A estas alturas de la película ya sabemos que el cine español es lo que es. Un ramillete de falsos autónomos, eternos becarios y una élite de productores que se han hecho ricos con nuestro dinero. Por eso uno está curado de espantos cuando llegan Los Goya y se topa con aquella endogamia sosa, subvencionada y politizada al gusto de Bardem.
Ya pasó el tiempo de Camus y Garci y ahora nuestro mejor talento se encuentra en el exilio. Para cuando nos dimos cuenta, el cine español se había pasado al activismo político y militante; el exabrupto había adquirido la condición de discurso senequiano; y Los Javis se habían erigido en referentes intelectuales y morales de una generación inane.
En la edición más reivindicativa (sic), no hubo mención alguna a Martín Carpena, víctima de ETA que da nombre al pabellón que albergó la gala. Hubo de lo de siempre: tolerancia, empoderamiento, antisfacismo... Y toda esa agenda social tan rica en palabras y parca en contenidos.
Todo empieza por resaltar a Eduardo Casanova, que se nos pone digno y exige más dinero público para trabajar en una “cultura antifascista”. De su temprana carrera como director sabemos poco, más allá de que ciscó un corto escatológico, con una inspiración entre el falo y lo que el novicio considera como transgresor. Aunque se crea Von Trier, se puede intuir que es al séptimo arte lo que Alfred a la poesía.
Por la alfombra roja coinciden espacio-temporalmente Itziar Castro, Leticia Dolera, Amaia y demás wannabes. De este modo, nos queda un perfecto desfile del feminismo de nuestro tiempo; y debería preocuparnos.
Remata la ignominia Pedro Almodóvar, cuyo cine -en palabras del compositor Alberto Iglesias- nos ha hecho más libres a todos. También nos acerca a la salvación. Amén. Y el director, con esa manía del cine español de querer imbuir a todos en lo suyo, nos dice que el bien de Pedro Sánchez es el bien común. Entendiendo por bien común el único que conoce, el de su secta.
De Buenafuente y Silvia Abril diremos que no son Ricky Gervais, pero nos caen simpáticos y no tratan de aleccionarnos. Y eso ya es de agradecer.
Si acaso James Rhodes -pianista que mató civilmente al gran Nieto Jurado en Twitter- puso la nota discordante y habló de los niños y niñas explotados sexualmente en los centros de menores de Mallorca. Y en el silencio de los presentes -muchos callan por cuanto ignoran- quedó un perfecto retrato de nuestras miserias.
Los Goya son nuestro esperpento anual con cargo al contribuyente. Y la gala que mejor nos representa. Por eso en el pecado llevamos la penitencia.