www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La seriedad de la risa

jueves 23 de enero de 2020, 20:07h

Se ha muerto Terry Jones, un importante comediante inglés dotado de un humor especial, no por británico, dado que el humor trasciende esas fronteras nacionales que tan poderosas se presentan en ocasiones, sin serlo tanto. El humor de Terry Jones resulta especial por su absurda simplicidad, características ambas que parecen ir desapareciendo de nuestro mundo con la imposibilidad creciente de una percepción de sí mismo descentrada y absurda que conduce, necesariamente, a simplificar la vida.

Jones no simplemente ha muerto, sino que se ha muerto, lo que tampoco quiere decir que se haya matado. Terry Jones ha encontrado su personal modo de morir y, entonces, se ha muerto. En efecto, ha padecido una extraña forma de demencia (afasia progresiva primaria) que supone una creciente incomunicación empezando por la privación del habla. El silencio creciente al que el cómico se ha visto obligado tiene, no lo dudo, causas médicas, pero tras ellas actúan unas condiciones de vida que hacen cada día más difícil la irreverencia. No deberían despreciarse estos factores en ningún diagnóstico; tampoco en la forma en que Jones ha logrado desaparecer de sí (Le Breton).

Nuestro mundo ultra racionalista y sofisticado o vanamente complejo habría silenciado la voz de este comediante, que podía resultar – en efecto – tan estridente como la de la señora madre de Brian, tan difícil de calificar. Una voz o, mejor, un espíritu indudablemente irreverente y absurdo, ante el que no debemos olvidar que sólo en una atmósfera que haga posible la veneración y el sentido puede abrirse paso la carcajada irreverente y absurda. “Son pocas las naturalezas nobles que no saben vivir sin venerar”, dice Nietzsche, el filósofo de la risa. Hoy esa nobleza es sencillamente imposible. La suspicacia crítica y la final descomposición de cualquier orden normativo hace imposible la irreverencia, porque no hay nada venerable. La sofisticación de lo vanamente complejo ha oscurecido a su vez el valor diáfano y directo de lo más simple. Hoy nos vemos obligados a defender constantemente, como anunciara Chesterton, que la hierba es verde y hemos de hacerlo con una destructiva seriedad.

El agotador esfuerzo por hacer inteligible lo evidente acaba conduciéndonos al silencio y el cómico inglés naturalmente ha ofrecido un indicio de su inteligencia optando por una forma trágica – nada cómica – de desaparecer. Podría parecer paradójico que sean los conservadores más respetuosos de las ceremonias y las vetustas tradiciones los defensores de un humor profundamente irreverente, pero si no hay ceremonias y ritos solemnes, si la informalidad y el sin sentido se convierten en hábito, la irreverencia se hace imposible. De ahí la curiosa finura del llamado “humor inglés”, característico de una gente que mantuvo casi hasta el día de hoy una obediencia respetuosa hacia las formas, una asombrosa consideración de los viejos gestos de la cortesía y la distinción.

El interés de Jones por la Edad Media o su atención al antagonismo entre Chaucer y el obispo Thomas Arundel da idea de un espíritu profundo y capaz de venerar y por lo mismo también capaz de ser irreverente. Ciertamente en nuestras condiciones sociales de vida dan ganas de morirse y no precisamente de morirse de risa, porque la risa empieza a resultar difícil, y la muerte de la que uno se moriría adquiere un tinte más trágico que cómico. La pérdida del sentido común, del que formaba parte una actitud de respeto y consideración, incluso de deferencia y veneración a las formas y costumbres tradicionales, conduce al propio aislamiento, haciendo imposible hallar lo risible en el ceremonioso gesto de un primer ministro, hallar lo ridículo en la expresión solemne y suntuosa del Juez o del Soberano, o en la parsimoniosa y protocolaria forma de pedir la sal del tío Amadeo.

En nuestra sociedad totalmente informal y desacralizada podemos creernos libres, cuando sucede, simplemente, que nos hemos soltado el cinturón (Mencken). Nuestra conducta liberal, informal y desahogada acaba oscureciendo la fuente última de la parodia, la burla y el escarnio. Me parece que la preservación de un centro intangible y exacto – protegido de toda irreverencia pese a su venerable carácter – preserva también la posibilidad del humor y es condición de una verdadera alegría de vivir. Terry Jones ha encontrado, sin duda, el modo de morirse apropiado a su modo de vivir.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (14)    No(0)

+
0 comentarios