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FRACASA MEJOR

Miguel Catalán. Suma y sigue

lunes 13 de enero de 2020, 20:30h

Estoy durmiendo y caigo en las garras de un caos fecundo y una vez en sueños vuelvo a verme charlando con Miguel Catalán. El aforismo atrae al aforismo sin tejidos de negro nocturno. En la pared, sujetos con chinchetas, recortes de prensa y listas de libros que hay que conseguir. Miguel Catalán me dice cuando estoy dormido que no he de desear que mi obra entre sólo en la suavidad y en la ternura. Mi amigo en este sueño idílico tiene un sentimiento de alegría al percatarse de que continúa su lucha con todas las fuerzas mágicas del aforista inolvidable.

José Luis Trullo siempre hace preparativos e investigaciones y trae la auténtica literatura, la feroz curiosidad del lector. Su Apeadero de Aforistas recibe el calor que confiere nuestra existencia, ser imaginados, conocidos, identificados. Le oigo decir a mi generoso amigo Miguel Catalán, mientras sueño en el piso de Santander: “El amor está por encima de la verdad”. El amor vence paredes de casi un metro de espesor, grandes jardines, enormes portones para los coches y puertas para las personas.

Una tarde de septiembre Miguel Catalán me escribió con motivo de la publicación de Suma y sigue (Libros al Albur), y me manifestaba su deseo de hacérmelo llegar. “Creo que como aforista te interesará”. Que me llamara aforista Miguel Catalán era como buscar lo maravilloso y encontrarlo. Pensar ahora en los aforismos de Miguel, en cómo era como escritor, me recuerda a una cita de Anaïs Nin: “Vamos ahora a la Luna. En realidad, no está tan lejos. El hombre puede ir muchísimo más lejos sin salir de sí mismo”. Miguel Catalán nunca salió de sí mismo convirtiéndose en un aforista único que se alejaba de lo rutinario. Su Diccionario lacónico abarcaba treinta años de trabajo como nos dice Carmen Canet en el prólogo. También añade: “Era un libro de amistad, de ingenio rápido, de humor y amor a la palabra donde nos ha reunido a tantos (…) Esperaba sus mensajes como lo hacía el viejito del relato de Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, que cuenta la historia de ese anciano que esperaba cartas, y que cuando las recibía se escuchaban los latidos de ese corazón loco de alegría”.

Genio literario de primer orden. Hará unos meses que nos ha dejado, pero no nos ha abandonado. Su libro póstumo, Suma y sigue, es un libro importante que tiene una forma peculiar de lograr el acercamiento, donde se entremezclan paradojas como habitaciones para cada estado de ánimo, una gran capacidad intelectual que acierta siempre en la hora oportuna, un hondo humor que le falta a este país sin humor, que a veces no toma nota de los detalles. Miguel Catalán fue un cultivador de aforismos. Como los verdaderos escritores, nunca dejó de escribir sin dudar de sí mismo. Doctor en Filosofía, profesor universitario y ensayista –admirador por cierto de Oscar Wilde- avanzaba en su obra elegante hacia las falsas apariencias que parecen intercomunicarse mediante un sistema de frágiles cubos de cristal.

Comienza Suma y sigue con la eficacia de una cita de Diderot: “Una paradoja no es en absoluto una opinión contraria a una verdad de la experiencia, puesto que la paradoja sería siempre falsa. La paradoja es una proposición contraria a la opinión común; y dado que la opinión común podría ser falsa, la paradoja podría ser cierta”. Nos habla de la traición (“En la traición, el amor del más fuerte termina convirtiéndose en la fuerza del más débil”) y consigue mantener hasta el final nuestro interés. Sospecho, al leerlo, que el humor negro te deja completamente seco en la vejez (“Conforme nos acercamos a la vejez le vamos encontrando menos gracia al humor negro”); que las modas sólo se proponen repetir el experimento para ver si da fruto (“Se va a la moda para destacar sin destacar”); que la emigración es no sentirse integrado (“La emigración, ese viaje de esperanza”). Catalán siempre ha sido la puerta que da a un camarote valioso. Véase otro ejemplo elegido al azar: “No se dará cuenta de que imita a Kafka hasta que lea a otro imitador de Kafka”. Recuerdo haber crecido con sus frases, era un intelectual sensible, un universo propio hecho de profundidad, una serie de virtudes lo suficientemente prolongadas como para poder conservarlas.

¿Qué diría Miguel Catalán si leyera esto? Hace un par de horas cogí Suma y sigue. Mientras lo leía, se me ocurría que debía ir en busca de mi sueño y apareció Miguel y las sensaciones llenas de significado andaban sueltas. José Luis Trullo, editor y aforista amigo, lo dijo en su epílogo: “No, Miguel no se ha ido, continúa con nosotros. Su despedida es sólo material: él continúa plenamente vivo, tanto en nuestros espíritus como en nuestros corazones”. Dejemos que Miguel Catalán, que no nos dice adiós con la mano a los que estamos en la playa del aforismo y del cariño pulcro, cierre con sus propias palabras este artículo emocionado:

“He soñado que era un jinete que formaba

con la punta de mi lanza las figuras del

relato. Un rey montado a caballo, un molino

de agua, una doncella a punto de cruzar el

puente… También inscribía a punta de lanza

los números de página allá en lo alto, bien

centrados. No tenía idea de lo que sucedía de

la página 1 a la 49, en la cual yo aparecía por

primera vez. Ignoraba asimismo por qué

motivo entraba tan tarde, y cuál sería mi

destino. Pero ni siquiera tenía tiempo de

pensar en mi futuro, ocupado como estaba

en dibujar las planas sucesivas que alguien

me encomendó”.

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