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Ensayo

Irene Vallejo: El infinito en un junco

domingo 26 de enero de 2020, 18:49h
Irene Vallejo: El infinito en un junco

Siruela. Madrid, 2019. 452 páginas. 24’95 €.

Por Concha D’Olhaberriague


“El junco de papiro hunde sus raíces en las aguas del Nilo. El tallo tiene el grosor del brazo de un hombre y su altura se eleva entre tres y seis metros”, leemos en el capítulo que Irene Vallejo dedica a la Biblioteca de Alejandría en su inmejorable libro El infinito en un junco, título que bien podría ser por su concisión y esencialidad el de un poema de Juan Ramón Jiménez. Todo está cuidado al detalle: la preciosa ilustración de la cubierta, Papyrus, de James Bruce, las citas preliminares en loor de la letra impresa, de Mia Couto, Emilio Lledó y otros escritores; la composición clásica con Prólogo, Epílogo, dos partes de tamaño desigual dedicadas a Grecia -la más amplia- y Roma, los Agradecimientos, redactados en un tono afable, y la Bibliografía pormenorizada por apartados.

Elogiada con merecimiento por escritores notables y galardonada con el premio de Narrativa del prestigioso programa de Radio Nacional El Ojo Crítico, la obra, redactada con una prosa elegante, diáfana y musical es un ensayo anovelado, taraceado con toques autobiográficos intensos e interesantes incursiones de metaficción, que prende al lector de principio a fin. Y es que Irene Vallejo, filóloga y doctora en lenguas clásicas, novelista y articulista de El Heraldo de Aragón, posee el don de la retórica en el mejor sentido de la palabra, como arte de la persuasión y la seducción, y no deja nunca abandonado al lector pues su escritura apasionada y gozosa, con un ritmo que no decae, contagia entusiasmo y suscita interés en todo momento. De esta forma, a la chita callando, en unos pocos meses, un libro tan refinado como este va ya por su sexta edición, y le auguramos muchas más. Con el tiempo, Irene Vallejo será probablemente nuestra Marguerite Yourcenar.

En el capítulo inicial, Alejandría la sensual -la ciudad del placer y los libros en la Antigüedad, de Cavafis y Durrell en tiempos posrománticos-, es visitada y revivida por la narradora. Mas no se trata únicamente de la fruición individual de la lectura. Al leer El infinito en un Junco presenciamos aventuras colectivas, como la de los buscadores de libros del Prólogo, correcaminos ávidos de botín para abarrotar la Gran Biblioteca de su señor, Ptolomeo II, o la epopeya de las amazonas literarias del Epílogo, mujeres anónimas que llevan libros a las aldeas de escabroso acceso al este de Kentucky en el siglo XX; escuchamos cuentecillos de mujeres que en la trastienda de la historia se afanan con ingenio y gramática parda por alegrar un rato su vida de subordinación al hombre; sonreímos ante el desenfado pícaro y antiheroico del poeta Arquíloco que se jacta de haber salvado el pellejo tirando su escudo y huyendo de la liza; descubrimos el secreto del atractivo irresistible de Cleopatra; nos introducimos en el minucioso laboreo artesanal de los copistas alejandrinos, esforzados detectives anónimos, identificables, no obstante, por señas personales que esparcen aquí y allá en los textos, sin saberlo ni quererlo, al igual que cierto dialectalismo de uno de los escribas de Mío Cid sirvió a Menéndez Pidal para atribuirle la procedencia de Medinaceli.

A partir de las fuentes antiguas que la autora conoce de primera mano en versión original y de otras múltiples y variadas lecturas y referencias culturales de todos los tiempos nace una fabulosa narración real e imaginada, entreverada de reflexión, crítica y vivencias personales que se intercalan con fluidez, introduciendo para ello, cuando procede, la primera persona. El caudaloso relato nos habla del libro y sus avatares -de humo o de luz, en piedra, cera, papiro, pergamino, seda, papel, o cristal, metamórfico, versátil, resistente e inmortal a despecho de censuras y de los múltiples vaticinios que predijeron su desaparición- y desgrana, además, una historia de historias, escritores, lectores, fans, bibliotecarios, libreros, anécdotas, sucesos luctuosos y regocijantes, cuentas, cánones y cuentos, vicisitudes humanas y relaciones interpersonales tejidas al calor de la palabra, verdaderas todas, porque la fuerza de la narración les insufla vida. Por ello nos impresionan tanto los encuentros erótico-lectores de los protagonistas de El lector, de Bernhard Schlink, como la conmovedora historia de amor literario y epistolar entre la menesterosa escritora neoyorquina, Helene Hanff, y su librero londinense, de la cual nacieron posteriormente la novela de éxito 84 Charing Cross Road y la consiguiente película.

Transtemporal e intertextual, el maravilloso libro de Irene Vallejo se expande y vuela invitándonos a descubrir, por ejemplo, el nexo que hay entre Homero y Bob Dylan, y lo hace al hilo de la concesión del Nobel al cantante, noticia que la narradora comenta divertida al tiempo que escucha las críticas y los destemples que provoca tan singular elección. Asimismo, se nos desvela la paradoja del resurgimiento, en nuestro mundo digital, de la gratuidad del trabajo artístico, tal y como sucedía en la Roma patricia y esclavista.

Siendo como es una obra deleitable que celebra y enaltece la cultura humanista, la perspicaz narradora y ensayista no podía obviar ciertos aspectos ingratos, incluso crueles, que acompañan siempre el avance de la civilización. Los pergaminos que hoy admiramos tienen su origen en la matanza de animales, a veces nonatos, y un manuscrito grande requería la muerte de un rebaño. Ya Unamuno, tan traído últimamente, nos enseñó que la vida es combate.

En esta prodigiosa odisea del libro y su mundo tampoco hallarán los lectores simplismos para agrado o consumo de la buena conciencia. Así, las semblanzas de Hitler y Mao Zedong nos enseñan que se puede compaginar la condición de genocida y quemalibros con la de lector empedernido.

En fin, en estos tiempos tan confusionarios y renuentes a los matices, me resulta especialmente admirable el elogio a la condición femenina -lejos de los ramplones tópicos y latiguillos de tufo misándrico que tanto se prodigan- que leemos en la loa a Sulpicia, mujer valiente, quien, en época de Augusto, proclama y ensalza en versos vibrantes su amor prohibido.

Un libro, El infinito en un junco, exquisito, culto sin pedantería, ameno y hedonista que hará las delicias del lector sensible y amante de la cultura humanista tan preterida como despreciada por los responsables educativos de nuestro país. Me gustaría, por último, compartir esta sabia reflexión de Irene Vallejo, que bien valdría como preámbulo de un manifiesto en defensa de las Humanidades: “Creo que la gran originalidad de los sabios de la Biblioteca de Alejandría no tiene que ver con su amor por el pasado. Lo que los hizo visionarios fue entender que Antígona, Edipo y Medea -esos seres de tinta y papiro amenazados por el olvido- debían viajar a través de los siglos; que no se podía privar de ellos a millones de personas todavía por nacer; que inspirarían nuestras rebeldías, que nos recordarían lo dolorosas que pueden ser ciertas verdades, que revelarían nuestros pliegues más oscuros; que nos abofetearían cada vez que nos enorgulleciéramos demasiado de nuestra condición de hijos del progreso; que nos seguirían importando. Por primera vez, contemplaron los derechos del futuro -los nuestros-”.

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