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TRIBUNA

Año Nuevo

miércoles 01 de enero de 2020, 19:59h

Si con la ingesta de doce uvas uno ha de pasar por el ojo de una aguja para sentirse nuevo, renovado o mejor persona, me rio y me parto. En cierta ocasión un monje tibetano me dijo que lo más esencial en el ser humano no estaba en el cambio de calendario, sino en la reencarnación. Un servidor, que piensa más que habla, le respondió que eso estaba bien siempre que el resurgimiento no lo fuera en forma de centollo de las Rías Baixas porque acabas siendo engullido por Navidad y luego si te he visto no me acuerdo. Otros lo hicieron en forma de ñu negro, ya saben, esos mamíferos africanos tan socorridos como un sándwich mixto y que sirven de menú para cualquier hora del día. Si hay leones, se almuerzan con ñu. Si hay cocodrilos, ñu para la merienda. Si el comensal es un leopardo, ñu para la cena; de manera que a uno se le quitan las ganas de jugar a la ruleta de la fortuna para las segundas oportunidades de la reencarnación. Por eso, entre otras cuestiones, lo de cambiar de año es cosa del gremio de las artes gráficas. Miren si no las ansias por conseguir que el nuevo calendario cada vez lo sea de mayor tamaño, con los números grandes y con amplio espacio para apuntar las citas médicas. Qué lástima.

Y luego viene el tema de los deseos. Primero con lo de salir y entrar: “Feliz salida y mejor entrada” Me suena como a puertas giratorias o algo parecido. Lo entendería, por decir algo, con ese medio quiebro al entrar o salir del vagón del metro; pero llevarlo al punto de hacerlo con quien te cruzas en plena vía pública, en el ascensor de casa, en el supermercado, en la consulta del dentista o estando en el WC con laberinto intestinal de por medio y que te llamen al móvil para soltarte el deseo: “Feliz salida y entrada”, a mí se me antoja algo raro, como fuera de lugar.

La verdad es que se comienza con mucho ímpetu con lo de: “Feliz Año Nuevo” y a medida del transcurrir de los días la cosa va perdiendo sonoridad. Creo que debería estar regulado por ley la vigencia de este soniquete, porque hay quienes a mediados de febrero, incluso por marzo, te da un calendario de bolsillo y además te felicitan el año en curso. Insólito porque en febrero busca la sombra el perro, a finales que no a primeros; y en marzo quien no haya podado se ha quedado atrasado. Ya me dirán ustedes que pinta lo del nuevo año.

Como todo en esta vida se reencarna, al decir del monje y aquí si le doy la razón, la tarjeta de crédito lo hace en forma de hija de Satanás. Tres meses después de haberte comido aquél txangurro a la donostiarra y demás efectos especiales navideños, compruebas como comienza la disfunción eréctil de la cuenta bancaria, y lo peor no es eso, es que no consigues recordar a qué obedece tanto vaivén. Sin embargo no todo es tan malo si has sido previsor; es decir, tres meses antes de los fastos consumistas puedes comprar de todo, incluidos los regalos de Navidad y Reyes con un sustancial ahorro, eso sí, hay que congelarlo todo, da igual que sea un rodaballo como si se trata de los juguetes de los niños o los calcetines para el abuelo o la chaqueta de perlé para la abuela.

Cada vez se anticipa todo de tal manera que en septiembre te comes el turrón de diciembre; en octubre el roscón de enero; en noviembre las torrijas de semana santa y en diciembre algunas agencias de viajes te invitan a reservar tus vacaciones del próximo verano 2020 con el atractivo regalo de un descuento del 10 por ciento; es decir, en cuestión de cuatro meses ya lo tienes casi todo resuelto. El resto del año, o sea, ocho meses, los tienes para asuntos propios.

Aún quedan los flecos, ya saben, las rebajas de enero que a modo de festival de la trapería dilata la pupila para ver el fondo de ojo de los maltrechos bolsillos del consumidor, pero el español no guarda ningún rencor a los bancos, nada de eso, podemos ser orgullosos cuando otros han encontrado la ganga antes que tú, pero enemistarnos con la cuenta corriente por estar todavía pagando los plazos de aquél crucero en familia de 7 días por el Mediterráneo, o los langostinos tigre de Costa de Marfil, nada de nada, “que nos quiten lo bailao”

Y metidos en zona de entretiempo siempre queda la cosa de ir a New York a comprar unos pantalones vaqueros Calvin Klein o Armani, tirados de precio. En fin, es lo que tiene el Año Nuevo o la vida nueva, según convenga. Lo cierto es que ayer, a decir del gremio de las artes gráficas era 2019 y hoy, por idénticas imprentas, estamos en 2020. Menos mal que siempre nos quedarán el clásico concierto desde Viena y los saltos de esquí del no menos tradicional Torneo Cuatro Trampolines. Algo es algo.

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