidos siempre que estén bien fundamentados. Si atendemos al criterio étnico, entendido como el de una comunidad humana con afinidades raciales nos llevaremos la primera sorpresa. Si nos fijamos, por ejemplo, en los rostros de los Jefes de Estado que se reúnen anualmente en el seno de la Liga Árabe veremos un crisol de colores representativo de los pueblos árabes. Desde los rostros bronceados de los representantes de Sudán o Mauritania hasta los ojos verdes y la piel clara del presidente sirio Bashar al-Assad, antes de su suspensión. Desde el cabello liso y engominado de los representantes libaneses hasta el cabello rizado cuasi afro del monarca marroquí. Pues bien, todos ellos sin excepción se consideran tan árabes como el que más.

Y es que el mundo Árabe del siglo XXI no tiene nada que ver con el del siglo VII, cuando nace el islam. Hoy día el Mundo Árabe ocupa un espacio geográfico que se extiende desde la ribera norte del río Senegal, en Mauritania hasta las costas del Golfo Pérsico. Sería tan ilusorio como inexacto pensar que la extensión de la lengua y la cultura árabe originaria de Oriente Medio se produjo por una suplantación de la población autóctona de Siria, Egipto, el resto del Norte de África y buena parte de España, por las tropas y los descendientes de las tropas que un día abandonaron la península arábiga para extenderse por tan vasto espacio geográfico. Y es que las poblaciones pueden incluso llegar a exterminarse pero nunca volatilizarse. Realmente, este inmenso espacio conocido como Mundo Árabe está, como siempre ha estado, poblado por un variado conjunto de grupos humanos diferenciados que impiden aplicar con rigor el criterio étnico-racial para distinguirlos de sus vecinos.

Tal vez podríamos acudir al criterio religioso, asociando lo árabe con lo islámico. Es cierto que allá por el siglo VII, el profeta del islam y sus primeros seguidores eran árabes, pero también es cierto que esta religión alcanzó tal expansión por el mundo que se calcula que hoy día los árabes no representan más del 16 por ciento de los musulmanes del mundo. Además debemos tener en cuenta las importantes minorías religiosas, como cristianos, judíos, yazidíes o drusos, que pueblan el Mundo Árabe. Baste pensar que solo en Egipto viven más cristianos que en Portugal o Bélgica. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Les privamos de su identidad? Es evidente que el criterio religioso tampoco sirve para definir la arabidad.

¿Qué solución nos queda? ¿Podremos acudir al socorrido criterio cultural? Si entendemos cultura como modo y costumbres de vida en sociedad veremos que la gastronomía de Grecia, Turquía, Siria y Líbano coinciden en muchos de sus platos fuertes. Igualmente, la práctica de beber té sentados en una alfombra, asistir el viernes a la mezquita y comerciar en los zocos se extiende desde el lejano Uzbekistán hasta el cálido Níger, por lo que tampoco nos sirve. Ahora bien, si entendemos la cultura como un producto vivencial derivado del uso de una lengua común creo que podremos ir por buen camino. Efectivamente, los territorios que componen el Mundo Árabe están poblados por grupos humanos que, en su mayoría, se comunican en lenguas emparentadas entre sí y que vendrían a formar ese grupo lingüístico conocido como los “dialectos árabes”.

Realmente no se puede decir que deriven de una lengua común, del llamado árabe clásico en el que un día se escribió El Corán y que fue sistematizado y estandarizado en las academias lingüísticas del sur de Irak, sino que, como todas las lenguas, proceden de un sinfín de influencias históricas. Lo cierto es que durante siglos, ambas realidades lingüísticas han coexistido en el día a día de estas poblaciones. El árabe clásico o estándar ha funcionado como lengua común de la religión, la cultura y la política de los países que componen el Mundo Árabe. Y ya que estamos con la política, podemos también referirnos al papel catalizador de identidades nacionales que la lengua árabe ha ejercido tras la colonización europea. A pesar de la intensa penetración cultural de la colonización europea, especialmente por parte de Francia en el Magreb central, la lengua árabe ha sido reconocida como única lengua oficial en las constituciones de estos países. Para desdicha de las minorías lingüísticas no arabófonas, como los amazigh del Magreb o los kurdos de Irak y Siria, la arabización forzosa ha funcionado como un rodillo para la creación de nuevas identidades nacionales. La lengua se ha convertido en la razón de ser de nuevos Estados y el elemento legitimador de las aspiraciones de integración regional de los países árabes. A fin de cuentas, la Liga de Estados Árabes está formada por aquellos estados que han reconocido el árabe como su lengua oficial, siendo hoy día una de las pocas organizaciones internacionales que funciona sin traductores.

Por todo ello, parece que el criterio lingüístico es el que nos permite definir con mayor rigor ese vago concepto de la arabidad. Es árabe aquel que posee alguna de las variedades del árabe como su lengua materna. Pero tampoco lo deshumanicemos tanto. Igualmente cierto es que ser árabe es además un sentimiento. Un sentimiento que resurge, especialmente como afirmación en situaciones de supervivencia cultural. De un modo hermoso y angustioso expresaba tal sentimiento el poeta palestino Mahmud Darwish cuando decía, en una conversación imaginaria con un soldado israelí:

“Anota

Soy árabe

Soy nombre sin apellidos

Espero con paciencia en un país en el que todo lo que hay

Existe airadamente

Mis raíces se hundieron antes del nacimiento de los tiempos”.

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