En el mayor modulador de la conciencia nacional durante los últimos 150 años la simpatía profunda y permanente por Cataluña se encontraba anidada en las capas más hondas de su espíritu y talante. La región más adelantada en todos los planos económicos y sociales del país no podía por menos de suscitar una afección espontánea en un escritor para el que la causa del progreso constituía el motor de sus trabajos y días. La batalla de la modernización española, librada tan encarnizadamente en su mocedad y adultez, encontraba una de sus principales claves en el Principado, por cuya capital no escatimó nunca elogios y gratitud.
La Barcelona, “incomparable”, “que tanto amo”, provocó siempre en él las resonancias más elevadas, así en su vasta obra de novelista y no menos importante como cronista periodístico, al igual que en incontables pasajes de su rico epistolario. Tal empatía, sin embargo, se hermanó y conjugó en
su gigantesca producción con la crítica, a las veces acerada, de algunos aspectos del comportamiento de sus hombres e instituciones hacia el resto de España.
Justamente la correspondencia con Narciso Oller, mantenida a lo largo de un tercio de siglo -1884-1915-, representa un testimonio insuperable de lo antedicho La sincera inclinación por su obra no impidió que la pluma galdosiana le censurara el uso de su lengua vernácula, que D. Benito consideraba inapropiada como lengua de cultura en la España de la Restauración: “Lo que le diré es que es tristísimo que V. escriba en catalán. Ya se irán Vds. Curando de la manía el catalanismo y de la renaixença. Y si es preciso, por motivos que no alcanzo que el catalán viva como lengua literaria, deje V. a los poetas que en encarguen de esto. La novela debe escribirse en el lenguaje que pue da ser entendido por mayor número de gente. Los poetas que escriben para sí mismos, déjeles V. con su manía, y véngase con nosotros. Le recibiremos a V. en el recinto de nuestro diccionario con los brazos abiertos”. Actitud y posición galdosianas que, forzadas en otra misiva que el autor de Doña Perfecta dirigiera a su encendido admirador catalán en el mismo año de 1885: “No puede figurarse el desconsuelo que siento al ver un novelista de sus dotes, realmente excepcionales, escribiendo en lengua distinta del español, que es,
no lo dude, la lengua de las lenguas y no venga con la sofistería de que solo siente en catalán. Yo no lo vreo: no puedo creer tal cosa (…) leeré Vilaniu
en catalán, sintiendo mucho no poder hacerlo en español.
La candente actualidad de la mencionada correspondencia se descubre a simple vista al observar cómo ya en la etapa finisecular del ochocientos al
novecientos la cuestión lingüística cifraba el interés de las posturas encontradas frente a un catalanismo por entonces en vías de exaltación y empuje incontenible. Por lo demás, los vientos nacionalistas que azotaban con fuerza el panorama europeo del momento iban a venir en su auxilio de forma tan ostensible como decisiva. D. Benito, empero, estimado muy apresuradamente por críticos y comentaristas hodiernos como propagador entusiasta y crucial del nacionalismo español decimonónico, se mantendría rígidamente en su ideario, según se analizará próximamente en un nuevo artículo.