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TRIBUNA

Las nuevas empoderadas y los viejos jubilados despotenciados

miércoles 29 de enero de 2020, 19:38h

La Isagoge o Introducción a las categorías de Aristóteles, escrita entre los años 268-270 por el neoplatónico Porfirio y traducida del griego al latín por Boecio, se convirtió en el manual estándar sobre lógica hasta un milenio después de la muerte de Aristóteles. La obra incluye una minuciosa clasificación de los conceptos aristotélicos de género y especie, a partir de cuya revisión se construyó el llamado árbol de Porfirio, clasificación dicotómica que toma como punto de partida el género de sustancia (el más general), descendiendo así al resto de los individuos, pasando por las especies. Esto escribía Porfirio en su Isagoge en el reinado de Galieno: “En cada categoría hay algunos géneros generalísimos, así como diversas especies especialísimas y otras especies intermedias entre los géneros generalísimos y las especies especialísimas. Género generalísimo es aquel por encima del cual no puede haber otro género superior; especie especialísima, aquella por debajo de la cual no puede haber otra especie inferior; y especies intermedias entre el género generalísimo y la especie especialísima, la que ellas mismas son a la vez géneros y especies, si bien, naturalmente en respectos distintos”[5].

En la época del Generalísimo (época “militar, por supuesto”), sabíamos a ciencia cierta y a garrotazo pelao quién era el único generalísimo sobre la faz de la Tierra; menos medio siglo después, en la época del feminismo, la mujer va camino de convertirse en el nuevo género generalísimo. La historia, siempre tan trilera, nos ha cambiado el cubilete, pero seguimos en la misma guerra civil, de un generalato a otro. Pero, como la historia se repite, y la segunda vez en forma de caricatura, no me hago yo tantas ilusiones respecto al tercer generalato que ha de venir. Yo, que no soy especie especialísima, ni siquiera especie intermedia, sino especie especialísima, aquella por debajo de la cual no puede haber otra, simple accidente por mi condición de simple jubilado, y que para mayor infortunio he leído a Joaquín de Fiore, no sé de dónde voy a poner pie en pared.

Mientras tanto, iré consultando la rumorología, por si las moscas. O mejor, en este mare magnum seguiré aprendiendo de Sócrates, lo mejor de cuya enseñanza fueron sus silencios, sus silencios y sus sufrimientos. Saber colocar un silencio cuando la locomotora de los generales y de las generalas ha alcanzado su máxima velocidad es el auténtico distintivo de los discípulos de Sócrates. Sea como fuere, y aunque al final de su larga vida se lamentaba Bergson por haber dedicado tanto tiempo investigando acerca de la verdad en comparación con el escaso tiempo invertido en hacer el bien, yo creo que también investigar en la verdad y defenderla es ya hacer el bien.

No voy a decir que la ideología de género me parezca el modelo de humanidad futura ni el colmo de la investigación antropológica, desde luego que no, pero no me molestaría en absoluto que al menos alguien lúcido quitara sus sucias manos sobre Mozart, y sacara los pies y la cabeza fuera de ese lecho de Procusto para convertirse en sujeto individual libre, reflexivo, y comprometido con los oprimidos de ambos sexos. De lo contrario esa ideología va a durar menos que un suspiro. Yo ya tengo bastante: a mí me han mecido la cuna con demasiadas ideologías de medio pelo. Y no quiero quedarme más calvo. No más títulos decalvatorios como el de Licenciatura de Género, por lo menos inserten en eso todo el árbol de Porfirio: género, especie, diferencia, propio y accidente. Y accidente, atención. No sigan escupiendo sobre Hegel.

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