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TRIBUNA

Jesús Nieto, El Altillo: una columna donde sostener la vida

viernes 31 de enero de 2020, 20:02h

Jesús Nieto ha publicado hace poco su libro titulado “El Altillo”. Se trata de un libro de memorias políticas, poéticas y polémicas que van desde el 2012 hasta el 2019 y que ha sido prologado por el gran Raúl del Pozo. Pasa pocas veces, pero al leer el libro tuve la necesidad de dialogar con él, de ir contándole lo que sentía al hacerlo, esperando que alguien me contestara a sabiendas de que eso era imposible. Podría haber llamado por teléfono al autor, pero a mí me gusta más hablar con el libro en sí, sé que suena raro, a locura transitoria, pero prefiero leer el libro que imaginan mis ojos que la realidad parcial que muestran los del autor del libro. No fue un diálogo hablado el que tuve con mi ejemplar, las voces se llevan mal con los libros, éstos prefieren el idioma que mejor conocen y que no es otro que el de la palabra escrita. Cogí un cuaderno y empecé a tomar notas de las partes que me parecían que me estaban hablando a mí directamente y cada día cuando dejaba de leer hasta el día de siguiente, los juntaba hasta abrazarse en un significado de hojas que se acariciaban. De aquí en adelante transcribiré esas notas, no musicales, pero que en mi consciencia eran melodiosas como lo son las palabras cuando te hacen vibrar los ojos como una hormigonera.

2012. Acabo de llegar a casa. Empiezo a leerte, ETA es un recuerdo demasiado fresco, como su sangre que no hace costra. Un río transformado en seres ahogados, que no mueren pero les mata la pobreza. Un chiquillo andaluz. Uno que adolece de adolescencia literaria/periodística. El balón en sus pies no cuenta nada, cabecea ideas, primeros amores, libros. Los goles a las amadas y a las palabras. Ir a la Universidad es perder el tiempo, desaprender el futuro, ver el final del horizonte. Mejor quedarse en casa esperando a licenciarse. El chiquillo lo lleva dentro y demostrará lo que vale. Eres un hijo de Umbral, definitivamente eres un puto hijo de Umbral, rosa amoratado, viviente, los jóvenes envejecen en 2012, como si serlo no tuviera sentido. La crisis ataca a todo menos a la vejez, que la deja intacta. En la tele echan el programa “artrítico” de Teresa Campos, los de Castilla, artísticos, machadianos, manchados de España, que es una y la otra. Llego a diciembre y hace frío en tú Andalucía, muerta, devastada, la que sudó a Lorca y Adriano, un secarral donde ahora manda Juan y Medio. Y el año acaba congelado, una imagen fija, fría, fiera, con la pensión del abuelo. Es fin de año, pero todo sigue igual que como será el futuro de 2020. Los políticos solucionan sus cosas, que es para lo que están. Los muertos vivimos más de lo que ellos quieren.

2013. Me gusta que hables en tus comienzos de este año de Monterito González, canallita con Estilo, siempre con mayúsculas. Charolito es puro canallismo, el personaje con la clase de los desclasados. La elegancia de vestir trajes de bajos-fondos. Trapichear es arte en sus manos y en sus palabras. Irse a Cádiz para mandar a tomar por culo a tantos “lilas” del mundillo literario. Hay que salir de esos círculos si se quiere escribir bien o simplemente escribir. Me toco el cuello y no llevo pañuelo que lo anude, lo lleva Montero atragantando sus palabras para que salgan despacio, limpias, brillantes, y por supuesto libres de oxígeno. Darle aire a las palabras es una ordinariez. Disfruto de tu amor por los padres de la columna, Alcántara, del Pozo, Ruano, Umbral, el gran Ignacio Camacho, que no es canallita, pero que es un señor de cabeza a pies y más aún cuando le da a la tecla. Ese lugar sagrado en el que conviertes al Pimpi Florida, donde comer es hacer la digestión a la palabra para que descanse brevemente. Pienso en esas, tus amadas viudas para las que el suicidio no es una opción. Seis años después, el número de ellas hace aún más imposible que lo lleves a cabo, y es que es una máxima que conmigo también se cumple, cuanto más escribo, más pobre soy y más me quieren algunas mujeres que van compartiendo solidariamente el cansancio que con el tiempo les provoco. Hablas del mundial de Brasil y de Pelé, cada vez que le veo en la tele sufro gatillazos durante un par de días. Empieza a salir bastante Pardeza, sabe más de González Ruano que lo que éste se llevó a la tumba. Me lo tienes que presentar un día, el canallita de la quinta del Buitre, en Zaragoza se lee la vida con una tranquilidad ventosa. El cierzo pasa las páginas frescas donde suenan las campanas del Pilar. Goya le dibujó en su cabeza loca, recogiendo la Recopa y comiéndose la medalla. Es septiembre y Umbral está de aniversario, ese fénix de los ingenios columnistas como tú bien le llamas.

2014. Uno está en el momento de cuando lee a gusto. Levanto la mirada y han pasado más de cinco años. Un lustro sin lustre, lastrado, añoso, viejo en sí mismo, mucho más que cualquier anterior. Comienzas el año en esa pobreza que solo se irá cuando llegue la rica muerte, enjoyada y sabrosa. La crisis saca tu lado más anticapitalista y eso me hace feliz. Me gusta esa idea de Gallardón como el Umbral malo, el barroco impostado, el dandi demasiado elegante. Un niño bien no puede ser ni canallita ni lírico. Le gusta la música y la política, cosas de las que Paco escribía cuando no había más remedio, de la segunda muchas veces y de la primera muy pocas. No tenía sentido del ritmo y su oído no era talentoso sino era para el taconeo sensual de unos pies vestidos de mujer. Sale Arnao por escrito. No se le entiende de otra manera. Etílico estilo del que bebo. Mallorca es su reino, y este Madrid republicano le seguirá esperando. El año termina nostálgico de un frío que no termina de helar, manos desnudas de lana que lanzan balas por escrito con textura de oveja mojada en suavizante.

2015 aparece y le puedo mirar a la cara de tus páginas. Dices que ojalá fueras hijo de Cervantes, pero no se puede tener dos padres, Umbral se enfadaría. Hablas de los bares, hogares mejores que donde nos escondemos. No podemos decir que es donde vivimos, pues a eso se le llama bar, camas con forma de barra y banquetas donde ducharse el corazón y la garganta. Propones al “otro” Gálvez un programa sobre bares, pero el “davinciano” te dice que por el culo te la “Telecinco”. Dices que el verano es hastío, que vivir por encima de nuestras posibilidades es tener aire acondicionado, que en el invierno sí que se puede ser moderadamente feliz. Yo escribí para Citizen ese verano madrileño que se regodea en su foto fija. Congelada, pero no en hielo, miedo al movimiento, el que se mueva no saldrá en la foto y por tanto será expulsado de Madrid. Sigo leyéndote y dices “hoy hace un calor coñazo” y no he podido evitar pensar en Carmen Calvo. Me he quedado en Mariló y en sus 50 años maravillosos, un magnífico lugar donde quedarse a vivir, como el mejor de los bares. En El Tubo de mi Zaragoza natal, Carlos Herrera y yo somos los que mandamos, vamos al Texas a hincharnos de patatas bravas y buscar nuevas “Marilós”. A veces terminamos en El Plata, mujeres demasiado calurosas que nos buscan, hombres que precisamente no se alegran a las cuatro de la mañana cuando nos ven entrar.

Jesús, me gusta mucho como escribes, disfruto del camino, que elijas que si debo tropezar en alguna piedra, ésta esté tallada en pedrería fina. Hay mucha verdad, toda, autenticidad, deseo de trascender la palabra, de vestirla como merece la ocasión, ya sea con traje de sastrería italiana o harapos de vagabundo de debajo de un puente, que hasta los elige mal pues la luz no es la más adecuada. Mariló sigue en nuestra mente, una “milf” será siempre mejor que una “teen”, y claro que nos quedamos con la madre, es al final de la veintena y comienzos de la treintena donde la mujer alcanza su esplendor físico. Esos 50 años de Mariló valen por dos mujeres de 25, incluso yo diría que por tres. Y que ahora el nuevo feminismo me diga que soy machista por destacar la belleza de la mujer madura cuando para la sociedad a esta edad parece que no existieran. Que se lo digan a las actrices de este país, por ejemplo.

2016. Hablas de Cela y Lorca, el gordo y el flaco de nuestra literatura. No sé cuál era el gracioso, pero con Cela te partías el culo o te enseñaba a como succionar agua con él. El “granaíno” te lo partía si la atracción era compartida. España es un culo del que fluye la poesía.

2017. Leo tu Semana Santa. No hay torrijas, pero entro con dulzura en el calvario de tus días. Tus lecturas, el trabajo, los conciertos de Sabina, tus pesadillas. El lunes vuelve la rutina de desayunar en el bar, tomar el café con varias galletas, no es bueno leer los periódicos en ayunas. Recibes la Mención Especial del Premio Alcántara de Periodismo, y la noche la dedicas a leer a los periodistas bohemios de principios del XX como Sawa. Un siglo después vas a coordinar en un libro a los del siglo XXI. Último partido en el Vicente Calderón, dices que es el estadio más literario, como La Romareda escrita y jugada por Pardeza. Hablas por fin de el altillo, un zulo entre Augusto Figueroa y Fuencarral donde ibas a dormir, pues vivir es lo que se hace despierto, consciente por desgracia de que no es un sueño.

En 2018 escribes menos. Pedro J. sabe que eres el rey de la columna con pulpa y aprovecha para exprimirte. Llegamos a agosto y escribes sobre Pedro Sánchez que está saliendo en ese momento en la televisión. Es una noche de verano que sí es un sueño, que no vuela en un Falcon, pero que es fiel como tu perro Lupo. Hablas de Marwan y que sale del portal de al lado de tu casa, nombrarle me ha dado tanta pereza que es mejor dejarlo aquí. Quiero que la poesía no amenace con abandonarme. Es septiembre del año pasado y hablas de Cataluña, y tengo la sensación de que el aburrimiento es lo que pasa de un año a otro en la tierra del gran Josep Plá.

2019. Feria del libro de El Retiro. Un parque con más hojas sobre las cabezas que en los árboles. Una editorial te invita a su caseta. El libro sangra en las manos y te lo bebes al leerlo, la cata “vino” con la noche y el cierre de la misma. Hablas de Las Máscaras del Héroe del gran Juan Manuel de Prada , siempre canallita, inmenso. La bohemia de principios del siglo XX contada con estilazo y estiércol, como debe ser, y ese personaje en sí mismo que es Pedro Luis de Gálvez, que de algún sitio me tenía que venir la enfermedad por escrito. En julio muere el maestro Alcántara y me hace feliz que digas que ya piensas en sus herederos y nombres a mi tocayo Sampalo, tan joven y que ya ha alumbrado frases para empapelar la Alhambra.

Terminas el libro a un metro de doña Inés, “arrimado” a ella. Donde siempre quisiste estar, cara a cara, que estén tan cerca como permita el beso que se convirtió en una hostia que sí terminó por llegar, como el final del libro, que te deja con idéntica sensación. Un momento de placer absoluto, que como todos acaba abruptamente.

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