www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

Panamá invadido. 30 años

Marcos Marín Amezcua
jueves 19 de diciembre de 2019, 20:07h

La noche del 19 al 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos inició la invasión a Panamá. La invasión estadounidense a Panamá es la última perpetrada contra otra república de América. No fue el último desembarco de sus tropas, pues Haití registra varios. Mas no hizo falta que fuera una agresión extracontinental ni mucho menos, como cacareaban los yanquis durante la Guerra Fría para justificar sus permanente intromisión en el subcontinente latinoamericano. Fue su atropello lo que trasciende; uno que costó la vida de al menos 4 mil civiles, minimizados por aquel país y que son solo responsabilidad y vergüenza de Estados Unidos.

Y lo es porque su injerencia en los asuntos internos panameños era ilegal y arbitraria. De no haber puesto un pie allí, las cosas hubieran seguido su propio curso. Por ende, aunque Noriega fuera el hombre fuerte –que nunca presidente de Panamá– la invasión no era justificada y jamás lo fue. Aquella invasión del 89 era el último eslabón de severas invasiones a la republica canalera. No era la primera.

A veces la gente desconoce u olvida o evade a conveniencia que la América hispana ha sido agredida por Estados Unidos en múltiples ocasiones. Salvo la derrota infringida a sus mercenarios en Bahía de Cochinos, Cuba, han salido invictos pisoteando la soberanía de muchas naciones del continente americano. A veces con brutales acciones como en Dominicana, Granada y Panamá. Pero para su nombre y su bandera, desde luego que van las manchas y Estados Unidos se ha granjeado no gratuitas animadversiones, desconfianzas y de plano, abiertas no colaboraciones de varias naciones del hemisferio.

Con aquel asalto prepotente del 89 estaba en juego buscar desde EE.UU. la manera de incumplir los Tratados Torrijos-Carter. El descuido yanqui de soltarle a los panameños el Canal aquel les era imperdonable; aquel terreno que el racista Teodoro Roosevelt –de triste memoria por sus agresiones a la región– arrebató a la fuerza a Colombia. Al final lo soltaron justo hace casi veinte años, el 31 de diciembre de 1999. Sí, con varias condiciones.

La invasión fue un genocidio perpetrado por Estados Unidos. Descomunal, desmesurado. Fue un manotazo que contó con la anuencia de Juan Pablo II, alcahueteando primero a Noriega refugiándolo en la nunciatura apostólica en la capital panameña, para luego entregarlo a sus esbirros, acto negociado entre tal y Bush padre, el yanqui que dijo que caminaría por las calles de una Habana libre y fracasó también en no cumplir sus amenazas de sacar a Saddam Hussein. Ya lo mataría su hijo yendo ambos a rezar por el alma de aquel, eso sí, mientras se quedaban el petróleo iraquí. Ya se sabe: la moralina yanqui que no a todos nos deja boquiabiertos ni admiramos por ser falaz y farisea, por no decir hipócrita.

El Canal de Panamá pintaba ya entonces para algo obsoleto, se le ha tenido que modernizar no con los mejores planes y costos en manos de alguna empresa española que no ha quedado muy bien, que digamos; pero bueno, ahí va China en tanto quiere competir contra aquel con otro canal interoceánico que atraviese Nicaragua. A ver si les funcionan dos situados tan cerca. Yo considero que el mercado no da para tanto. La neutralidad del Canal de Panamá es una de las condiciones para devolverlo a los panameños que vieron así reunificado su territorio, cercenado para los intereses de Washington, no de los propios y que les costó tanto atraso por un siglo. Quizás por eso Panamá después se ha ido para arriba, tal y como los rascacielos de su capital o su corrupción política frente a la afluencia de dinero. País de conectividad aérea, y marítima, hoy vive mejor que cuando los yanquis usufrutuaban un canal que dejaba migajas a los panameños.

Usted amigo lector en ambos hemisferios, no pierda de vista que en Panamá se asentaba el Comando Sur del ejército de Estados Unidos, un cuerpo de élite invasor. Agresor a todas luces. Tuvo que largarse al soltarse el Canal y lo pusieron en Miami. No hallan cómo regresar a la región latinoamericana. Buscando a cuál tonto, enjaretárselo. Hubo una época en los años noventa en que buscaron el contubernio del gobierno de Carlos Menem para crear fuerzas de asalto para “combatir la droga”, el nuevo pretexto interventor al caer el comunismo. La sugerencia tan tramposa como los charlatanes yanquis de productos milagro, y tan unilateral fue rechazada por la mayoría de los países de la región. Sobre todo al ver lo poco que hacía y que hace Estados Unidos por combatir a sus drogadictos en su propia cancha.

En este rubro no me refiero a que creen centros de atención, sino a proveer de valores sólidos a una sociedad decadente que tiene que recurrir al paliativo de las drogas para existir. A eso me refiero.

¿Y tras la invasión? Ya se sabe: Noriega murió pudriéndose en una cárcel yanqui. Guillermo Endara se prestó a la vergonzosa pantomima de asumir la presidencia panameña jurando el cargo en un buque de guerra estadounidense. Un despliegue de independencia y soberanía brutal, ya se ve. Peripatético. Y al final los yanquis tuvieron más que querer, el tener que honrar su palabra de soltar el Canal habido de manera tan tramposa en 1903.

Cuando sobre la región cunden los rumores de invasión a Venezuela, que no hemos visto materializar –por fortuna– y que sirven de acicate al inmaduro de Maduro para azuzar a la opinión pública de su país con tal, no podemos bajar la guardia como región mi minimizar la permanente amenaza invasora. Evo Morales cometió el grave error de suponer que al no haber embajador yanqui en La Paz, aquel país no planeaba nada. Ya vimos que Estados Unidos sí pinta para coludido en la caída de Morales. No necesitaba de un embajador allí y el litio se presenta como un nuevo elemento de disputa. En tono de burla a Estados Unidos se dice que solo allí no hay golpes de Estado, porque allí no hay embajada de Estados Unidos. Es que tienen una muy mala fama y una tétrica historia de antecedentes injerencistas, probados.

El litio, el oro blanco, es llamado el motor del futuro. Pues Dios nos guarde porque México acaba de anunciar que posee el yacimiento acaso más grande del mundo. No falta el aturdido proyanqui que afirma que no concibe que Estados Unidos pueda invadirnos ni a nadie, buscándolo. Aturdido, ya le digo. No sea que a Trump se le antoje traernos democracia, dando las lecciones que nadie les pide. Como ya es natural.

La admonición que nos representa Trump solo es la prolongación de una siniestra sombra sobre la región latinoamericana. Ojalá que no veamos más invasiones y que nunca nos falten mentes capaces de jugar mejor que los yanquis, aplazando sus planes expansionistas y agresores jamás superados y que no están muertos como algunos aducen, minimizándolos. Son una amenaza latente para nuestra región. Nunca creamos que han pasado. Siempre están vigentes y nos ponen en alerta, pues Estados Unidos siempre está acechante. Panamá fue una vergüenza para Estados Unidos y así se ha de quedar en los anales de la Historia, por el abuso ejercido allí. Por los panameños caídos, rechacemos cualquier agresión a nuestra región. Sea de la índole que sea.

A manera de conclusión diré que en estos días era mucho más importante destacar esta nota o la otra de saber si Argentina entregará a Evo Morales, que finalmente sí optó por avecindarse allí, que abordar la suerte que corra Trump. Ese juicio político aprobado pinta más para circo que para algo serio. Ojalá que lo echen, pero se ve improbable.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(1)

+
0 comentarios