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TRIBUNA

Modern Christmas

jueves 26 de diciembre de 2019, 19:30h

En esta semana de Navidad eclosionan como una legión de insectos las contradicciones que habitan en nuestro corazón todos los días del año. Crece un hervidero de gusanos sobre la llaga de la más elemental contradicción. Se puebla de imágenes sagradas nuestro horizonte laico. Desnaturalizados, sin duda, convertidos en arte abstracto o escarnecidos, estos vagos símbolos sagrados no dejan de evocar una presencia que rechazamos. Hace tiempo que descubrimos que Dios es un producto humano y ensayamos nuestra apoteosis, una deificatio que desmiente el espejo cada mañana. Desvinculados del absoluto, navegamos hace tiempo a la deriva, ensalzando la ausencia de rumbo como libertad entre vida nocturna y centro comercial.

El mismo nombre – que desearíamos erradicar – anuncia una natividad, un nacimiento, en medio del desierto demográfico. Con un crecimiento vegetativo negativo, propio de estados de guerra, se nos viene encima la figura de un recién nacido que quiere renovar todas las cosas. Hace tiempo que nuestro afán es demoler las últimas ruinas, negar la agónica prolongación del viejo orden que de ningún modo quisiéramos restaurar. Abolir es el designio: revocar, derogar, extinguir. Vivir a la deriva de un deseo que no se constituye: potentia gaudendi, (“fuerza orgásmica” o potencia de goce) es la críptica alusión del presunto desvelador de la heterosexualidad como principio del mal. Pero en la práctica, ir detrás del placer es meramente ir detrás de la moda. “E ir detrás de la moda es meramente ir detrás de la convención, sólo que se trata de una convención nueva” (Chesterton). En suma, se pretende que no somos nada y nada hemos de ser, carentes de substancia, condición o naturaleza, nuestro signo es la fluctuación, la disolución: el gas. En nuestra huida queremos sustituir la Navidad por el solsticio, el acontecimiento más personal por el impersonal ritmo astronómico.

En mitad de esa noche irrumpe, incluso para las más modernas conciencias desarraigadas, la imagen del hogar: humilde y marginal pero capaz de sobrepujar la hojarasca atroz del nihilismo. Se nos viene encima en áreas comerciales, oscuramente distorsionada se deja ver a través del nido de serpientes de la televisión o en las redes sociales. Todo el que conserva un mínimo aliento real en su pecho puede ver el signo tras las torcidas formas que hoy tratan de enterrarlo para siempre. En última instancia impotentes, no logran evitar su irrupción inesperada, su indeseable aprehensión por todos los que albergan el último eco de un hogar que ha dejado de ser paradójico –más grande por dentro que por fuera, decía Chesterton– porque ha quedado reducido al radio estrecho de nuestra propia piel. Allí en el silencioso reino de nuestro pecho la contradicción produce su dolorosa fermentación y se liberan a tiempo miles de larvas con un hedor que exige muerte o resurrección.

El combate, atenuado en el ir y venir de una vida desquiciada, se despierta en el mínimo espacio de unas horas que, si no alcanzan, evocan al menos la quietud, el ambiente seguro y estable que define la casa. La contradicción se hace entonces insondable y dolorosa. De esto nada saben quiénes borraron el cordón umbilical que les ligara a una tradición verdaderamente arcaica, ancestral, originaria. No una tradición histórica o cultural, sino fundacional y primaria. No conozco palabras que señalen con más exacta belleza ese campo de batalla, en esta noche terrible, que las escritas por Jünger como conclusión de sus páginas sobre el nihilismo.

“Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esto es, como antiguamente en la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y las ruinas. Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios. Aquí está cada uno, da igual de qué clase y rango, en lucha inmediata y soberana, y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces, retrocederá en sí la Nada. Dejará en la orilla de la playa los tesoros que estaban sumergidos. Ellos compensarán los sacrificios”.

Naturalmente es posible sucumbir y caer en la lucha. Los señores del mundo ignoran esa batalla porque ya fueron vencidos y no escuchan el fragor del combate, ni los ecos de una promesa que sólo llega a nosotros distorsionada. Es una noche terrible y sagrada, capaz de una conmoción que no acabará mientras subsista en nosotros el aliento que allí se declara. Permítanme que les desee una feliz y santa Navidad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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