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ORIENT EXPRESS

Cuando los comunistas reprimen huelgas

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 15 de diciembre de 2019, 19:35h

Si alguna vez les dicen que los pueblos del este de Europa aceptaron pacíficamente los gobiernos comunistas, no lo crean. Allí donde pudieron, se rebelaron. Hubo guerrillas anticomunistas hasta entrada la década de los 50 en los países bálticos. Hasta la caída del Muro de Berlín en 19890 se sucedieron revueltas, huelgas y protestas. Por supuesto, eran silenciadas por la censura, distorsionadas o caricaturizadas por la propaganda y reprimidas mediante la violencia. Eran frecuentes las acusaciones de que los opositores eran «fascistas», «traidores» o «contrarrevolucionarios». Sin el adoctrinamiento y el terror, ningún régimen comunista puede mantenerse. Esto sólo subraya el heroísmo de quienes se atreven a hacer frente, antes y ahora, a los comunistas que gobiernan en cualquier parte del mundo.

Hagamos memoria de algo que sucedió hace 49 años.

Corría el mes de diciembre de 1970 en la Polonia de Gomułka, el líder comunista a quien Moscú había puesto al frente del gobierno polaco después de las revueltas del octubre polaco de 1956. Lo habían nombrado secretario general del Partido Obrero Unificado Polaco aquel mismo año y, a la altura de 1970, las esperanzas de apertura que él encarnó al principio habían resultado frustradas. Después de 14 años en el poder -los comunistas no suelen dejarlo voluntariamente- la situación social y política en Polonia era de un gran descontento.

Todo comenzó con la subida de los precios de los alimentos un 20% y de golpe pocos días antes de la Navidad. El 14 de diciembre los trabajadores de las ciudades costeras del Báltico, en especial los de los astilleros, se declararon en huelga. Gdynia, Elbląg, Słupsk y Szczecin eran los principales focos de protesta. Para reventar la huelga, el gobierno empleó a agentes provocadores que comenzaron “acciones de sabotaje”. Después las emplearon como pretexto para reprimir a los huelguistas. Enviaron a la Milicia, el cuerpo policial que los comunistas habían creado en 1944 para sustituir a la policía de la República anterior a la II Guerra Mundial. Anne Applebaum ha descrito en «El telón de acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956» cómo se hicieron con el poder los comunistas, así que no hay necesidad de repetirlo. Baste indicar que era una policía política al servicio del partido, como todos los demás órganos del Estado.

Pues bien, el gobierno movilizó a cinco mil policías, veintisiete mil soldados y 550 carros de combate. En Gdynia, los efectivos del gobierno directamente abrieron fuego sobre los trabajadores el 17 de diciembre. Mataron a unos 40 e hirieron a más de mil. Los huelguistas resistieron en algunas ciudades hasta el día 19. Cuenta Norman Davies que algunos manifestantes fueron aplastados por vehículos blindados y que algunos reclutas se negaron a disparar sobre los manifestantes. Se saquearon tiendas y un centro de entrenamiento de la policía fue pasto de las llamas. Fueron sólo cinco días de protestas, pero la represión fue tan brutal que Gomułka tuvo que dejar el poder. Estas protestas sucedieron a las de 1956 y jalonaron el camino para el nacimiento del movimiento sindical independiente en 1980 con Solidaridad.

Por supuesto, los comunistas se han arrogado la defensa de las clases trabajadoras y, en nuestro tiempo, han ampliado su causa a las “luchas” -la lucha de clases, la ecologista, la feminista, etc.- y a los “colectivos” desde los inmigrantes hasta las mujeres. Uno de los logros del Foro de São Paulo, el instrumento de los comunistas cubanos para extender su influencia por toda Hispanoamérica y parte de Europa y Asia, ha sido precisamente reformular la lucha de clases en términos de luchas y reivindicaciones identitarias.

Sin embargo, por debajo de las banderas y las consignas, los comunistas siguen necesitando y empleando la violencia. La historia del comunismo podría narrarse a través de sus policías secretas, sus cárceles, sus campos y sus fosas, sus centros de detención clandestinos, sus redes de delatores y agentes, sus hambrunas y su terror generalizado como forma de control social. Pretenden ser demócratas -también los regímenes de Europa Central y Oriental se consideraban «democracias populares» pero, en realidad, eran tiranías que oprimían y mataban a los trabajadores que decían defender.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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