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TRIBUNA

George Steiner † 2020

jueves 06 de febrero de 2020, 20:31h

George Steiner falleció el pasado 3 de febrero en Cambridge, Inglaterra. Habrá quien encuentre un hondo significado en un deceso que coincide tan puntualmente con la salida del Reino Unido de la Unión Europea. No me pretendo intérprete de la Providencia, pese a que no deja de resultar una coincidencia notable.

Se ha escrito el merecido elogio de Steiner recordando su enorme erudición o su domino de numerosas lenguas. Es conocido su comentario sobre el gran lingüista que fue Roman Jakobson, hablante de un número asombroso de lenguas, reconocido lo cual Steiner añadía que todas las hablaba en ruso. El gran maestro de la literatura comparada se lamentaba, asimismo, del creciente número de estudiantes de esa disciplina que sólo podían “comparar” distintas literaturas en una misma lengua, es decir, en traducciones.

Tuve ocasión de escuchar a Steiner en el Círculo de Bellas Artes hace ya muchos años, pero lo leí con reverencia desde mucho antes. Ya entonces se oía a quiénes lo concebían como el último nombre de la alta cultura europea, representante final del “soñado jardín de la cultura liberal”, un caballero a la inglesa. Con Steiner desaparece uno de los últimos vestigios de un mundo olvidado; figura de esos ambientes académicos de Cambridge o de Oxford, que formaban una rara reliquia para una élite extemporánea, condenada a la extinción.

Extinguida definitivamente. Su último aliento procede de personas nacidas antes de la Gran Guerra. Hace tiempo que un manto de silencio se ha abatido sobre el corazón derrotado de Europa, mucho tiempo desde que su latido se apagara. Quizás su pulso se detuvo con la guerra mundial y sólo nos ha llegado noticia de su vida real en la figura de algunos supervivientes de la Europa anterior a la fecha fatal de 1945. A estas alturas ya no quedan supervivientes, su inevitable desaparición permite ver el ocaso de los más longevos como la final inhumación de un orden desaparecido hace mucho tiempo.

En Steiner se puede disfrutar, sin duda, un gusto literario que ilumina una profunda sutileza filosófica, un carácter fruto de una educación todavía real y exigente. Su padre le ataba el brazo ágil a la espalda para forzar la habilidad del brazo afectado, o interrumpía la traducción de un pasaje clásico en su clímax para excitar el afán de traducción en el niño. Severidad y rigor en un ambiente de reverencia a valores literarios y figuras clásicas. Ese padre con autoridad, alto funcionario del estado alemán que vio ascender el nazismo, supo evitar a su familia el horror que lo acompañó. La ascendencia judía - que todavía trasluce en una biografía cuyo título, “Errata”, es un evidente reconocimiento de esa filiación – habría supuesto la persecución y la muerte. La educación entre Francia e Inglaterra, asistido por voces casi maternales que se expresaban en distintas lenguas, hizo de George Steiner un políglota real. Si tiene razón Goethe cuando afirma que se es tantos hombres, cuantas lenguas se habla, Steiner ha sido indudablemente tres. Hablaba más lenguas, pero lo realmente extraordinario se encuentra en su privación. Steiner no tuvo una lengua materna. Podría decirse que tuvo tres, puesto que no podía discernir entre el alemán, el francés o el inglés a la hora de sustanciar la estructura de su conciencia. Pero esa apertura a tres horizontes culturales – y a muchos otros, pero de manera secundaria o subordinada – con sus magníficas potencialidades, podría haber inducido algunos extravíos o erratas de percepción.

Me pregunto si la exaltación de una soñada cultura europea no es el más grave de esos extravíos, una errata fundamental en el texto, admirable y sutil, que es Steiner y que acaso no sea más que el otro lado de su incomprensión del elemento sustantivo de la vieja Europa: el cristianismo medieval. Steiner contempla el cristianismo como una nota a pie de página del judaísmo: “El judaísmo y sus dos principales notas a pie de página el cristianismo y el socialismo utópico, son descendientes del Sinaí”. Es así uno de los defensores de un guion, que pudiera oscurecer un hiato real. El guion que reúne la fórmula judeo-cristianismo.

Sin comprender la especificidad irreductible de la Cristiandad latina altomedieval no es posible atrapar la idea de Europa y esto le habría estado vedado al sabio sutil que ha sido Steiner. Ese escotoma en su campo visual le habría llevado a prolongar una metafísica de la Cultura, tierra de promisión para una nueva Europa, que – sin embargo – tuvo como epitafio las dos guerras mundiales. Ese cosmopolitismo abstracto yerra, incapaz de ver las raíces metapolíticas de Europa en la vieja Cristiandad, cuya crítica y demolición – ilustrada y liberal – arrojaría la terrible conclusión que Steiner quiere atribuir al cristianismo como tal. Pero, contra su pretensión, no hay crucifijos en el perímetro de Auschwitz. La exigencia de retractación que exige al cristianismo es, a mi juicio, un gran error: “La brutal verdad es que Europa, hasta ahora, se ha negado a reconocer y analizar el múltiple papel del cristianismo en la medianoche de la historia, cuánto más a retractarse de él…” (Steiner. La Idea de Europa). Porque no es la vieja Europa, sino una Europa nueva y post-cristiana la raíz de esa revelación del horror que fue el programa nazi de exterminio o de ulteriores programas de construcción de un mundo de nueva planta. “La Europa de Montaigne y Erasmo, de Voltaire y de Immanuel Kant” en la que Steiner busca orientación… ¿No nos orientó ya una vez hacia el abismo?

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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