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MENÚ DE POBRE

Ximena Maier: princesa del asombro y la belleza

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 21 de enero de 2020, 20:03h

El libro empezó como obra menor y fue creciendo hasta la actual cuarta edición (especial y ampliada). La ilustradora Ximena Maier (Madrid, 1975) quiso aprovechar el Bicentenario del Museo del Prado para dedicarle todo una ofrenda plástica de indescriptible belleza: Cuaderno del Prado. Dibujos, notas y apuntes de una ilustradora en el museo (Nido de Ratones Editorial). Escribe José Manuel Matilla, Jefe de Conservación de Dibujos y Estampas del Museo, en las palabras liminares: “El cuaderno de viaje, y este de Ximena Maier lo es, se convierte en un libro no solo de memoria personal de una artista. Es también una crónica vívida del Prado, de lo que acontece alrededor de las salas y detrás, en sus depósitos y talleres, donde habitualmente el visitante no puede entrar. Con sentido del humor y criterio personal, la autora nos ofrece junto a sus preciosos y expresivos dibujos de contorno y aguadas de colores, unos jugosos comentarios que convierten al cuaderno en una guía para que un nuevo visitante pueda gozar como ella ha gozado. En buena compañía. Yo, desde luego, lo he hecho”. Y algo más arriba: “ (…) Para ella un cuaderno es una forma natural, ineludible, de fijar lo que merece la pena recordar: una obra de arte, una persona, una persona mirando esa obra de arte, o una manada turística que, admirando más o menos un cuadro, nos lo oculta… o nos molesta con su falta de interés, pero cuyo ruido pasa a formar parte de la experiencia en un museo”.

Ximena Maier ha elegido el instinto como brújula en unas acuarelas donde el Museo del Prado rezuma vida, así su poética habla en primera persona del gran arte ambulatorio y los festivos estados de tránsito: “Me gusta deambular sin más y me gusta buscar algo en particular. Tengo días macro, en los que me acerco todo lo que puedo y me pierdo en pinceladas borrosas, y días en que lo miro todo de lejos. Unos paseo como quien va por la calle, mirando más a la gente y el jaleo general que los cuadros, y otros me siento delante de algo y ahí me quedo”. Belleza, cercanía, lejanía y, algo muy importante, jerarquía: “Cualquiera que hojee este libro se dará cuenta enseguida que no es un reflejo ordenado de la colección. Casi todo es Velázquez y Goya. Con los cuadros, como con las personas, hay flechazos. Hay pintores que son los tuyos y otros que no. Yo creo que Velázquez es el mejor del mundo, seguido por Goya, y luego tengo debilidad por el quattrocento veneciano, pero de eso aquí tenemos muy poco (aunque por suerte bastante cinquecento, que también me encanta). Y quién sabe por qué, prefiero a Ribera que a Murillo, aunque de lejos los dos puedan parecer más o menos lo mismo. No me gusta El Greco, como tampoco me gusta el helado de fresa. No me digo esto porque no me tome en serio la pintura, lo digo porque me tomo muy en serio los helados”. Dibujos, bocetos al día en cada paso, impresiones para acompañar, álbum secreto, apuntes y anotaciones en el afán de los días, cuaderno de artista, visitas vivas donde el detalle de los grandes artistas (cabeza de Rubens, mano de Tiziano, desollación de San Juan Bautista) pelean con turistas, paseantes, extraños, todos ellos astros igual de parpadeantes en el firmamento de la mirada efervescente.

Apuntes, caligrafiados, donde la sonrisa es otra fortuna: “La mano de Velázquez en Las meninas es como el gol de Maradona en que deja sentados a cuatro ingleses”; “Xavi, Las meninas son las nenas, ¿no?”, “Leo en la cuenta de Twitter del Museo del Prado que en la época en que se pintó Las meninas estaba de moda entre las mujeres comer barro. Tragarse trozos de cerámica, para estar más pálidas y delgadas. Extravagancia importante que me hace ver el búcaro que presentan a la infanta con cierta alarma”. Ximena Maier sufre la dicción de la hechizada, todo es poesía en sus hojas de viento y calma, en sus furias de ojos fuera de las órbitas, en su belleza mínima que ordena y recolecta como si de flores se tratara. Sus apuntes mínimos tienen la línea de la sonrisa, de la elegancia mucho antes que la carcajada o risotada, escribe respecto a Goya: “ (…) La Chinchón era la mujer de Godoy, y la maja era su amante, y hay una anécdota de Jovellanos diciendo que lo sentaron a la mesa con las dos en casa de Godoy y que se fue porque le pareció un horror de plan”. Ximena Maier no agota el Museo del Prado –reciente Premio Princesa de Asturias-: hace pequeño lo grande y viceversa, vive a los venecianos en la galería central, exprime a Velázquez y Goya, de ahí pasa a Rubens o Murillo, hace el viaje de las pinturas negras al Bosco, se demora en Durero y Fra Angelico, admira la purpurina de Pietro de Crotona y las marquesas de Raimundo de Madrazo y las señoritas tiernas del Pintor Rosales. Su flash es ácido y lúbrico por la historia de España (de los Reyes Católicos a Fernando VII) donde el viaje visual (un Prado también con sabor a aguarrás y vapor de bambú) es el mejor sueño, absoluta leyenda y epopeya. Espectacular.

Diego Medrano

Escritor

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