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ORIENT EXPRESS

Hablemos del #Spexit

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 22 de diciembre de 2019, 20:00h

La sentencia dictada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea en respuesta a las cuestiones prejudiciales elevadas por el Tribunal Supremo español y examinadas conjuntamente relativas a la inmunidad parlamentaria de Oriol Junqueras -uno de los políticos separatistas catalanes presos por delitos gravísimos como la sedición -ha desatado una oleada de indignación en nuestro país. Se ha visto como una afrenta a la soberanía nacional, como una desautorización del Alto Tribunal y, en definitiva, como una victoria propagandística de los enemigos de España.

Esta decisión se ha sumado a otras del pasado -piénsese, por ejemplo, en las negativas a acordar la extradición de Carles Puigdemont, el líder de los golpistas, o de Clara Ponsatí, fugada a Escocia- y ha levantado un clamor contra la Unión Europea y la efectividad de algunos de sus instrumentos legales como la euroorden, que no ha servido para impedir la huida y permanencia en países de la Unión de algunos de los líderes golpistas.

No es la primera vez, pues, que el euroescepticismo irrumpe en la vida política y el discurso público en España, pero el Brexit le ha dado un nuevo impulso. Al igual que está sucediendo en el resto de la Unión desde Alemania y los Países Bajos hasta Hungría, la crítica a “Bruselas” -la metáfora de las políticas de la Unión- se extiende por todo el continente.

Ahora, el euroescepticismo está arraigando en España.

Por supuesto, ha habido voces que se han apresurado a denunciar el paletismo, la ignorancia o la desinformación de aquellos que se sienten cada vez menos cómodos en la Unión. No han faltado quienes los han equiparado a los separatistas catalanes a quienes esta resolución, entre otras cosas, ha dado grandes bazas para la propaganda interior y exterior. Por fin, ha habido quienes han equiparado euroescepticismo a populismo y, desde aquí, han desencadenado el torrente de acusaciones de racismo, xenofobia, radicalismo, hasta el consabido fascismo que, en España, de un tiempo a esta parte parece servir para todo.

Esta es exactamente la forma equivocada de tratar al euroescepticismo español. Se empieza con burlas y desprecio por los euroescépticos y se termina desayunando no uno, sino dos resultados electorales favorables al Brexit. Los defensores de la Unión -o al menos del proyecto europeísta, aunque no necesariamente de las políticas socialdemócratas que ahora se aplican- deberían aprender de los errores que se cometieron en el Reino Unido.

En primer lugar, hay que dejar de suponer que todo el mundo es partidario de la UE y, por lo tanto, que uno está liberado de la necesidad de argumentar y razonar por qué España debería seguir en la Unión. El frenesí europeísta de principios de los 90 con el Tratado de Maastricht ha ido cediendo ante el cansancio, la frustración y el empeño de imponer políticas que desprecian el interés de los Estados nacionales.

Sin duda, ha habido muchas cosas -muchísimas- que los sucesivos gobiernos de España han hecho mal a la hora de acometer el desafío nacionalista. Desde la cesión de la competencia en Educación a las comunidades autónomas hasta la tolerancia con las oficinas de representación exterior al servicio de los separatistas, la primera crítica debe ir dirigida, sin duda, a los distintos partidos políticos que han preferido apaciguar a los separatistas en lugar de hacerles frente.

Sin embargo, el Parlamento Europeo se ha convertido en una tribuna para los separatistas catalanes a través de sus aliados irlandeses del Sinn Fein, flamencos de la Nueva Alianza Flamenca y otros. El Tribunal de la Unión Europea parece haber arrebatado al Tribunal Supremo su carácter de última instancia judicial y, de este modo, le ha quitado la autoridad que en España se le sigue reconociendo. Mientras las instituciones de la Unión sirvan para debilitar los Estados nacionales y para socavar la autoridad de sus instituciones, quienes desean conservar aquéllos y éstas verán a Bruselas como un peligro para las respectivas soberanías nacionales. Las exigencias de sucesivas cesiones de soberanía irán generando cada vez mayor rechazo. El Spexit será una de sus manifestaciones.

Por fin, habría que abandonar esa pretendida superioridad que se atribuye a todo lo “europeo” por el solo hecho de serlo. Los defensores de la soberanía y los Estados nacionales no son “antieuropeos”. La Federación de Rusia, la República Helvética y, pronto, el Reino Unido no forman parte de la Unión Europea, y nadie discutiría la europeidad de ninguno de los tres (incluso con los matices que se quiera en el caso de Rusia). Quiérase o no, el debate sobre la Unión es parte de la guerra cultural que se está librando en Occidente en torno a identidades y valores. El “europeísmo” ha sido durante mucho tiempo el mazo para aplastar las identidades nacionales -horarios, alimentos, formas de ocio, etc.- y ahora hay una reacción de defensa de esas identidades amenazadas.

Así, la mejor forma de lidiar este toro del Spexit es ir de frente y por derecho, respetar a quienes son críticos y tratar de convencer con argumentos en lugar de estigmatizarlos y ridiculizarlos. La mejor forma de garantizar el futuro de nuestro país en la Unión es afirmar en ella el interés nacional de España, emplear todos los recursos a nuestro alcance para defender su unidad frente a los separatistas en todas las instituciones de la Unión y dejar de asumir que los demás países respetarán a quien no se respeta a sí mismo.

Dejar de negociar con los separatistas y sus amigos sería un buen comienzo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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