www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Historia oral de Rafael Sánchez Ferlosio

viernes 20 de diciembre de 2019, 20:03h

La generosidad, el buen hacer, la paciencia de José Lázaro ha sido mayúscula en la compilación actual que ahora se presenta y quedará por mucho tiempo: Diálogos con Ferlosio (Triacastela Editorial). Lázaro, miembro de la tertulia ferlosiana del bar El Universo del barrio madrileño de la Prosperidad, amplio conocedor de la ferlosía –en el decir de Arcadi Espada- se propuso un proyecto gigante: una historia oral, por así decir, del homenajeado, donde se produce todo aquello de interés que le oyó explicar y, por el otro, el grueso de las entrevistas mejores desde el inicio de su carrera literaria (años 50). Lo aclaraba Ferlosio en 1957: “Yo para las entrevistas no sirvo. No puedo contestar rápido. Soy fundamentalmente enemigo de la espontaneidad”. El Ferlosio locuaz, explicativo, de tesis, arde en las presentes páginas junto a todas sus derivas, en edición barata de puro lujo, buen papel y mejor tino a la hora de ordenar el conjunto.

Todo Ferlosio vive aquí, murcielagón de sí mismo, huraño y misántropo hacia el desconocido, joyero de sus rarezas, orfebre de una prosa que cincelaba sin prisa para llegar a sus mejores resultados. Siempre hubo deriva en el pensador, vestido habitualmente como un mendigo (“Yo no me visto sino que me pongo ropa”), comedor de pizzas o galletas por la calle (“Tengo un paladar de esparto”), en zapatillas viejas y a cuadros largo tiempo en el Café Comercial por las tardes, a las seis o siete de la mañana con barba de pescadero, benjamín de champán, cinta de lomo y garrota fiel. Sostiene Miguel Ángel Aguilar que todos los ferlosios fueron especialistas en lo mismo, hacerse daño a sí mismos; sostenía Francisco Umbral que Ferlosio era el único pensador al que se le toleraba hoy pensar una cosa y mañana la contraria. La única realidad es que siempre despreció la burguesía, las formas, a los señoritos, y hay orgullo en sus andrajos, a pesar de ser confundido habitualmente con un mendigo en redacciones de periódico y bares. Fue un Nietzsche de sí mismo: ajeno a dogal, sin doblar la rodilla, en derrota pero jamás en doma, indiferente a la zanahoria habitual colgando del palo, sin hacer caso a prebendas, tajadas, trepar por la cucaña y tantos santos oficios literarios patrios con su cola de fieles.

Viene el Ferlosio que monta broncas a los camareros del Café Comercial y, a la hora del cierre, aparece en pijama con abrigo a pedir perdón. Viene el Ferlosio que se presenta en ABC, avisan en la redacción que hay un pobre en el vestíbulo y no se marcha hasta que se lea en su totalidad el artículo que trae a cuestas (generalmente, por Santiago Castelo o Alfonso Armada). No sale pero podría el Ferlosio que alguna vez le dijo a Miguel Ángel Aguilar, príncipe de los periodistas españoles, una frase que es toda una novela: “No tengo dinero para ir a pedirle dinero a Carmen Martín Gaite”. El Ferlosio de Coria, el viajante en tren con un carrito de la compra lleno de libros que compra ropa en los chinos, la pone hasta que no da más y la tira sin lavarla en pos de otra igual de nueva y mala. El libro no escatima los llamados disparates de Ferlosio, para Javier Pradera era un auténtico compilador de saberes inútiles, pero la mayor orla es su monacato, el sabio y trabajador incansable de la escritura, quien publicó apenas un séptimo de lo escrito, quien a base de dexidrina y soledad se propuso una alta gramática –en la ola de Karl Bühler- que jamás consiguió ver la luz en España. Miles y miles de folios convertidos en lo que más quiso, los llamados pecios: “pedazo o fragmento de la nave que ha naufragado”. Pura épica y mito colosal.

Era entrañable el Ferlosio de silla de tijera y termo mientras esperaba la entrada para los toros de Las Ventas. Es entrañable el estudioso de los animales, de las fábulas de Esopo a Collodi, de los tratados sobre la guerra (polemología) y, sobre todo, uno crucial, aquel que separa literatura y habla, literatura y conversación, siempre devoto de eso mismo, el habla, la distinción entre conversación y escritura, por un lado; quien distinguía siempre sobre el papel lo anímico de lo mental y lingüístico: “Que un autor quiera penetrar con su palabra en lo que es esencialmente confuso e inefable como son los sentimientos, eso me pone muy nervioso y acabo cerrando el libro”, por el otro. Las virtudes objetivas no debían substituirse por elementos psicológicos e individuales con el pretexto de explicar la acción. Rechazaba Ferlosio los abusos de la psicología, el corpus de casi todas las novelas actuales, no creía en tales inventos arbitrarios y, en último término, entendía cómo nadie podría precisar con precisión o definir lingüísticamente un sentimiento, campo por completo confuso, por lo que el novelista honrado debería limitarse a constatar lo que hacen y dicen sus personajes pero nunca inventar lo que ocurre en abismos insondables del alma que, en el fondo, les lleva a decir lo que dicen. La poética sería un viejo refrán sefardí: “Con dizir flama non se quema la boca”.

Le propusieron la Real Academia y la rechazó, le propusieron que institutos de enseñanza media llevasen su nombre y amenazó con denuncias, dejó la ficción tras un almuerzo de pompa y boato donde confirmó el grotesco papelón del literato, a nivel social, en España. Dejó de acudir a las grandes reuniones de El País en José Luis (“En esa tertulia se habla de personas y no de asuntos y a mí lo que me interesa son los asuntos”) y poco se fijó en grandezas o competiciones estériles (“Lo propio del hombre no es medirse con otros hombres sino ocuparse de los asuntos”). Grande Rafael Sánchez Ferlosio, muy grande, más cerca todavía gracias al libro insustituible de José Lázaro, lupa en el camino, donde la verdad del literato y pensador titila como estrella en la mejor noche del alma, crónica y velocidad de un tipo justo, ajeno a lucro y enriquecimiento, obrero de las letras y siempre paciente trabajador a quien apetitos comunes y rentas disfrazadas nada decían. Casi por un milagro, Premio Cervantes, puesto en limpio y para siempre, merecidísimo y sin las últimas estafas –políticas, por supuesto- del galardón. Gracias, José Lázaro, por esta aventura peligrosa con hechuras de rotundo prodigio.

A título de coda o despedida pediría al lector entusiasta e inteligente que fijase su atención en los lugares. Es otra novela desde donde Ferlosio habla y lo que dice. Su ciudad es espléndida y Ferlosio la describe en pleno y convulso amor: “No siento en Madrid agresividad alguna ni he hecho nunca fines de semana, porque no he trabajado nunca. Me voy a mi pueblo dos o tres veces al año porque me gusta y estoy allí uno o dos meses, pero no huyendo de nada”. La gran fortaleza del escritor –me atrevería a considerar- es su naturaleza. Una vocación, el esfuerzo dentro de la misma y esa condición de “escritor profesional”, por la que se define al poco de recibir el Premio Nadal y de la que no se movería el resto de años posteriores sin pedir peras al olmo, consciente de las migajas de la misma, ajeno a embelecos o promesas de riqueza en los ciegos habituales, obrero y trabajador sin ganas o gula por nombradía y humo. Un escritor, nada más, lo más serio y honrado posible.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.