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Sete González ilumina a Camarón por entero

viernes 07 de febrero de 2020, 20:10h

Hoy viernes se presentó en la Fnac de Callao (Madrid) el libro homenaje de Sete González a Camarón: La leyenda del genio (Lunwerg Editores). Celebramos, este 2020, los 70 años del nacimiento del mayor icono flamenco. El duende cuya voz desgarrada cambió para siempre la historia del flamenco; el imán de San Fernando (Cádiz) que embelesó a Paco de Lucía y Lola Flores. Un skater, un dibujante, un músico, un moderno, ha puesto luz a todas las oscuridades del mito. Camarón es para Sete González toda una poética: “En mis años de aprendizaje como artista fui casi autodidacta, y mi primer lienzo con pintura acrílica fue un retrato de Camarón (…). Tenía claro que quería meterme en la piel de Camarón y en sus vivencias más personales, y para ello lo mejor era hacer una biografía visual. (…) En cada fase me venían a la cabeza sus cantes, sus letras, como fogonazos. Había que contar las cosas interiorizando el habla y la vida del protagonista de la historia”. Diamante de agua entre Manolillo y Rancapino, baño de amor con su chispa Moza, billares de Callao, callejuelas donde el clavel muy rojo se cuelga en la ventana como el mejor patrimonio.

Fotos, bocetos, fuegos, rescoldos, Camarón por entero, con pelo corto y largo, camisas locas o sobrias, barba o lampiño, paleta de colores que va del monocromático a breves giros, magisterio ardiente de otro grande: “Mi maestro y amigo Ramón Teja, ilustrador de los de antes, me propuso trabajar tres líneas de color para definir cada época: los colores tierra para la infancia en Cádiz, los verdes para la esperanza y su revolución, y los morados, más graves, para sugerir que nada es eterno”. José Monje Cruz, Camarón, vestido de luces sin ahorro. La leyenda del genio es un derroche de folio roto y renacido. El chiquillo empieza a cantar para ayudar económicamente a los suyos. Fue una sombra, con duende, en la primera venta del camino. Supo meter en el flamenco a Bob Marley, Pink Floyd, todo el rock y pop foráneos. Los puristas devolvían sus discos y las mujeres le amaban en secreto, con mucha orla de cruces, hasta que se rompieron todas las manos por los aplausos en el Palladium de Nueva York. Hizo himnario y épica, como Lorca, de su pueblo gitano.

La leyenda del tiempo, Soy gitano, Potro de rabia y miel… fueron las mayores estrellas de una noche no finita. Flamenco del cante y baile, del romperse la camisa y lucir fatiga y sueño en la mirada confundida por los lametones de yegua brava, color y alegría, pena y el dolor, encanto musulmán e indio, todos gitanos y judíos. Venta, pura venta del camino, Venta de Vargas desde 1958, colmado flamenco típico a la salida de San Fernando, entre fatigas de toreros, mujeres fáciles, flamenco de pintura, vasos breves, sudores fríos, alma encendida por la arrogancia de las guitarras, ya a los doce años puro derroche y perfección: fandangos, tercios, tientos, alegrías, bulerías, temple, sabiduría numismática antigua, aliento y leyenda. De ahí a la sala de fiestas Sayro (1967) en Madrid, todavía menor, con Miguel de los Reyes. Poco después su primer disco: Flamencos.

Melena de viento, llanto por lo menudo, grabación a magnetofón cuando había apetito y solo de latido puro, al son de la Niña de los Peines, cuando seguía corriendo el vino y la cerveza, rubia entre las rubias. Llevaba dentro su humilde barrio al final de la isla, el aire con color a mar, el patio con sabor a cal, un bisbiseo a The Beatles o Serrat cuando nadie le veía, a Pink Floyd y Marley. El flamenco debía ser rock y todo arte gitano, sí, para incomprensión de autoridades. “Yo voy a mi aire”, definía el norte a seguir tras levantar el anillo con el dedo más gordo que el nardo, bajo el cinturón con espuela y prisa.

Nueva estética, brillante entonación, coraje de plata, afinación, mucho polvo en la cometa. Montaba y desmontaba aparatos, era un juego. Ricardo Pachón le hizo morder a Lorca. Patanegra (Raimundo y Rafael Amador) le hicieron ver el suelo como otro cielo. Kiko Veneno y Tomatito movían las alas cuando el maestro sonreía. Hubo que aplaudirle en secreto, devolvían sus discos en ciertas tiendas, apenas se vendieron cinco mil ejemplares de lo primero, Camarón no dobló la rodilla ni dio el brazo a torcer: “Mucha gente está mosqueada, pero en el fondo saben que lo que está ahí no es malo, que es bueno y está bien hecho”. Soy gitano (1988) llegó hasta la Royal Philharmonic Orchestra en los estudios Abbey Road de Londres. Ya era internacional: banderas, camisetas, pósteres, y entonces fue más preciso todavía definirse: “Soy de carne y hueso, ni Dios ni gurú ni chamán. Soy un hombre de pocas palabras que solo sabe cantar”.

Desolación viva del pueblo romaní, Ícaro con saliva de sol, ausencia frente al espejo, la heroína caliente y líquida de la oración, esperanza en la prisión donde los grillos pasan consulta médica, dientes negros de que todo se acaba. El fin del mito (1992) y el consejo que un día le diera Lola Flores por el aire: “José, hijo, tú eres un arista muy grande, tienes unos hijos maravillosos y una mujer que te adora. Tú tienes que tirar pa´lante”. Abrigo de frío, madrugada desahuciada, silla de enea contrita y verde, pelo en pecho de gitano verdadero, esgrima de hielos derretidos entre el público donde el fandango fue reto y desafío. Camarón redivivo gracias a Sete González. Cantemos La Silla como epitafio único (Camarón: La Voz del Tiempo: 1950-1992): “Se queda sola mi silla, se queda sola./ Tiene los recuerdos de tantas noches y cantes./ En ella dejé mi arte./ En ella dejé mi vida./ Muda se queda mi silla”. Solo viento, tras el viaje, en las caras más limpias. Soledad de camerino y lucha al compás del jaleo: león enjaulado entre rabia, ruedo y palmas, sí, como cruces.

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