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TRIBUNA

¡Eureka! Valores

jueves 19 de diciembre de 2019, 20:22h

Con este llamativo título acaba de publicar la editorial Ultima Línea un libro de varios autores, coordinado por Fernando Navarro y Gonzalo Sichar.

Destaca por su sinceridad y claridad la colaboración de Gonzalo Sichar. Relata con detalle su pasada y amarga experiencia en la política española. Es un testimonio directo, que deja bien claro cuál es la bajeza moral y la sordidez a que ha llegado nuestra casta política. Pero el tema de este artículo es otro.

La mayoría de los autores del citado libro usan expresiones tales como responsabilidad social corporativa RSC, o responsabilidad social de las organizaciones RSO. Enfatizan con estas siglas lo que les parece obvio. Hasta aparece la expresión ciudadanía empresarial. No hay que extrañarse. Incluso la Comisión Europea publicó en 2002 un Libro Verde con el título Fomentar un marco europeo para la responsabilidad de las empresas.

Este equívoco lenguaje parece haber olvidado el hecho obvio de que el bien y el mal lo hacen las personas de carne y hueso, y no los colectivos humanos, sean del tipo que sean. Los juristas romanos introdujeron el concepto de persona jurídica como una solución ad hoc para situaciones complicadas. Pero precisaron enseguida que se trataba de una fictio iuris.

A Ulpiano y Gayo nunca se les pasó por la cabeza poner en duda que la persona física es el único protagonista de la ética y del derecho. Hablar, sin más ceremonias, de responsabilidad de colectivos humanos es un invento reciente, que coincide con el desconocimiento generalizado de la lógica. Lo que se olvida es que la palabra responsabilidad tiene sentidos muy distintos según se use para personas físicas o jurídicas. Cuando la autoría de algo se atribuye a una persona jurídica se está empleando la palabra responsabilidad en un segundo sentido traslaticio, que no coincide con su sentido primario referido a la persona física.

Llamemos a este olvido mentalidad socializante. Se olvida que la sociedad es sólo un medio para un fin, que en este caso consiste en el engrandecimiento axiológico de la persona. La responsabilidad por el bien o el mal causado es personal en su sentido primario, y sólo en un sentido secundario y derivado asignamos responsabilidad a un colectivo. Hay que reivindicar por tanto el enfoque contrario, la mentalidad personalista. Insistir en que la sociedad es para la persona, y no al revés.

El adjetivo moral se suele usar para marcar esta diferencia. Propiamente un colectivo humano no tiene responsabilidad moral. Se trata sólo de atribuir, más o menos artificiosamente, consecuencias jurídicas a lo que hacen los colectivos humanos.

Ya Hartmann corrigió el absurdo de las personas colectivas de que hablaba Scheler. Un grave error que pronto sirvió de pretexto pseudointelectual para el totalitarismo nazi de Hitler. Y sigue siéndolo para los macabros nacionalismos de vía estrecha que padecemos en España.

Hartmann recordó lo obvio. En cualquier tipo de sociedad, al final son siempre personas de carne y hueso las que toman las decisiones. En los estatutos de cualquier empresa o institución suele quedar bien determinado quién o quiénes son los responsables efectivos de las decisiones corporativas. La decisión de un colectivo no es más que la voluntad de los que tienen la sartén por el mango. El colectivo como tal no es responsable moral de nada. Los responsables morales son los que mandan en él.

Veamos la importancia de este detalle. Supongamos que una empresa causa un daño ecológico sancionado por la ley, y en consecuencia se le impone una multa. Es injusto que la pague la empresa. Muchos empleados de ella fueron sencillamente inocentes y sin embargo son castigados al menguar el patrimonio y el prestigio de su empresa. Los accionistas pueden encontrarse en la misma situación. El castigo debiera recaer exclusiva y totalmente sobre el patrimonio de quienes fueron realmente causantes del daño ecológico. Generalmente los componentes del Consejo de Administración.

Si es la empresa la que paga la multa, no habrá incentivo serio para la rectificación. Incluso el pago de la multa puede ser contabiizado como un rentable gasto publicitario. En cambio, si fuesen individuos de carne y hueso quienes pagasen de hecho la multa, detrayéndola de su patrimonio personal, el arrepentimiento y el propósito de enmienda serían mucho más probables. A veces así ocurre cuando el asunto acaba en vía penal. Pero ya de entrada debiera ser siempre así.

La reciente formalización de la lógica nos enseña que el primer operador lógico, el afirmador-negador, comprende ya dos aspectos inseparables: el conocimiento de la verdad-falsedad, y la libertad positiva de optar por el valor de la verdad o por el antivalor de la falsedad. La definición de persona es ahora bien clara. Persona es el ente que posee los operadores lógicos. Sólo ella posee el lenguaje y la responsabilidad moral. Sólo a ella se le imputan el bien y el mal. La responsabilidad moral y la imputación de la culpa recaen íntegramente sobre la persona. De ella y sólo de ella proviene la bondad o la maldad de las acciones humanas. En eso consiste ser libres en sentido positivo.

En cambio, una sociedad o colectivo humano no es libre en sentido positivo, no tiene la capacidad de hacer el bien o el mal. No posee el lenguaje.

Por tanto, responsabilidad moral es lo mismo que responsabilidad personal. Puede ocurrir que varios individuos sean coautores de un mismo crimen. Pero cada uno de ellos es tan responsable como si hubiera sido el único autor. Eso quiere decir la expresión in solidum, introducida por los juristas romanos.

Las corporaciones o las sociedades no poseen los operadores lógicos. Se les atribuye responsabilidad del bien y el mal sólo como una ficción del derecho, para salir del paso, como ya se dijo. La complejidad de la vida jurídica obliga a considerarlas en algunas situaciones como si fueran personas, el famoso als ob de Kant. Pero no son personas propiamente hablando, aunque a causa del escaso rigor lógico dominante en nuestro tiempo hayamos olvidado este elemental detalle.

Por supuesto, hay que simpatizar con los objetivos y propósitos que persiguen los autores de los diferentes artículos de este libro. Sobre todo cuando se trata de temas ecológicos, ahora más de moda en nuestro país tras el reciente Congreso de Madrid. Pero la terminología no es del todo rigurosa. Y es sólo esto lo que censuramos. Hablar de responsabilidad de un colectivo humano supone atribuir a la palabra responsabilidad un nuevo sentido, aunque no se caiga en la cuenta de este cambio de significación.

Esta alteración del sentido se relaciona con frecuencia con la imprecisión al definir la finalidad propia del colectivo en cuestión. Por ejemplo, la finalidad primera de una empresa industrial o mercantil es ganar dinero. Y si lo gana de modo sostenido, el empresario o empresarios que la gestionan hacen un beneficio objetivo a la sociedad. Ofrecen un bien o servicio que el público demanda y agradece. Pero son más bien las autoridades públicas, y no los empresarios, las que deben fijar límites y cautelas para el ejercicio de la industria o el comercio.

Por ejemplo, poner límite a las emisiones de CO 2 no puede ser la finalidad primera de un empresario. Eso es algo que le es dictado desde fuera. El buen empresario se adhiere a ello con gusto, y colabora convencido de que hace algo benéfico socialmente. Pero su tarea primaria y fundamental no es perder dinero, sino ganarlo. Y controlar las emisiones de CO 2 es en principio un gasto que reduce los beneficios de la empresa.

Tener en cuenta los dos sentidos de la palabra responsabilidad supone un agudo contraste entre lo que hemos llamado mentalidad personalista y mentalidad socializante. Pensemos, por ejemplo, en las fundaciones culturales o benéficas de las empresas. Casi todas las grandes empresas en España tienen su correspondiente fundación. Pero el mecenazgo, para ser moralmente meritorio, tendría que ser personal, proceder de la iniciativa de un empresario y no de una empresa.

Por ejemplo, la Fundación Amancio Ortega es personal. Está fuera de toda sospecha. Es preferible a las Fundaciones de Iberdrola, del BBVA, o parecidas. Estas últimas se proponen en realidad hacer publicidad, aunque disimulada con el prestigioso manto de la beneficencia o la promoción de la cultura. En cambio las fundaciones sustentadas con el patrimonio de personas físicas, de carne y hueso, no tienen esas segundas intenciones. Son altruismo genuino. Se trata de pura filantropía, dinero que un empresario con éxito se saca de su propio bolsillo. El mérito recae sobre la persona física constituida en mecenas. O eventualmente en sus herederos.

Por desgracia, la perversión de los sentimientos provocada por la pérdida generalizada de valores en nuestra sociedad actual explica que incluso haya gente a la que le moleste tan generosa y desinteresada filantropía. A los malos siempre les molesta que otros sean buenos. Es una manifestación del resentimiento, algo que Scheler supo describir bien.

Si el modelo MAT de Renta Básica fuese alguna vez una realidad, no habría pobres (Cfr. mis artículos en El Imparcial de 27/05/19, 10/07/19 y 08/11/19). En tal hipótesis no debiera haber lugar para la envidia resentida. El estado habría hecho todo lo que esperamos de él. Nadie carecería de lo imprescindible. El poder público habría cumplido su cometido social. Por tanto, toda la labor complementaria para lograr un mayor equilibrio y bienestar social habría que confiarlo al mecenazgo de los empresarios con éxito y las personas pudientes.

Insistamos. Stricto sensu, el bien y el mal no lo hacen las sociedades, sino las personas. Por eso dijo Hartmann que la persona es ein Schöpfer im kleinen, un creador en pequeño. En efecto, el bien y el mal proceden única y exclusivamente de la persona en el mismo sentido en que decimos que Dios creó el mundo de la nada. Algo que desde luego no puede afirmarse de ningún tipo de sociedad. Este es el sentido primario y fundamental de la palabra responsabilidad.

Lato sensu, otorgamos un segundo significado a la palabra responsabilidad mediante la artificiosa ficción del derecho. Pero sólo eso. Aunque la mentalidad socializante de en nuestros días olvide lo obvio. Ese olvido no implica que la diferencia entre ambas significaciones haya desaparecido. Tampoco la Tierra dejó de ser redonda cuando todos estaban convencidos de que era plana.

En resumen, salvo la anterior observación, que se limita a la terminología, o al rigor lógico en el uso del lenguaje, el contenido del libro merece el mayor aplauso por sus excelentes intenciones y atinadas observaciones sobre el momento actual de nuestra sociedad y sus problemas. Se recomienda su lectura.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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