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TRIBUNA

Per omnia saecula saeculorum

domingo 15 de diciembre de 2019, 19:37h

En el canto quinto del segundo círculo del “Infierno” de la Comedia, Dante Alighieri ubica a los coléricos, aquellas personas que han vivido atacando o descalificando todo el tiempo y nunca han hecho nada ni dejan que hagan los demás; también allí están los envidiosos, los impostores y los estafadores. Todos asociados e involucrados en sus deleznables miserias. En el viaje de horror, Dante y Virgilio llegan al sitio más estrecho del infierno, un embudo con espirales concéntricos donde nadie se puede agarrar de nada, tanto que los condenados se la pasan lamentándose por la incomodidad que los rodea. En esa antesala, antes de entrar, se enfrentan con el implacable juez infernal llamado Minos, que gruñe de rabia y juzga, enroscándose a sí mismo con la cola alrededor del cuerpo. Cuando los pobres infelices se le paran delante, deben confesar sus tropelías, y Minos decide -como gran perito de pecados- dónde ubicarlos. El implacable personaje después de cumplir con su misión, desaparece humildemente de la escena. Si bien tiene las grotescas formas de un monstruo, expresa en sus palabras una actitud noble. Minos está considerado un puro servidor de la voluntad divina. El poeta así lo imagina:

Stavvi Minos orribilmente, e ringhia:

Essamina le colpe nell’ entrata;

Giuddica e manda secondo c’avvinghia…

(Allí Minos horriblemente gruñe;

examina las culpas en la entrada;

juzga y ordena según como se enrosca…)

La mayoría de los personajes condenados están tomados de la vida real y en ocasiones han sido protagonistas de las injusticias soportadas por el aedo durante la época que le tocó vivir en la convulsionada Florencia. El mundo cambia, es cierto, pero no tanto, y las remotas ruindades humanas siguen vigentes en nuestros días. Los coléricos o furibundos, cometen infamias y vejámenes sin hacer ni dejar que los demás hagan; sin duda una envidia brutal los domina de tal forma que se convierten en máquinas de agredir e impedir, acusando y usando recursos que lindan con la impostura y la estafa moral.

Nuestro Martín Fierro tampoco es indiferente a este tipo de vilezas y aconseja a los envidiosos:

A naides tengas envidia,

Es muy triste el envidiar,

Cuando veas a otro ganar

A estorbarlo no te metas.

Cada lechón en su teta

Es el modo de mamar...

Pero parece que hay gente que se empecina en estas calamidades morales y niega estas legendarias sentencias. Esto viene a cuento por la reciente actitud de una señorita que, desde hace años impide, por un asunto de interés monetario, que la obra del más grande poeta argentino se difunda en el país y en el mundo con la misma libertad con que fue concebida. Alguien que, además, ya en vida de Borges hizo lo imposible para apartarlo de sus amigos más entrañables; me refiero a Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, entre otros.

Yo tuve el privilegio de estar cerca de nuestro escritor en los últimos años de su vida, de acompañarlo en viajes para realizar diálogos públicos a lo largo del país y, sobre todo, de ser su amanuense y recoger el dictado de sus textos, y creo que soy un testigo incómodo para quienes pretenden tergiversar algunos hechos. Colaboré con Borges hasta el último día que estuvo en Buenos Aires y me honra evocar aquella luminosa mañana, cuando, como si tuviera una acongojada premonición, me dictó un soneto que tituló 1985, dedicado a nuestra sufrida Patria:

No en el clamor de una famosa fecha,

roja en el calendario, ni en la breve

furia o fervor de la azarosa plebe,

la pudorosa patria nos acecha.

La siento en el olor de los jazmines,

en ese vago rostro que se apaga

en un daguerrotipo, en esa vaga

sombra o luz de los últimos jardines.

Un sable que ha servido en el desierto,

una historia anotada por un muerto,

pueden ser un secreto monumento.

Algo que está en mi pecho y en tu pecho,

algo que fue soñado y no fue hecho,

algo que lleva y que no pierde el viento.

Me honra aún más que esta señorita me atribuya a mí los magistrales versos, lo cual revela un desconocimiento de su obra; otro disparate de supina ignorancia. Por la tarde de ese mismo día, según el relato de su ama de llaves, Borges fue sacado del departamento casi a empujones para obligarlo a emprender un viaje a Europa del que nunca más regresaría. A partir de aquella situación, agonizó por distintas ciudades del viejo mundo y fue protagonista de un falso casamiento (del que, según María Esther Vázquez, jamás se enteró), invalidado después; sobre todo porque ya estaba casado en la década del ’60 con Elsa Astete Millán, y el divorcio aún no existía en la Argentina. Al hacerlo se incurría en bigamia. Sin embargo, un curioso testamento elaborado en aquellos mismos días, anulaba dos anteriores, donde dejaba sus bienes y sus derechos de autor a su hermana Norah y a Epifanía Úbeda, su ama de llaves. En el nuevo legado, la referida señorita era nombrada heredera testamentaria. No albacea de la obra, que no es lo mismo.

Luego de estos hechos, por orden de esta dudosa esposa, se allanaba el modesto departamento de la calle Maipú al 900 y se retiraban los pocos volúmenes de su biblioteca (que no pasaban de trescientos), y en ningún caso había libros de él, ya que el autor de Ficciones comentaba con humildad que en esos estantes no podían estar sus obras al lado de las de Shakespeare, Stevenson, Lugones, Chesterton o Flaubert. Recuerdo que una mañana, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares me llamaron alarmados para ver si podíamos hacer algo para impedir el vaciamiento de libros. Fuimos con Bioy y, por supuesto, ante los agentes de la ley nada pudimos hacer. Una semana después, con una enfermedad terminal, el poeta se sumaría a los más en la ciudad de Ginebra, donde está enterrado.

Me incomoda rememorar ciertos hechos por demás ingratos, pero la heredera testamentaria de nuestro escritor (que no es su viuda, porque el matrimonio repito fue anulado por la justicia) me pone frente a la espada y la pared, y no me queda más remedio que poner en limpio “cosas que nadie sabía y que yo diré al momento” (cito otra vez a nuestro gaucho Fierro) para defender de la difamación que hace pesar ahora sobre dos queridos amigos.

Pues bien, Lo demás ocurrió de un modo sorprendente y casi vertiginoso. Fanny, la humilde ama de llaves, que había servido fielmente a los Borges durante 35 años (a doña Leonor Acevedo, su madre, y a él) fue puesta de patitas en la calle y socorrida por Alejandro Vaccaro (el ahora presidente de la Sociedad Argentina de Escritores), que la ubicó en una modesta casa del barrio de La Boca, donde con Alicia Jurado la debimos ayudar cuando la falsa esposa de Borges, le ganó un juicio en el que, con una crueldad inusitada, le embargaban desde la heladera hasta las ollas y platos. En fin, un acto incalificable hacia una modesta y casi indigente mujer, que desde todo punto de vista había sido leal a los Borges.

No fue todo. El feroz ensañamiento llegó hasta el colmo. Llovieron juicios de todo tipo hacia los sobrinos, a su hermana Norah y a quienes estuvimos cerca en vida del escritor; demandas sin las pruebas correspondientes, que después perdió ante la justicia, porque acusaciones se pueden hacer, pero después falta las pruebas correspondientes (¡Qué festín se puede hacer Minos, el personaje de la Divina Comedia, cuando esta señorita comparezca ante él; seguramente no terminará de enroscarse la cola para enviarla al vergonzante quinto círculo del segundo “Infierno”!).

Agreguemos que nuestro Borges era un hombre por demás desprendido y generoso, ajeno a todo lo material, sin ningún interés en el dinero. Sus textos manuscritos los había obsequiado a sus cercanos amigos, o los había destruido después de ser publicados, sin considerar, por supuesto, el probable valor que tenían o fueran a tener. Tampoco conservaba correspondencia ni objetos personales. En mi libro El humor de Borges cuento una divertida anécdota que vivió en Buenos Aires con Estela Canto, la que había sido su novia de juventud. A ella le había obsequiado el manuscrito de El Aleph. Unos años después le ofrecieron a Estela un valor en dólares bastante conveniente; pero su marido, con bueno ojo de comerciante, le aconsejó no venderlo. “Si esperamos que se muera Borges eso puede valer mucho más” (y vaya si tenía razón el hombre, en 1987 se vendieron en 25.000 dólares a la Biblioteca Nacional de España). Bueno, el asunto es que en una confitería donde tomaban el té, la ex novia comentó al poeta este hecho. Y él respondió: “Si yo fuera un caballero, me levantaría en este momento iría al Toilette y se oiría un disparo”.

Esta anécdota muestra a Borges como un hombre con gran sentido del humor, que para nada se tomaba en serio y fue generando una obra oral paralela a la escrita que compite con esta y la enriquece; era un conversador fascinante. Han sucedido los años y la colérica, ambiciosa heredera testamentaria sigue con idéntico empecinamiento descalificando y emprendiendo ataques a diestra y siniestra, entre otras cosas porque poco conoce de la obra del maestro y ni siquiera araña en el arte de la literatura. Se ensaña ahora con el poeta, productor audiovisual y empresario Alejandro Guillermo Roemmers, dueño de una colección de manuscritos, fotografías, objetos y primeras ediciones de Borges, que ha ofrecido donarlas al nuevo Gobierno para conformar un Museo que la Argentina le debe aún al principal artífice de la literatura del siglo XX.

Ha ocurrido en estos días que la heredera testamentaria, menos vagamente que de manera infame, sale a decir que la colección es robada y trata de enlodar, una vez más, a la fallecida señora Fanny, mencionando una supuesta baulera de donde habrían salido los manuscritos y objetos de Borges. Una absurda falacia. A todo esto siguen apareciendo en el mercado del libro, primeras ediciones del autor de El hacedor, que cada día se cotizan más alto. Por otro lado los juicios de esta señorita son proverbiales y vienen ocupando un buen espacio de los tribunales, cuyos jueces no sabe cómo sacársela de encima, pues todo lo que ha tenido relación con Borges está sujeto a estos enojoso vaivenes judiciales.

Personajes como esta patética heredera testamentaria, cuyo nombre prefiero omitir para no otorgarle realidad, viven impidiendo que otros hagan generosamente lo que ella no quiere ni puede hacer. Creo que el enorme poeta Dante Alighieri, tan admirado por Borges, la condenaría per omnia saecula saeculorum; es decir, por toda la eternidad, a ese círculo deplorable donde están los coléricos y envidiosos, los impostores y los estafadores.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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