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TRIBUNA

Gulliver en Laputa

Juan Carlos Barros
martes 07 de enero de 2020, 20:23h

La gente del mar es propensa a exagerar y a inventar historias fantásticas porque eso es algo que lo da la lejanía de la mar. En uno de sus famosos viajes, Gulliver (gullible o crédulo) llegó a Laputa, un país muy lejano, por supuesto, que estaba entre Sumatra y Calcuta; tan lejos estaba que ni figuraba en el mapa, para llegar al cual había que perderse durante un temporal en el mar y cuyo atractivo principal consistía en el carácter ejemplar de su forma distante de gobernar.

Gulliver no sabía el nombre de Laputa de dónde venía, aunque él sugería que estaba compuesto de lap y outed: lap era “el baile de los rayos del sol sobre el mar” y outed, un “ala”, lo cual aún siendo poético hasta a él mismo le resultaba difícil de aceptar. En el lenguaje local Laputa, como Gulliver mas tarde descubrió y se inclinó a convalidar, estaba formado por lap, que quiere decir “alto” y untuh, que significa “gobernador”; o sea que era equivalente a gobierno desde lo alto.

Esa lejanía para gobernar suele pasar, sobre todo, cuanto más lejos de la vida real de un país se pone la capital y en este caso la capital flotaba sobre las olas por encima del mar, pues Laputa era una isla volante, como si dijéramos el barrio europeo en Bruselas que está en un alto y que no tiene relación con la ciudad. Como se suele decir en el mundo de la Pesca: Bruselas está muy lejos del mar.

La isla volante de Laputa tenía cuatro kilómetros cuadrados de grande y se movía por el cielo de forma constante pero sin salir de sus limites fronterizos, los cuales alcanzaban hasta donde llegaba su magnetismo; es decir el poder de un gran imán que llevaba en su interior, gracias al cual se podía desplazar. De esa manera, su ámbito se extendía solo a las aguas de soberanía, del resto del mar no tenía nada que hablar, pero al parecer para ellos eso no era un inconveniente ni en sus objetivos ni en su forma de actuar.

En aquella isla flotante habitaba, pues, la clase dirigente, quienes sostenían que tenían el privilegio de tener los oídos adaptados para poder escuchar “la música celestial”, algo que ningún otro mortal podía lograr, la cual de vez en cuando ellos se ponían a tocar, pues eran expertos en diversos raros instrumentos, lo mismo que en Bruselas lo son en palabrería técnica entre ellos tan habitual.

Los dirigentes de Laputa, o sea los laputienses, estaban ocupados siempre con preocupaciones de grandes dimensiones y hacían fenomenales especulaciones sobre cuestiones astrales, pues les preocupaba exclusivamente lo que pasaba en las esferas celestiales, o sea de la atmósfera para arriba, nada más. Y si no fuera por el flapper (allí llamado climenole y que hoy sería un laptop o un teléfono móvil) que llevaban siempre al lado para hacerlos espabilar pues sin ello no sabían funcionar, estaban en peligro constante de darse contra un poste o meterse sin remedio en todos los charcos que había por el lugar.

Los súbditos, por su parte, estaban debajo en tierra firme mientras Laputa iba flotando y apenas a la cual podían mirar, pues el fondo de la isla era tan brillante que les cegaba y no les deja ni pensar. De aquellas alturas, no obstante, de vez en cuando les bajaban una cesta para que metieran sus propuestas que luego subían de forma que parecía el vuelo de una cometa a merced de dónde el viento quisiera soplar.

Así las cosas, una vez un grupo de súbditos, a quienes habían dado una beca para estudiar, subieron a aprender el arte de gobernar y volvieron después a la tierra llenos de espíritus volatiles que adquirieron en aquella tan ventilada región. Tanto aire les dio que empezaron a estar disgustados con la gestión habitual de los asuntos terrenales tradicionales y empezaron a diseñar planes quinquenales para ponerlo todo boca abajo, como el que da vuelta un cuadro, a base de proyectos subvencionados en Lagado, que era su segunda capital.

Con tales innovaciones pretendían lograr el bien de la humanidad, la paz y el bienestar popular así como fomentar los valores humanos de carácter universal y ello pese a las citadas limitaciones de movimiento (o competencias que diríamos en Europa hoy) que en la isla magnética tenían cada día, pues no se podía extender más allá a riesgo de perecer donde se acababa su poder y tampoco se podía acercar al suelo ya que entonces el imán no soportaría el peso de la isla, la cual se aproximaría tanto que luego no se podría despegar por la propia ley de la atracción contraria del imán.

Ninguno de los proyectos que iniciaron se sabe si culminó, pues sobre ellos no había ningún control, solo se trataba de gastar y gastar. El caso es que el campo se quedó vacío, los aeropuertos sin aviones, las estaciones sin trenes ni vagones, las carreteras nadie las quería pagar, la gente compraba lo que el mercado les quería vender mientras allí mismo al lado la fruta en los arboles se echaba a perder, el agua de los ríos no se aprovechaba e iba directamente al mar donde se evaporaba, con lo cual volvía todo otra vez de nuevo a empezar.

Y colorín, colorado aquí se ha acabado este cuento intemporal, tan exagerado porque también se ha formulado a la orilla del mar.

Juan Carlos Barros

Abogado, consultor europeo y periodista

JUAN CARLOS BARROS es abogado, consultor europeo y periodista

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