La verdad es que si tenemos algo que agradecerle a Podemos y sus “confluencias” desde que son parte de la casta política de este país es la cantidad de nuevas palabras que estamos aprendiendo con ellos. Cierto es que muchas describen una nueva realidad, pero la mayoría, eufemismos aparte, resultan agresivas para el hombre o, cuando menos, curiosas cuando uno aprende lo que significan.
Pablo Iglesias y su equipo, unos con formación universitaria y otros con muy poca, irrumpieron en el escenario político español con un nuevo lenguaje que resultó atractivo para algunos (es lo que tiene siempre lo novedoso) y difícil de entender para otros. Lo que a mí me parece sorprendente es que a día de hoy, seis años después de que empezáramos todos a hablar de Podemos y sus nuevas formas de expresarse, todavía salen en los medios de comunicación con términos con los que uno siempre se pregunta: “¿Esto también se puede decir así? Lo desconocía”.
Todos hemos aprendido un nuevo significado para la palabra “casta”. Incluso hemos visto cómo personas que criticaban este grupo cerrado que constituye una clase especial pertenecen ahora a él y siguen criticándolo sin apenas penalización social y electoral de la ciudadanía.
De repente, todos hablábamos de la “nueva” y la “vieja política” o del “Régimen del 78”. Lo curioso es que si no te querías quedar atrás desde el punto de vista de la calle, de la nueva ciudadanía que demandaba ideas nuevas, conceptos nuevos y formas de hacer las cosas nuevas, tenías que “comprarle” el discurso a Podemos, es decir, aceptar esta nueva terminología, aunque no la entendiéramos demasiado, y explicar las cosas con otras formas verbales.
¿Quién no ha escuchado alguna vez hablar a Echenique sobre actualidad y se ha preguntado de qué habla este hombre, a qué se está refiriendo o qué he hecho mal ahora? ¿Se acuerdan de las “miembras”? ¿Y de las “portavozas”?
No voy a hacer un repaso exhaustivo de ese nuevo diccionario, pero sí sorprendía ver como de la noche a la mañana todo el mundo “pone en valor” o “empondera” y hoy estamos obligados a “transversalizar la igualdad” y cambiar “hogar monoparental” por “familia monomarental”.
El resto de partidos, especialmente los que compiten por la izquierda, han tenido que adecuarse a ese lenguaje y ponerse a su altura porque, si no, pareciera que no estás en el “círculo”.
Lo último (bueno, hasta la semana pasada, ¿quién sabe qué es lo último?) es que la nueva ministra de Igualdad, Irene Montero, ha quitado del puesto de directora general de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial a Alba González, que como su propio nombre indica es blanca, por Rita Bosaho, candidata perfecta al puesto al ser una mujer “racializada”. ¡Toma ya! Nueva palabra que no viene en el diccionario pero que, irremediablemente, si quieres estar en “lo progre” tienes que aprender y utilizar.
La “perjudicada” acepta la destitución con deportividad y asegura en Twitter que “si algo sabemos en el feminismo es que la representación y lo simbólico importan”. ¡Ay, el simbolismo! Coincidirán en que no es muy simbólico pregonar políticas de izquierdas criticando a los que tienen casas de 100 millones de pesetas y no van a trabajar en ‘metro’ y, al poco tiempo, comprarte una casa de más de 100 millones de pesetas e ir a trabajar con escolta.
En cualquier caso, ¿es usted una persona “racializada”? Dicho de otra forma, ¿Antonio Banderas es una persona “racializada”?
Entiendo que el disparate es de tal magnitud que solo la dictadura de lo políticamente correcto es capaz de asimilarlo. Pero es que lleva a engaño. Para la Academia de Hollywood, el actor malagueño sería una persona “racializada”, pero en España no podría ser director general de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial. ¡Qué cosas, tú!
Teniendo en cuenta que Podemos tampoco tiene la culpa de las “tonterías” que se les ocurran a los “iluminados” de la academia de cine estadounidense, lo triste de verdad es que mientras todos aprendemos palabras nuevas, su traslación al plano de los hechos se convierte en políticas anacrónicas y deficitarias que vienen asociadas al endeudamiento de un país y la destrucción de empleo, que si no queda claro el término significa más paro.
El FMI y la UE ya nos están avisando, pero no pasa nada porque lo importante es destruir el “techo de cristal”, evitar la “heteronormatividad”, el “androcentrismo”, la “cosificación”, el “heteropatriarcado” o los “micromachismos”. Por supuesto, cuidado con el “macho alfa” y el “manspreading”, hay que entender el “hembrismo” y, sobre todo, sobre todo, buscar siempre la “pansexualidad”.