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TRIBUNA

A la busca de un modelo equitativo

viernes 27 de diciembre de 2019, 19:18h

La historia de la Argentina no es ciertamente una historia de masas como prefieren los sociólogos, la izquierda o algunos frívolos políticos y periodistas, sino la de unas pocas figuras emblemáticas casi siempre entremezcladas con personajes temerarios que las mayorías aceptan y ubican en la categoría de héroes. En este sentido la historia oficial y el revisionismo se confrontan en el imaginario colectivo abriendo un abismo elemental. Agreguemos que el culto hacia estos mayores se justifica en aquel concepto de Thomas Carlyle: “la historia universal es la biografía de sus héroes”. Por otro lado, las masas populares suelen ser manipuladas y no hacen otra cosa que obedecer, para el bien o el mal, a la imposición de unos pocos. No creo que los revolucionarios franceses o el ejército de Napoleón fueran muy distintos a los que anarquizaron nuestra América bajo el mando de sus caudillos, haciendo que los protagonistas ofrendaran sus vidas por causas que no comprendían, aunque esto no define un perfil histórico.

A pesar de esta conjetura, el culto de los héroes no deja de encerrar un peligro. La vieja lucha por la independencia, y luego entre unitarios y federales, proyectada en el tiempo, sigue siendo una confrontación que ahora en la Argentina se le llama “grieta” y enfrenta a kirchneristas y antikirchneristas (o peronistas y antiperonistas), casi con idéntica saña que la vivida en los viejos tiempos. Este polémico panorama se da ahora dentro de un sensato marco democrático, que hace posible una convivencia pacífica, felizmente exenta de la violencia de otros países del continente.

De esta manera el presidente Alberto Fernández aspira a la difícil unidad nacional; sin embargo, las condiciones en las que ha llegado al poder distan, sobre todo en lo económico, de las que encontraron otros gobiernos de signo peronista, y es esta una cerradura difícil de destrabar. Si nos remontamos a 1946, vemos que el propio Juan Domingo Perón asumió la presidencia de la Nación con un extraordinario nivel de reservas en oro que acumulaba el país, beneficiado por las exportaciones agrícolas después de la Segunda Guerra Mundial; luego, en 1973, cuando retornó al gobierno, para ocupar su tercera presidencia, se encontró con precios internacionales convenientemente elevados para el sector del campo, pero también con una violencia inusitada. En 2003 fue mejor aún para Néstor Kirchner que arribó a la presidencia con el beneficio, casi increíble, del altísimo precio para la soja, que superaba todo lo imaginado. Nada de esto encuentra hoy el presidente Fernández, sino deudas por todas partes y reclamos inmediatos de casi todos los sectores.

Una constante en el discurso de campaña del actual gobierno fue debatir cómo hacer para que la economía crezca. Áspera y polémica situación con un riesgo creciente que se convierte en una suerte de pensamiento mágico. En otras oportunidades este dogma terminó por favorecer la manía de una revisión del dispendio público, casi imposible de modificar debido a un Estado sobredimensionado que retrasa todo (ya hemos señalado en esta columna que la única revolución posible en la Argentina es “la reforma del Estado”); un por demás enojoso asunto que confronta con una realidad que da por tierra con cualquier intento de mejoras. Cuando el Primer Ministro de Francia Georges Clemenceau visitó la Argentina en 1910, en ocasión de los festejos del Centenario, comentó: “No he conocido ningún país en donde tanta gente se considere con derecho a vivir del Estado”. Por supuesto que no se refería a los piqueteros ni a los pensionados -que en esa época no existían-, sino que apuntaba a la aristocracia rural, beneficiaria de millonarios subsidios estatales.

Sin embargo, se sigue discutiendo el alto costo del empleo público, de la política y de la justicia, junto a la repetida y misteriosa incursión de los llamados “ñoquis” en las principales dependencias de ministerios que pueden ser, precisamente, un ejemplo del dispendio estatal que se resiste al cambio y sigue dejando pasar los viejos privilegios de sectores que cobra sueldos fabulosos, y en el caso de la justicia hasta se benefician con el no pago de impuestos a las ganancias.

El panorama se presenta así con frentes de tormenta que amenazan desde todos los costados. Sin financiamiento internacional, descartado por el flamante Presidente, queda la alternativa de una fiesta de emisión monetaria, un círculo vicioso sin mayores posibilidades, descartado con sensatez, que llevaría a una presión impositiva mucho más fuerte que la actual. Lo cual hace que el plan económico aún esté supeditado a una rápida renegociación de la deuda externa que contemple no pagarla por el mayor tiempo posible hasta que las cuentas se equilibren. Pero el presente se ve aún sombrío, pues el fantasma de la alta desocupación y la caída del consumo interno, unido a la inconcebible falta de comida para los sectores más pobres, presiona con desesperación. La “emergencia alimentaria” aprobada por el Congreso es la principal y más urgente medida que se debió tomar.

Las primeras declaraciones del Ministro de Economía ofrecieron algunas señales de tranquilidad, quizá menos a operadores económicos que a consumidores corrientes. La garantía es que, como señalamos, “no se emitirá moneda en forma descontrolada”, ya que un intento de financiar la reactivación con este procedimiento desestabilizaría más los índices económicos, impulsando una mayor inflación. La segunda es que se apuntará a tener superávit fiscal. Se trataría, por consiguiente, de que la renegociación de dicha deuda no exija, desde el punto de vista de los acreedores, un sendero fiscal creíble para garantizar la sustentabilidad del programa de pagos que se acuerde.

Algo saludable es la coincidencia entre un vasto segmento de economistas de que los principios generales anunciados por el gobierno de Fernández son compartibles. No obstante, también sobrevuelan no pocas dudas. Quizá la principal sea que en 2020 no habrá ninguna posibilidad de recurrir a un ajuste que pueda alterar la economía de la gente, aunque la oposición afirma que el paquete de medidas es lisa y llanamente un ajuste.

Ahora bien, aunque de manera polémica, el Congreso a acompañado votando las nuevas leyes de emergencia económica, pero si el desproporcionado sector público no se ajusta, solo cabe esperar más impuestos para continuar financiándolo, principalmente por la vía de mayor retención a las exportaciones, aunque también se ha mencionado la posibilidad de un mayor tributo sobre los bienes personales y de un impuesto al turismo internacional, que ya se ha implementado.

Qué duda cabe, se vienen tiempos difíciles para la Argentina; acaso más difíciles de los que se viven. Ojalá la lógica y la razón sean el blanco de soluciones. A la ciudadanía le toca aportar paciencia y -si es posible- de modo constructivo, poniendo de manifiesto un esperanzado apoyo. Para tomar un poco de conciencia, tal vez nos ayude leer estos versos aleccionadores de Pablo Neruda:

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

El modelo anterior fracasó con alarmantes consecuencias. Cansados de ciertos abusos del kirchnerismo, los argentinos votaron por un cambio que no sólo no se dio, sino que mostró una insensibilidad social abrumante. Sus protagonistas solo se preocuparon de la rentabilidad de las grandes multinacionales de servicios, donde en demasiados casos estaban ligados a sus intereses. La cantidad de empresas y comercios que se destruyeron, sumados a la enorme deuda que se contrajo y la pobreza que se incrementó, superior al 40 por ciento, no los faculta para erigirse en paradigmas de moral o virtudes; y es más, en democracia tampoco nada les impediría negar las culpas que arrastran. Pero la condena es absoluta en cualquiera de sus versiones.

Mauricio Macri forma parte de un ayer irrecuperable para el destino de la política argentina; Alberto Fernández tiene posturas de madurez mezcladas con algunos restos de la provocación que llevó al fracaso a la doctora Kirchner. Lo concreto es que la Argentina se encuentra atrapada en medio de recientes fracasos, y sin un sendero aún que permita entrever una esperanza para superar la decadencia. De lo que se trata ahora es de asomar la cabeza y acaso esto pueda justificar algunos errores.

La situación del país debe ser compartida y hasta el momento la coincidencia no se ve; en lo único que coincidimos es en la ausencia de grandeza para el logro de “la unidad nacional”. Con justa razón, la sociedad tiene miedo y la política, en cualquiera de sus versiones, no ha sabido ofrecer una alternativa de armonioso ajuste; sobre todo hacia ella misma. El año que empieza puede ser el espacio de paz y esperanza, dones que tampoco se le supo extraer a una convivencia que siguen alarmando. Esto es volver a transitar la lógica naturalidad de los logros en un país que lo tiene todo; es decir todo, menos una dirigencia eficaz que los haga posibles y equitativos. Por suerte, parecen haberse terminado los caudillismos. La política necesita un ajuste que le devuelva credibilidad a través de un proyecto colectivo que sume y no que reste. Y ahí creemos que para bien las masas acompañarán. El derecho a la esperanza deberá ser un horizonte de bien común para todos los argentinos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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