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El valor del voto

José Varela Ortega
miércoles 30 de enero de 2008, 19:12h
D. Carlos Pellegrini, un argentino leído y viajado, fundador del Jockey Club -y de su biblioteca- comentaba, con sagaz cinismo, a caballo de siglos (XIX y XX) que la venta del voto revelaba un progreso porque el sufragio vendido demostraba más interés que el desperdiciado por la abstención. La compra del voto fue una trampa electoral tan universal como decepcionante en resultados: un expediente relativamente habitual en la Inglaterra de la primera mitad del ochocientos y, en los EE.UU., hasta bien entrado el novecientos. En España, entonces un país escaso de numerario, fue un recurso excepcional, salvo, a veces, en Bilbao y en Cuba -lugares donde corría el dinero con mayor alegría. Con Romero Robledo, el "gran elector" conservador del último cuarto del ochocientos, los sufragios no se compraban; por lo general, "se escribían"-léase falsificaban- aprovechando para el fraude los votos abandonados por una abstención masiva.

En nuestros días, la propuesta del Sr. Zapatero de devolvernos 400 euros todos los años no carece de interés. Para empezar, significa un reconocimiento de que el dinero es de los contribuyentes. Una señal que nos devolvería la esperanza en el partido socialista, si no fuera por la sospecha de que el Sr. Zapatero es persona escasamente interesada y conocedora del socialismo -un conjunto de teorías discutibles pero venerables y de mucho mayor fuste intelectual que las derivadas de la patología identitaria o de la práctica del regate y regateo electoral, especialidades en que nuestro Presidente ha demostrado una autoridad indiscutible. Con todo, la oferta constituye un progreso nada desdeñable, aunque sólo fuera porque viene admitir que los individuos administramos mejor nuestros propios recursos que político alguno -y, de paso, estimulamos la economía, en lugar de sangrarla con gasto público.

Para otros más sabios queda el comentario sobre la oportunidad de una oferta inflacionaria en un escenario económico turbulento. Y a un lado dejaremos también, atribulados, la temeridad del ludópata que convierte el presupuesto público en ruleta electoral. Hoy nos basta con advertir algunas cuestiones previas, de menor trascendencia pero de curiosa incoherencia, que acompañan a la exótica ocurrencia. Porque el chasquido del pulgar y el corazón no cae como remota propuesta de la Academia Sueca. No. Lo asombroso del caso es que el cebo electoral surge del ejecutivo que nos gobierna. El paralelo histórico apropiado no es entonces el apodado -y más arriba citado- "Pollo de Antequera", sino el "Niño de Benamejí", bandolero por los mismos años y parajes, con fama de repartir entre los desvalidos el botín que arrebataba a otros. Ya que no procedimientos, la lógica de nuestro teatral Presidente pareciera seguir pautas semejantes al Dick Turpin andaluz: nos regresa, con suave guante electoral, parte del dinero que previamente nos ha arrebatado con la zarpa fiscal. La gracia, eso si, sólo alcanzará a un grupo limitado, aunque numeroso, de afortunados contribuyentes. A la devolución, además, le falta el débito de los intereses de demora. Y, al revés que el justiciero trabucaire de nuestras serranías, la merced de Zapatero carece de progresividad fiscal, un hecho severamente criticado desde su izquierda. Sin embargo, en este punto, sus aliados izquierdistas no respetan la lógica que gobierna el objetivo de la medida, cuyo propósito no es social sino electoral -amén de que su alianza estratégica con los nacionalistas ha desmontado el débil andamiaje socialista de nuestro primer actor.

La pregunta, pues, del Sr. Durán es legítima: si el propósito es devolver a todos los agraciados en la pedrea electoral igual monto, con independencia de su nivel de renta, ¿por qué no empieza el gobierno por aflojar la garra fiscal en la misma cuantía?. Una cifra, por cierto, que no determina el valor del voto, sino la oferta del comprador. Resta que el vendedor acepte la cantidad para cerrar la operación y concluir -si el guarismo electoral tiene éxito mensurable- que, efectivamente, para una parte significativa del electorado español, el precio del voto son 400 euros. Un dato más interesante que moralmente estimulante. En este último aspecto, la lección del electorado sería donar la resonante cantidad a una ONG privada e independiente -aunque distinta de la que preside Doña Leire Pajín con el pomposo título de Secretaría de Estado de Cooperación, apellido que permanecerá lastrado por un equívoco, mientras se persista en destinar nuestro dinero a objetivos loables pero aleatorios en relación a nuestros intereses como país, única justificación democrática del presupuesto de Exteriores.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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