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EDITORIAL

Guerra por el poder entre Junqueras y Puigdemont

lunes 27 de enero de 2020, 13:50h

La coalición entre ERC y los convergentes, ahora JxCat, nunca ha sido sólida. En los últimos años les ha unido el referéndum de autodeterminación, el desafío permanente al Estado, los ataques a la Constitución, el “procés” que desembocó en el 1-O. Pero después la unión saltó por los aires con la cobarde y secreta huida de Puigdemont a Bélgica, mientras Junqueras aguantaba con dignidad su destino: la cárcel. Aunque, han mantenido las formas por sostener el Gobierno de la Generalidad.

Por mucho que quieran disimularlo, por mucho que las declaraciones de sus dirigentes lo oculten en público, ERC y JxCat han abierto la guerra por el poder independentista, por liderar otro “procés”. Y cada uno va por su lado. El partido de Junqueras ha creído conveniente apoyar el Gobierno de Sánchez, pues sabe que le irá mejor que con Casado. Sobre todo, para salir de la cárcel. Es pragmático y rechaza saltarse impunemente la ley.

Ahora, por eso, la mesa del Parlament ha decidido cumplir con la sentencia de la JEC, corroborada por el Supremo, y ha retirado el acta de diputado a Torra, quien ya ha amenazado con no acatarla. El presidente Torrent, de ERC, no ha querido ser imputado por desobediencia. El partido de Junqueras no quiere, de momento, traspasar las líneas rojas e incumplir la ley. No quiere que sus dirigentes sigan entrando en la cárcel, mientras Puigdemont bebe cava en Waterloo.

El partido republicano catalán lidera ahora todas las encuestas sobre las próximas elecciones autonómicas. Pero, aunque parezca mentira, el marketing político de Puigdemont ha logrado mantener su privilegiada posición en el mundo secesionista y le ha convertido en una víctima del Estado español, en un pobre hombre que se tuvo que exiliar por defender la democracia. Muchos se han tragado el entero relato victimista del cobarde ex presidente de la Generalidad. Más ahora que aprovecha el escaño en el Parlamento europeo para soltar sus soflamas y exhibir pancartas amarillas. En Bruselas nadie le hace caso. Pero en Cataluña funcionan a toda máquina sus terminales mediáticas. Y con esas armas, amenaza con adelantar los comicios, lo que rompería la estrategia de ERC que espera que Sánchez tenga a bien excarcelar pronto a Junqueras para que sea su candidato. Una especie de Mandela.

La guerra, pues, está abierta. Sería bueno que se rompiera la coalición. Pero no es fácil. El independentismo les une más que nada. Pedro Sánchez intenta pescar en este río revuelto y formar un tripartito con ERC, el PSC y Podemos. El presidente sueña con formar parte del Gobierno de la Generalidad para apaciguar el conflicto. Desconoce que, más bien, el PSC saltaría en pedazos y los separatistas gobernarían a sus anchas. Los socialistas tendrían que tragarse sapos como puños. Y, cualquier día, terminarían votando a favor de algo idéntico a una declaración de independencia. Como ya apoyaron en el Parlament a los secesionistas para desobedecer la orden de la Junta Electoral Central de retirar el acta de diputado a Torra.

Pedro Sánchez cree que tiene todo el poder en la mano después de asaltar impunemente las Instituciones del Estado y desafiar a la Justicia. Pero corre el riego de despeñarse. Hasta el momento, se ha humillado y ha cedido a todas las exigencias de ERC para salir investido presidente del Gobierno. Ahora, se dispone a emplear la misma táctica con Los Presupuestos. Incluso quiere entrevistarse con Torra, aunque esté inhabilitado. El riesgo no es que el presidente del Gobierno se estrelle. Si no que los separatistas se burlen de nuevo de Sánchez, y se estrelle España.

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