Kai-Fu Lee es un empresario y escritor estadounidense nacido en Taiwán, uno de los mayores expertos mundiales en Inteligencia Artificial, graduado en Informática por la Universidad de Columbia desarrolló el primer sistema de reconocimiento del habla independiente (“Sphinx”) y fue asesor para Apple, SGI, Microsoft o Google. En 2009 funda Sinovation Ventures: fondo de capital de riesgo orientado al desarrollo de la próxima generación de compañías chinas de alta tecnología. Publica libro decisivo: Superpotencias de la Inteligencia Artificial: China, Silicon Valley y el nuevo orden mundial (Deusto). El texto pretende responder a los grandes interrogantes del mundo contemporáneo: ¿Hay espacio para la humanidad en un mundo dirigido por máquinas inteligentes? ¿Qué haremos nosotros en un mundo de robots que lo hacen todo? La humanidad entera, protagonista hoy de la Edad Digital, último eslabón de la evolución como en tiempos paleolíticos lo fueron las edades de Piedra, Bronce o Hierro, según los materiales que protagonizaban el sustento y trato cotidiano, no puede escapar a ese demonio maquinal y diabólico.
Kai-Fu Lee despeja la automatización de la Inteligencia Artificial con respecto a nuestros trabajos y metas personales. La Inteligencia Artificial, en años venideros, no solo producirá prácticas aplicaciones webs sino que conducirá nuestros coches, gestionará carreteras, fabricará parte importante de cuanto compremos y sus consecuencias dejarán a mucha gente en paro o vía muerta. China es ya una superpotencia en Inteligencia Artificial, verdadero contrapeso nacional a Estados Unidos en tecnología emergente. Ambos países (Estados Unidos, China) decidirán, a medio plazo, la economía y gobernabilidad mundial. El poder tecnológico –sostiene Lee- debe ser responsable y el progreso, sin aviso ni precedente, llegará antes de lo que todos suponemos. La lucha en el libro de Lee es entre trabajadores manuales e Inteligencia Artificial, combate a muerte, pero también la amenaza larga y oscura sobre trabajos de oficina. No sé librará nadie y el cambio radical traerá otro mundo. La historia sobre las máquinas lo es también sobre los humanos: cada vez será más difícil algo hoy común, tomar propias decisiones y un destino.
La ecuación es básica: “Cuando los inversores, empresarios y autoridades gubernamentales chinas se centran en una sola industria, pueden hacer temblar el mundo”. En fecha no tan lejana s (2016) el gobierno chino teje un plan para desarrollar las capacidades de la Inteligencia Artificial: consigue financiación, apoyo político y coordinación nacional en un periquete. El reto: China tenía que ser para 2030 el mayor centro de innovación global conforme a Inteligencia Artificial. El líder indiscutible en tecnología, teoría y aplicaciones. En 2017 superan por primera vez a Estados Unidos con sumas récord en nuevas empresas (el 48 por ciento de toda la financiación de capital de riesgo en Inteligencia Artificial). Las investigaciones adoptan dos líneas: implementación y los conocimientos especializados en el puro campo de los datos. Inteligencia Artificial Estrecha: aquella que toma datos de un dominio específico y los aplica para optimizar un determinado resultado. Inteligencia Artificial General: la tecnología polivalente capaz de hacer todo lo que puede hacer un ser humano. Dos líneas y una senda.
Los últimos avances impiden pestañear: patrones y aprendizajes en áreas específicamente humanos, tales como el diagnóstico de una enfermedad, la emisión de una póliza de seguro, la conducción de un automóvil o la traducción de una frase en chino a inglés legible. Implementación: empresarios, ingenieros y gerentes de producción trabajan en línea para beneficio del conjunto. Tres necesidades, no más, de la Inteligencia Artificial: gran volumen de datos, capacidad de procesamiento y trabajo ingeniero en tales algoritmos. Los datos, siempre, la parte central. Un caldo gordo en la mejor cocina posible: datos abundantes, empresarios hambrientos, científicos de la Inteligencia Artificial y un entorno político permisivo. China y Estados Unidos, en esas cuatro líneas anteriores, de tapadillo, ponen en peligro el nuevo orden mundial. Solo China, si lo pensamos bien, puso en práctica los trucos de imitación empresariales; la copia tecnológica, mala o buena, siempre es china, los empresarios sagaces y espabilados no descansan nunca y el gigante asiático tiene ya casi todos los datos del planeta. Un hecho: China ya ha superado a Estados Unidos en términos de volumen como productor de datos.
El ecosistema tecnológico chino se torna insuperable: son los datos, a medida, quienes construyen empresas de Inteligencia Artificial rentables. No son las compañías quienes compiten entre sí sino los gobiernos para liderar tal carrera de poder. A cambio, a nivel ético, prometes subsidios o políticas preferenciales. ¿Qué hacen los Estados Unidos? No quiere injerencia en la iniciativa empresarial y recorta de forma activa la financiación en investigación. China, así, sigue por delante. Escribe Lee: “La cultura de las starups chinas es el yin y el yang de Silicon Valley: en lugar de estar orientadas hacia la misión, están sobre todo comprometidas con el mercado. Su meta final es ganar dinero, y están dispuestas a crear cualquier producto, adoptar cualquier modelo, o entrar en cualquier negocio con el lograr ese objetivo. (…) No importa de dónde provenga una idea o a quién se le haya ocurrido. Lo único decisivo es si se puede ejecutar y obtener beneficios económicos. La motivación principal de los empresarios chinos impulsados por el mercado no es la fama, la gloria ni cambiar el mundo. El gran premio es hacerse rico y no importa cómo conseguirlo”. El occidental puede perder el tiempo; ellos, jamás.
Transición –eso es- hacia el mundo de la implementación y la era de los datos. ¿Cómo crece el ecosistema empresarial chino? Hoy es mucho más que competencia con los americanos. Empresas tales como Alibaba, Baidu o Tencent demostraron lo lucrativo del mercado asiático, y así nuevas olas de capital y talento comenzaron a fluir en la industria. Lo crucial: el mercado se calienta, sí, el número de empresas chinas crece de manera exponencial, algunas se inspiran en el otro lado del océano, pero sus verdaderos competidores siempre son las otras compañías nacionales, por lo que los enfrentamientos empiezan a producir lo más comercial: la rivalidad entre hermanos. China y Silicon Valley, una historia de amor: imitación, competencia y actualización. En 2013, la temperatura cambia: China rechaza ir a la zaga del internet occidental en funcionalidad, prueba un universo alternativo, espacio con sus propias materias primas, sistemas planetarios y leyes físicas. Concreta Lee: “Era un lugar donde muchos usuarios sólo accedían a internet a través de smartphones baratos, donde los teléfonos inteligentes desempeñaban el papel de las tarjetas de crédito y donde las ciudades con alta densidad de población suponían un rico laboratorio donde mezclar mundo físico y digital”. Así los teléfonos se convierten en monederos digitales, las primeras urbes chinas en entornos sin dinero en efectivo, la revolución del transporte urbano a la hora de compartir bicis, la mayor red mundial de cosas a través de internet. La minucia fue el logro: otras formas de entregar comida a domicilio, reparaciones domésticas, compras en la tienda de la esquina, viajes en bici, etc. China es lo que se propuso: la Arabia Saudí de los datos, máximo impulsor de la era tecnológica.
¿Por qué los datos chinos son de oro? Explica Lee: “Los gigantes de Silicon Valley acumulan datos de tu actividad en sus plataformas, pero estos datos se concentran en gran medida en el comportamiento online, como por ejemplo las búsquedas realizadas, fotos subidas o vídeos vistos en YouTube, junto a los mensajes publicados que gustan a la gente. Las empresas chinas, en cambio, recopilan datos del mundo real: el qué, cuándo, dónde de las compras físicas, las comidas, los cambios de imagen y el transporte”. Esa voluntad de ensuciarse las manos en el mundo real separa a las compañías tecnológicas chinas de sus pares en Silicon Valley”. China es autoridad, es referencia hacia jefes y mayores, todo el gobierno chino está aquí, en la innovación masiva, en la aprobación incondicional hacia toda actividad empresarial con internet, en la innovación autóctona y el pregón de los éxitos de las starups del país. Alibaba debuta en bolsa (2014) y hace temblar a Nueva York: un grupo de vendedores de TaoBao toca la campana de apertura de la oferta pública inicial de la compañía (19 de septiembre), nueve días después del discurso del ministro Li, Alibaba se adjudica entonces el título de mayor oferta pública inicial de la historia y Jack Ma es coronado como el hombre más rico de China sin invitar a nadie ni a un café.
El mundo asiático está en lo real: la Revolución “O2O” (“online-to-offline”): explosión de los servicios de internet que surgieron a través de las ciudades chinas. El comercio electrónico se llevó a la compra de servicios del mundo real: envíos en una caja de cartón por el país, que te lleven comida caliente o un nuevo corte de pelo. La entrega de comida a domicilio es la segunda en despegar, fuera de las empresas de transporte, gracias al “O2O”. La revolución de las bicicletas compartidas remodela el paisaje urbano. China desdibuja las líneas entre el mundo online y offline, por eso se come con patatas a las finas hierbas –como diría Anson- a Silicon Valley y al resto de Occidente. Su transformación comercial es social (ahí está WeChat: cuya misión es empujar millones de chinos a comprar “o2o” y elegir a los ganadores entre las starups en liza) y por ahí seguirá el seguimiento de hábitos de consumo que traerán desigualdad, pérdida de empleos directos y robots y más robots con capacidades autónomas o poder de vista. Llegará el Apocalipsis: “Las grades población de jóvenes trabajadores que alguna vez constituyeron la mayor ventaja de los países pobres se convertirán en un pasivo neto y potencialmente desestabilizador. Sin una forma de iniciar el proceso de desarrollo, los países pobres se estancarán mientras las superpotencias de la Inteligencia Artificial despegarán. (…) Estimo que en diez o veinte años seres técnicamente capaces de automatizar entre el cuarenta y el cincuenta por ciento de los puestos de trabajo americanos. Robots inteligentes pondrán fin a una era dorada para los trabajadores de la fábrica del mundo”. Lo dice también Martin Ford (El auge de los robots): “Esta gran base de trabajo rutinario podría convertir a China en la zona cero de la disrupción económica y social provocada por el auge de los robots”. Ser humano, entonces, será una bajeza. El lado oscuro de la tecnología brilla y sonríe para todos. No hay marcha atrás. Robots crueles nos pondrán firmes.