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Ensayo

Emilio Gentile: Quién es fascista

domingo 26 de enero de 2020, 18:46h
Emilio Gentile: Quién es fascista

Traducción de Carlo A. Caranci. Alianza. Madrid. 2019. 222 páginas. 8,45 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor Emilio Gentile aborda en esta obra uno de los fenómenos que mayor recorrido ha tenido a lo largo de la última centuria como es el fascismo. Por tanto, nos hallamos ante un libro oportuno ya que en la actualidad el adjetivo fascista ocupa un espacio casi diario en los medios de comunicación y en el discurso de ciertas formaciones políticas. En función de esta observación resulta obligatorio formularnos una pregunta: ¿se emplea el mencionado término con rigor? Benedetto Croce ya en 1944 aludía a este asunto: “En las polémicas diarias la calificación de fascista se lanza y se vuelve a lanzar por parte de un adversario contra otro” (p. 45).

Para Gentile se ha producido una suerte de banalización del fascismo que, en última instancia, lo ha desnaturalizado y desdibujado. Este fenómeno ha provocado, por ejemplo, que a numerosos sectores sociales y profesionales (juristas, intelectuales, literatos…) que sostuvieron a Mussolini se les haya eximido de ser fascistas, mientras que a otros colectivos que sí lo combatieron se les haya catalogado como tales. Al respecto, de una manera más concreta, el autor apostilla que muchos de los jerarcas del fascismo tendieron a definirse posteriormente como “disidentes” que simularon ser fascistas “para trabajar por el bien y por la grandeza de Italia” (p. 43).

Esto contradecía la realidad puesto que en 1934 el fascismo había sido aceptado en el país transalpino y sus rasgos caracterizadores resultaban bien perceptibles (anti-marxismo, anti-liberalismo, beligerancia, imperialismo, recurso a la violencia para minar al resto de rivales políticos, intervencionismo estatal, primacía de la nación o culto a la personalidad del Duce, cuya virilidad se exaltaba de forma reiterada). En cuanto a su legado, el autor alude a repercusiones como la eliminación del régimen liberal italiano y la inmediata construcción de un sistema totalitario, el alineamiento con Hitler o la destrucción de la paz en Europa.

Con todo ello, esta adulteración (interesada) del término fascista no es un fenómeno actual. En efecto, tal calificativo lo emplearon comunistas italianos como Gramsci y Togliatti durante la década de los años veinte del pasado siglo para señalar a sus adversarios políticos, en particular a los socialistas, siguiendo de este modo las directrices trazadas por el Partido Bolchevique de la URSS y la Internacional Comunista. En función de esta perspectiva, el fascismo lo integraban “las fuerzas reaccionarias de la burguesía y del capitalismo a lo largo del mundo” (p. 65). Este punto de vista se vio alterado solo puntualmente tras el pacto de Stalin con la Alemania nazi en 1939.

Con posterioridad, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los comunistas italianos volvieron a emplear el epíteto fascista para referirse a los representantes de la democracia cristiana, “olvidando” que se trataba de un partido cuyos principales cuadros habían sido perseguidos durante las décadas previas, en particular a partir de 1921, fecha en la que Gentile ubica el nacimiento del fascismo histórico, al tiempo que 1926 supondría el momento en el cual el Duce se convirtió en “sumo fascista”. Previamente, durante el “bienio rojo” (1919-1921), los fascios procedieron a destruir mediante el uso de la violencia las organizaciones de socialistas y comunistas.

Como hemos indicado, esta utilización abusiva, imprecisa y errónea del binomio fascismo-fascista se ha mantenido inalterable, aplicándose a día de hoy a políticos tan diferentes entre sí como Trump, Matteo Salvini, Bolsonaro o Erdogan. Sin embargo, como explica Emilio Gentile: «En el origen de los actuales neonacionalistas populistas, que poseen una legitimación democrática, lo que hay es más bien un temor a la modernidad, la adopción de una política de proteccionismo defensivo, para cerrar puertas y ventanas, para salvaguardar inciertas identidades nacionales, amenazadas por la globalización y por las “invasiones de inmigrantes”». (págs. 139-140).

En definitiva, una obra sobresaliente en la que autor defiende el rigor científico frente al binomio integrado por retórica y demagogia a la hora de abordar qué fue y qué supuso el fascismo. Al respecto, si bien algunas de sus características se aprecian en el modus operandi de ciertos gobernantes actuales, esto no los convierte necesariamente en los “Mussolinis” del siglo XXI.

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