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TRIBUNA

Pin

sábado 25 de enero de 2020, 20:08h

Creo que nunca he escrito un artículo de título tan breve: Pin. Y es tan breve porque también yo “siento gran vergüenza por las enormes sandeces que ya se han dicho por un mero afán creador[1]. Anoche mismo he vuelto a sentirla cuando una mujer de cuarenta y nueve años respondió a mi pregunta por lo que ella esperaba de mi conferencia: “Que me sorprenda usted”. Lo cual era tanto como decirme: yo he pagado para que usted haga monadas, a ser posible con efectos especiales. La semilla trillada del ditirambo. Lo egregio fosforeciendo en la diafanidad de lo vulgar.

Malos son estos consumidores de creatividad, pero aún peores los que quieren que el payaso se suba al alambre y monte su circo supuestamente creativo. Para esos mismos el mundo es un gran teatro con derecho a butaca de patio y palomitas de maíz. Compran joyas de chafarrinín sólo para lucirlas, ignorando que, cuando el joyero quiere probar una joya, la roza contra la piedra y en el roce conoce su figura; sabe el joyero bien que no es el borotalco ahumado, sino el diamante, la más preciosa de todas las piedras porque -en el combate contra la nada- su energía es la más fuerte.

Si observamos un poco en nuestro entorno, veremos la inmensa mayoría vive totalmente ajena a la búsqueda personal de las cosas y de sus fundamentos queriendo que en su corazón vivan la alegría y la felicidad, no advirtiendo que se trata de algo totalmente distinto. La diversión es algo exterior, estrepitoso, fugaz, en cambio la alegría mana dentro, con raíces profundas: “Existe una alegría sobre la que no se tiene ningún dominio. Me refiero a esa que irrumpe sobre uno, poderosa y profunda, de la cual dice la Sagrada Escritura que es ‘como un torrente’; o esa riente felicidad que todo lo transforma, todo lo baña de luz. Esta alegría viene y se va a su antojo, y por eso nuestra actitud para con ella tiene que ceñirse a recibirla cuando viene y a resignarnos cuando se va”[2]. Y existe también una alegría a la que podemos dar cauce, una alegría que todos podemos poseer, una alegría independiente de las horas felices o amargas, de los días vigorosos, o de los abrumados por la fatiga. Esa es la creatividad que -al igual que el cariño verdadero de la copla- ni se compra ni se vende, y que consiste en encontrar el sentido del ser exterior en el seno del ser personal. Es ahí donde se dan pasos de gigante, y no en los triples saltos mortales sin red debajo del volatinero; es allí donde vibran los sonidos del silencio, en ese monódico canto gregoriano que es armonía de las estrellas celestes y a la vez latido de cada uno de los corazones, canto a varias voces sin instrumentos -a capela, en la capilla- y con una riqueza única.

La música clásica, que en rigor sólo duró cinco décadas, de Bach a Beethoven, es la más creativa de la historia de la música, mientras que ciertos changarrillos modernos suenan afónicos al día siguiente de ser estrenados, como el amor de don Juan Tenorio. No son tenores, son Tenorios. Si yo hubiera sido músico y a la vez filósofo, habría intentado componer tres estilos musicales diferentes para cada una de las tres obras de un clásico de la filosofía tan grande como lo fue don Emmanuel Kant: para su Crítica de la razón pura a Ludwig van Beethoven, por su solidez matemática; para la Crítica de la Razón práctica a Johan Amadeus Mozart, por su rebeldía Sturm und Drang; y para la Crítica del Juicio a Juan Sebastián Bach, por la belleza de sus fugas hacia terrenos más estéticos, abiertos e indiscernibles. Beethoven. Mozart y Bach, y al fondo mi mousikós amado, Juan Luis Ruiz de la Peña.

Pero todos chascarrillos de ahora, sonidos del esquilón de las vacas, ya me pillan muy mayor, por eso cuando estudio pongo junto a mí -once horas cada día- en mi pequeña cadena los tres estilos musicales, según la exigencia y la dificultad de las correspondientes partituras kantianas. Incluso, en mis ratos más místicos, rezo la Novena de Beethoven mientras hago tañer el sonido de mi ajada campana. Y es que toda música, es decir, toda creatividad que no se decapita clama al cielo de la trascendencia. ¿No es eso, querido maestro Ludwig van Beethoven (Bonn 1770, Viena 1827, ¡qué pronto te fuiste, señor de la armonía!), lo que quisiste afirmar cuando escribiste que “la música es una revelación más alta que toda filosofía”, ¿no es acaso la clave de tu -así explícitamente por ti bautizada- Sinfonía Pastoral?”[3].

Toda obra de arte, entre las que personalmente no diferencio demasiado bien, la música, la poesía y la filosofía, es misión, esforzado pastorear lo eterno. Así que para responder a aquella buena mujer de cuarenta y nueve años que esperaba de mi conferencia “que me sorprenda usted” (o sea, que me divierta usted porque me han dicho que es un payasete) tuve que responder conforme a su gusto escénico, pero solamente a medias: primero me revestí con mis capisallos de trovador juglar, luego acaricié el arte mi lira oral, y finalmente me callé. Lo mismo que acabo de hacer en este momento.

Ojalá que a partir de ese silencio mío comience a encenderse en la buena señora el virtuosismo que nace de la técnica trascendental kantiana: la esplendorosa explosión de Liszt, la novedad gloriosa de Chopin, la sorprendente creatividad de Schumann, y el rumor de todos los ángeles. Para manejar todo eso debo pagar cada día un precio, pues la creatividad no puede concebirse sin un piano constantemente a punto, ese piano afinado y dispuesto a ser tocado que necesitamos siempre los pianistas, como insinuara Emmanuel Mounier. Toda vida engranando sonidos eternos en la belleza de la música, esa sería la escuela deseable, con pin o sin pin, con pináculo o sin pináculo. Y eso es lo hay que enseñar bien aprendiéndolo aún mejor: tocar el piano a cuatro manos. Creatividad es esa palabra, aunque el creativo, como el maestro Beethoven, escribiera sus últimas obras casi ciego, casi sordo, y asendereado por un gran sufrimiento.

Afortunadamente ni Ludwig van Beethoven, ni Amadeus Mozart, ni Johan Sebastián Bach han podido ser aplastados por la horrísona barrabasería de Adolph Hitler al sonoro rugir del cañón. Así que, a seguir trabajando, aunque mientras tanto Montescos y Capuletos peleen por el trono.

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